“¿Tenés un consolador?”: De la pregunta incómoda a la violencia explícita durante el trabajo de campo

No bastan un cuaderno, una birome y un grabador para hacer trabajo de campo. Hay que poner el cuerpo, estar ahí. La presencia de quien investiga también es interpelada por el propio campo social en el que se zambulle. ¿Pero qué sucede cuando esa interpelación emerge desde un lugar de incomodidad, cuando la pregunta se transforma en acoso?Iniciaba febrero del año 2016 y una tarde de domingo -torrencialmente lluviosa- el Parque Centenario de la Ciudad de Buenos Aires, me vio dar mis primeros pasos firmes en la observación participante, parte fundamental de la investigación etnográfica que tendrá por resultado mi tesina de licenciatura. ¿El grupo escogido? No existe una respuesta única a esa pregunta; podría decir que son los migrantes brasileros residentes en la Ciudad de Buenos Aires, pero eso implicaría dejar por fuera a los otros actores de vital importancia en este estudio: los argentinos. Entonces, no es un grupo el eje de la investigación, sino las relaciones entre dos tipos de actores: argentinos – o los “Brasil fanáticos”, quienes frecuentan espacios relacionados a la “cultura brasilera” y se identifican con ésta- y migrantes brasileros residentes en el área metropolitana de Bs.As.Después de aquel día me adentré de lleno en mi primera experiencia como antropóloga, participando habitualmente en tres espacios diferentes: una asociación cultural argentino-brasilera, una asociación de capoeira y algunas rodas de samba que se presentan en los barrios de Palermo y San Telmo. A medida que pasaban los meses y mi implicancia en cada uno de estos espacios se hacía cada vez mayor, iba llenando mis cuadernos con notas de campo -materia prima del quehacer antropológico-, frases, experiencias y comentarios que surgían en las interacciones en campo. Además registraba, aquello que el antropólogo Roberto Da Matta denominó como “Anthropological Blues”, es decir, todas las experiencias relacionadas con mi implicancia como investigadora, con anécdotas del día a día, que me permitirían reflexionar sobre mi rol en el campo y cómo éste iba transformándose a lo largo del tiempo.Dentro de esas anotaciones sobre mi presencia en los distintos lugares, comenzaron a predominar aquellas relacionadas a un hecho que, hasta entonces, no había considerado por demás relevante: no sólo era una estudiante de antropología intentando convertirse en investigadora, sino que era una mujer, en sus veinte, interactuando principalmente con hombres que me eran desconocidos y tenían escaso interés en mi investigación como tal. Esta situación se me fue presentando como una interpelación constante, fue condicionando –al principio de modo casi inconsciente- mi forma de vestir y de actuar. Empecé a usar pañuelos en el cuello, con el fin de tapar cualquier centímetro de piel que quedara a la vista, dejé de usar zapatos que tuvieran tacos y, hasta reduje casi a cero el maquillaje; por otro lado, me enfrenté a la dualidad de querer generar empatía o rapport con las personas –para así avanzar en la investigación-, pero a la vez intentar generar una especie de “distanciamiento profesional”, para ahorrarme las situaciones incómodas que se creaban en torno a mi condición de mujer. Este artículo se presenta como una etapa más de esa reflexión, inspirada por los escritos de las antropólogas Rosana Guber, Diana Milstein y Gabriela Schiavoni sobre sus propias implicancias como investigadoras en sus respectivos campos; intentaré esbozar algunas de las situaciones más incómodas o sonantes que viví durante el trabajo de campo.Era uno de mis primeros días, estaba participando del recorrido de una de las noches de carnaval por los barrios porteños con la asociación cultural argentino-brasilera. Ya había entablado contacto y charlas informales con la mayoría de las personas del grupo y había sido presentada, de manera más bien rápida, con uno de los referentes de la “Batería” – el grupo de percusión que musicalizaba las pasadas del carnaval.  P. es un brasilero originario de Rio de Janeiro, de aproximadamente 65 años, residente en Buenos Aires desde hace 40 años; yo ya sabía quién era por investigaciones previas, por lo que mi curiosidad y ansiedad etnográfica clamaban por establecer un contacto con este personaje.“Empecé a usar pañuelos en el cuello, con el fin de tapar cualquier centímetro de piel que quedara a la vista, dejé de usar zapatos que tuvieran tacos y, hasta reduje casi a cero el maquillaje”Ese momento no se dio hasta entrada la noche, casi finalizando el evento, cuando conseguí acercarme y entablar una conversación informal; me contó algunas cosas acerca de su vida y sobre que estaba organizando un show de samba, sacó su celular y me mostró fotos de las chicas que iban a participar: eran fotos de mujeres en bikini o de las partes del cuerpo únicamente; frente a esta situación intenté retomar la conversación cambiando el tema, pero él me interpeló:

Vos sos muy antipática, seguro que no tenés novio, ¿por qué sos tan antipática?, preguntas, preguntas, no sos delicada. Vos no podrías ser mi novia, pero sos muy linda, lástima que seas tan antipática, porque sos muy linda. 

