Lo invisible a nuestros ojos

Un relato breve de Edgar Alan Poe, El hombre de la multitud, publicado originalmente en 1840, aborda un tópico clásico de la literatura urbana moderna: la multitud y su reverso, el individuo. Allí, Poe compara, además, a la ciudad con cierto libro alemán y nos recuerda, enigmático, que “no se deja leer”.

El lector del relato, sin embargo, olvida rápidamente la advertencia y se deja llevar por la mirada de un narrador sentado frente a los grandes cristales de un café del centro de Londres. La descripción transita por un mar tumultuoso de cabezas humanas (la multitud como unidad), hasta descender a los detalles, a los innumerables vestidos, portes y fisonomías que le permitían identificar, a medida que caía la noche, empleados, rateros elegantes, tahúres, traficantes, mendigos, inválidos, prostitutas, borrachos, vendedores, artistas y cansados obreros. Todos habitantes de esa ciudad que era, a la sazón, el centro económico e imperial del mundo decimonónico.

De los cinco sentidos, la reflexión sociológica ha resaltado precisamente el predominio de la mirada en las interacciones sociales en el escenario metropolitano, ámbito en el que estamos –para usar la ecuación simmeliana– espacialmente próximos con personas que nos son socialmente distantes.Y la impresión que nos genera la mayor parte del relato de Poe es que para el narrador, cómodamente sentado en un café del centro mientras mira a la multitud en la calle, la ciudad “se deja” leer fácilmente: una mirada breve le permite captar una historia de largos años.

Pese a todo, la tensión del relato se incrementa cuando un anciano capta la atención del narrador. Ya no alcanza con mirarlo para conocerlo y, además, el anciano rápidamente sale de su campo visual. Doble limitación, entonces, de la mirada. El narrador toma su gabán y sale a la calle, abriéndose paso entre la multitud en dirección hacia donde se había dirigido el anciano. El narrador comienza así a seguirlo a distancia, caminando tras él, intentando comprender sus actos… Lo persigue durante toda la noche, por un camino que lo conduce a las afueras de la ciudad, por barrios más sucios y oscuros, donde nunca había estado, hasta la salida del sol y el comienzo del nuevo día y la reaparición de la multitud en el centro y él siguiendo –estupefacto y exhausto– al hombre en la multitud, “que no se deja leer”.

Me gusta pensar en este relato (que leemos con los estudiantes) como en una aporía del tipo de búsqueda propio de la antropología urbana: un hombre que sigue día y noche a un anciano por la ciudad (por “otra” ciudad), hasta el agotamiento y la renuncia, y así nos muestra los desafíos, los riesgos y las potencialidades del ejercicio antropológico en el espacio urbano.

Este relato nos indica que debemos desconfiar de la metáfora de la visibilidad (y de sus supuestos de autoevidencia) como modo de acceso al conocimiento de la realidad. Casi un siglo y medio después de Poe, Michel de Certeau nos brindó una imagen poderosa para desestabilizar esta metáfora: subir al piso 110 del (ahora destruido) World Trade Center posibilitaba la experiencia de dominar con una sola mirada el más desmesurado de los textos urbanos. Esta experiencia ha sido, en efecto, la ilusión de todo conocimiento: ser solo un ojo. El costo necesario e irreparable de esta operación consiste precisamente en el olvido de las prácticas cotidianas que producen el texto que desde lejos se mira.Romper con este modo de abordaje de la ciudad es el desafío de la materia: seguir al hombre de la multitud (en el caso de Poe) o bajar del rascacielos (en la imagen propuesta por De Certeau) para mezclarnos con los habitantes de la ciudad constituye una condición ineludible de todo ejercicio antropológico. Mirar la ciudad, pero también caminar, sentir, hablar e interactuar en la ciudad, para captar las lógicas prácticas de sus habitantes, los diversos puntos de vista sobre una “misma” ciudad y las ciudades que dichas lógicas y puntos de vista recorren, producen, disputan, temen y sueñan.De Certeau brindó una imagen poderosa: subir al piso 110 del World Trade Center posibilitaba la experiencia de dominar con una sola mirada el más desmesurado de los textos urbanos. Esa experiencia ha sido la ilusión de todo conocimiento: ser solo un ojo.Con todo, sabemos bien que no hay garantías, que las ciudades que coexisten en la ciudad no se dejan leer fácilmente. Disponer de herramientas para arribar a buen puerto consiste en uno de los propósitos principales de la materia. La apuesta es compleja: ¿Cómo decir algo de “la ciudad” a partir del conocimiento situado e intersubjetivo que todo abordaje antropológico propicia? ¿Cómo lograr que analizando prácticas, espacios y/o acontecimientos circunscriptos, la ciudad no desaparezca del horizonte de la comprensión? ¿Cómo, en definitiva, siguiendo al hombre la multitud puedo decir algo de la multitud misma y de la ciudad que contiene a ambos?

Los artículos de este dossier avanzan en esa dirección. Contra las habituales miradas distantes de la ciudad, practican un abordaje “de cerca y de adentro” -como lo llamó Magnani- de la vida urbana. Magdalena Rabini recorre el barrio de Retiro buscando, perdiéndose y finalmente encontrando la Dirección Nacional de Migraciones, para desentrañar los obstáculos que se le presentan a los migrantes en la ciudad; Romina Rossi indaga los sentidos y las prácticas de vecinos y comerciantes del barrio de Saavedra que se oponen a la construcción de un túnel que es presentado por el gobierno de la ciudad como un proyecto “modernizador”; Belén García Ulibarri se viste de usuaria de los programas de bici-sendas porteñas y  se sube a una bicicleta para recorrer la ciudad y conocer el funcionamiento del sistema, sus usos y sus problemas; Sofía Corvalán realiza observación participante en un boliche nocturno de la zona norte, analizando iluminación, sonido, distribución espacial, temporalidad y prácticas de esa “heterotopía” urbana;  Beltrán Besada reflexiona sobre su propia casa y su propio barrio, en un ejercicio que le permite reponer las relaciones entre lo público y lo privado en un particular palimpsesto urbano donde se solapan intervenciones urbanas pasadas, usos presentes y conflictos por el futuro.

Estos ejercicios nos recuerdan una cualidad fundamental de las antropologías periféricas: el silencio sobre la “ciudad natal” no es una posibilidad ni una elección, como señaló Teresa Caldeira. Por esto escribimos como académicos pero también como ciudadanos que habitamos las ciudades de las que hablamos, antes que como observadores distantes y circunstanciales. Y esto exige tanto seguir al hombre en la multitud para descentrar “nuestra” ciudad y acceder a otras que experiencias de la “misma” ciudad, como también dialogar con una audiencia que no se circunscribe a colegas y expertos, sino que involucra a la diversidad de agentes a partir de los cuales, con los cuales y sobre los cuales hablamos en nuestros trabajos, con quienes convivimos en la ciudad.

De esta manera, la interrogación antropológica de la ciudad disloca al urbanismo, apostando a pensar el fenómeno urbano desde otros puntos de vista, a la vez que lo urbano desafía a la antropología al poner a prueba sus conceptos y sus metodologías para la comprensión de la vida social en un contexto específico.

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