Esto me descolocó, no sólo porque no entendía qué era lo que me hacía ver antipática, sino por su interpelación directa a mi aspecto –situación que no había vivido hasta entonces-, a lo que le respondí que en ningún momento quise faltarle el respeto, y que mi intención sólo era conocer un poco acerca de su mundo. Pero él insistió:

-Ese es el problema, sos muy antipática, me tratas de usted, pero sos muy linda, nos podemos llevar bien. 

Más adelante P. se sentó a mi lado en el micro, me preguntó si tenía novio, a lo que respondí que sí, se lamentó por el hecho y me dijo que él no era celoso; llegado ese momento yo estaba incómoda, él se dio cuenta y me dijo:

-Nena, te estoy haciendo un chiste, sos muy linda, pero no podrías ser mi novia. 

La siguiente situación sucedió en mi primera entrevista con el Mestre de la asociación de capoeira, originario de Salvador de Bahía, de aproximadamente 49 años; luego de haber tenido una conversación de una hora, recorriendo sus inicios y la conformación de la asociación, le pregunté si yo iba a poder permanecer en el evento de esa noche, y en las siguientes semanas; me dijo que sí, que no iba a haber ningún problema y era más que bienvenida, pero se quedó callado unos segundos y continuó: “El problema es que vos sos muy linda, es un problema, porque sos muy linda”. Ya estando un poco más alerta le respondí, cordialmente, que no pensaba que eso fuera a suponer un problema¸ y la conversación cambió de rumbo.

Meses después, fui entablando poco a poco una relación más fluida con el Mestre, aunque no exenta de incomodidades. Habitualmente aparecían comentarios sobre mi aspecto, o actitudes explícitas. Los alumnos ya se habían dado cuenta, a lo que sumaban comentarios “chistosos” como: “Ojo vos con el Mestre, tené cuidado”, “No te quedes más de la hora en la sede que no salís”. Uno de esos días, estaba conversando con el Mestre sobre la situación financiera, que no se presentaba muy esperanzadora, cuando en medio de la charla, me dijo: “Qué linda que estás hoy, ¿por qué sos tan linda?, ¿no querés que vayamos a cenar hoy? ¿Tu novio no está, no?”. Hice caso omiso a ese comentario pero, más tarde cuando estábamos todos saliendo de la sede, él insistió sobre el tema de la cena e intentó pactar para otro día. Uno de los alumnos, que estaba presenciando la situación, me miró y me preguntó si no quería salir con ellos, que se dirigían hacia el mismo lugar. Aproveché la vía de escape.La última situación se dio cuando estaba en uno de los eventos de la asociación cultural, P. se me estaba presentando como un personaje esquivo, cada vez que intentaba preguntarle algo me respondía con evasivas. Al verlo sentado solo me dirigí a intentar –una vez más- tener una conversación más profunda con él. En el transcurso de la charla, me mostró fotos de sus hijas, me contó algunas cosas de su vida personal, por lo que pensé que finalmente había logrado entablar una relación “más fluida”, y le pregunté si algún día podía hacerle una entrevista. Él me respondió que no entendía qué más quería saber, que no tenía nada interesante que contarme; la charla siguió pero, de un momento a otro, me disparó la siguiente pregunta:“Habitualmente aparecían comentarios sobre mi aspecto. Los alumnos sumaban comentarios “chistosos” como: “Ojo con el Mestre, tené cuidado” o “No te quedes más de la hora en la sede que no salís”.”-Y vos nena, contame, ¿qué haces cuando tu novio está lejos? ¿no vivía en la costa?, ¿qué haces, te tocás? ¿cómo te tocás, tenés un consolador?

En ese momento me puse extremadamente nerviosa, creo haberme olvidado que estaba ahí como investigadora, me quedé unos segundos callada, atónita frente a lo que acababa de escuchar. Mientras tanto, él sonreía. Cuando logré recomponerme le respondí, de la forma más seria y profesional que me salió: “Eso es algo de mi intimidad, no voy a respondértelo” y él, aun sonriendo, me dijo: “Pero, ¿qué tiene de malo? Todo el mundo se toca. Aparte, vos me podes hacer preguntas a mí y yo no te las puedo hacer a vos”.

Decidí que no podía seguir en mis intentos de entablar contacto con P. y me fui a sacar fotos en el evento. Más adelante ese mismo día, confirmé mi decisión cuando lo descubrí sacándome fotos y, al preguntarle qué hacía, reiteró su argumento: “Vos le sacas fotos a todo el mundo, yo también te puedo sacar fotos a vos”.Aprendiendo a ser antropóloga me descubrí mujerEstas situaciones –y otras tantas- fueron disparadoras de varias preguntas: ¿Qué lugar se le da a la mujer en este campo cultural que tiene a las costumbres brasileras como eje? ¿Se relaciona con los estereotipos que rondan en el imaginario sobre Brasil donde predominan las playas, el futbol, la alegría, y donde las mujeres son pensadas como voluptuosas, usando ropa “provocativa” y siendo “fáciles”? En cuanto a la investigación etnográfica, me pregunto por el “estar ahí”, que tanto ha dado que hablar. Esa presencia supone la implicancia del investigador, en este caso investigadora, que tiene que poner el cuerpo en un tiempo y espacio. Un cuerpo femenino que entabla contacto desde una pretensión de cientificidad, pero recae en una interacción plagada de machismo, estereotipos y cosificación. La ciencia no está exenta de patriarcado y la cuestión de género es un condicionante a tener en cuenta a la hora de realizar investigaciones sociales, sea este el eje central de las mismas, o no. “Un cuerpo femenino que entabla contacto desde una pretensión de cientificidad, pero recae en una interacción plagada de machismo, estereotipos y cosificación. La ciencia no está exenta de patriarcado.”Es por las relaciones interpersonales en campo, que el etnógrafo es capaz de llegar a conocer las “formas de ver el mundo” de las personas con las que se relaciona. Es muy probable que una investigación sobre un mismo grupo de personas, pero con un investigador diferente arroje datos distintos, ¿por qué?, porque los datos se generan en la relación entre el investigador y sus interlocutores. Las características personales del etnógrafo, son constitutivas en esas relaciones y en los datos que obtendrá. Es probable, entonces, que un hombre investigando obtenga otro tipo de datos, y sin tener que enfrentar situaciones similares a las relatadas.Bronca, repudio, aversión. Estas situaciones muestran cómo el machismo predomina en estos espacios –como en tantos otros- de diferentes formas: desde una escena con un gran componente explícito de violencia, como también desde micromachismos en comentarios “al pasar”. Para este contexto argentino-brasilero, la mujer es vista como alguien inferior, como aquella que se ocupa de bailar las músicas típicas o de preparar las comidas tradicionales, rara vez es quien participa de las bandas o dirige los grupos. En este caso, yo, siendo mujer e intentando posicionarme desde un rol que no entraba dentro de sus parámetros, suponía una irrupción constante al lugar dado a las mujeres en estos espacios. Por tanto, existió una necesidad constante de reposicionarme en mi lugar de mujer –inferior, objetivada-, sin poder identificarme en ningún momento, como investigadora. Esto se vio en la situación más sonante de las relatadas, lo que se estaba jugando en esa charla con P. eran las relaciones de poder: él apelaba a su condición de hombre para posicionarse por encima de mí, como mujer, dado que se sentía incómodo relacionándose conmigo como antropóloga.

Es paradójico cómo este machismo opera a nivel de las prácticas, mientras que a nivel discursivo es negado o hasta confrontado por los mismos hombres que protagonizan estas situaciones. Al preguntarles por el estereotipo de la mujer brasilera, varios de ellos manifestaron repudiar dichas concepciones sobre las brasileras. Por ejemplo, pude presenciar un discurso del Mestre donde reflexionaba sobre el lugar que se les da a las mujeres dentro de la capoeira y su supuesto rol activo en la ruptura de los estereotipos e incorporación de más mujeres a estos ámbitos. De nuevo, el machismo es una práctica incorporada y naturalizada, que es necesario visibilizar constantemente.

El objetivo de este artículo no fue únicamente presentar anécdotas de campo, donde mi rol de investigadora –o periodista o fotógrafa, como se encargaron de nombrarme- fuera relegado a mi rol de mujer, mostrando cómo el trabajo de campo de las investigaciones sociales siempre está teñido y atravesado por una perspectiva de género. Ni tampoco es presentar cómo mi subjetividad se fue modificando a lo largo de dicho trabajo y cómo me descubrí siendo, ante todo, mujer. Sino que la intención fue hacer un aporte a las discusiones sobre las desigualdades de género, mostrando que el machismo no sólo existe y es repudiable en su expresión máxima –violencia física, femicidios- sino que opera en el nivel más micro, del día a día. Ningún ámbito está exento, ni siquiera el científico. A las mujeres, convertirnos en investigadoras nos enfrenta con toda una nueva dimensión del machismo, y es ahí, también, donde hay que empezar a combatirlo. Es una variación del samba –de origen brasilero-, dónde los músicos se ubican en el centro o a un costado, y la gente baila alrededor formado un círculo. La particularidad es que los músicos pueden ir variando, cualquiera que sepa tocar los instrumentos, puede pedir tocar alguna canción, o puede ser llamado a tocar.

 La máxima autoridad en la jerarquía de la disciplina, también director de dicha asociación. 

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1 respuesta

  1. VIVIANA PARODY dice:

    25 años de similares situaciones, s/candombe afrouruguayo en Buenos Aires… no se si es machismo, creo que es más profundo, secuelas de exotismo, cuerpo-mercancía, del cuerpo femenino y masculino… de cómo las nenas afrodescendientes en desarrollo son tratadas por los hombres mayores en grupos performáticos, y «si tenes el problema de ser blanca» otro tanto (cito de mi cuaderno de notas de campo…)…

    ahora, exceptuando la cuestión del cuerpo colonial, y del cuerpo racializado/hipersexualizado, … confieso que me ha pasado (aunque menos dado el encuadre), en Instituciones formales muy similar…

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