La muerte sin llanto

El amor materno se nos aparece como el más profundo y puro. Un amor natural, incólume al tiempo, el espacio o las circunstancias. Pero, ¿cuánto condiciona a los sentimientos el contexto económico, político, social y cultural? 

 

“Uno puede fácilmente malinterpretar lo universal cuando no ha entendido lo particular”

  Laura Bobannan

Constructores de Otredad

 

Hernán apareció en la puerta del merendero descalzo y con los mocos chorreando. Tenía seis años, una sonrisa enorme, le faltaba un diente, cosas que son normales para la edad y a mí me llenan de ternura. La tierra le curtía las manos y se esfumaba por sus piernas hasta llegar a los pies; su shortcito bordó llevaba manchas que juntas recreaban a la infancia en su realidad pura. Dos o tres moretones adornaban las rodillas como a todo pibe que juega a la pelota en la canchita del barrio. Una remera desteñida con un numero borroso, de esas de equipo de fútbol que todos tuvimos cuando éramos chicos, completaba su indumentaria. Hernán tenía todas las características de un niño de mi barrio.

Al verlo así de sucio, me enojé y le grité que entrara para poder limpiarlo. No hacía mucho tiempo que había empezado a trabajar en el merendero y ya conocía a todos los pekes pero no todavía a los padres. Así que lo agarré de la mano y lo acompañé a la casa. Tenía bronca, necesitaba una explicación, una respuesta lógica a esa imagen que tantas veces funciona  como un estigma. Seguía sin estar acostumbrada a estas situaciones, no entendía cómo alguien podía dejar a un niño tan chico así de descuidado; recordaba a mi mamá retándome para que no anduviera descalza por miedo a que me enfermara remarcándome siempre que los remedios eran caros.

Cuando llegué a la casa, Marta abrió la puerta y me recibió jovialmente. Tenía unos 45 años, pero las arrugas en los ojos y la mirada lejana la hacían parecer de muchos más. Me invitó a pasar sin rastros de incertidumbre ni de enojo. Una simple mueca bastó para entender que me agradecía por llevar a Hernán hasta allá. Entre mates, empezamos a hablar de la vida. Me contó que cuando era chica sufría de abuso mientras su madre no lo notaba y cómo le costó sacar a flote una familia tan numerosa, mientras su marido tenía hijos con otras mujeres.

Miraba los detalles de su casa, sus manos envejecidas, una que otra cana que sobrevolaba en su cabellera, todo un popurrí de características disueltas en un simple gesto de resignación ante la vida que le había tocado. Empecé a interpretar el contexto. Toda esa bronca que tenía solo unos minutos antes se fue apagando hasta convertirse finalmente, en comprensión con una mezcla de tristeza y realidad.

Ese día me jure no volver a juzgar a alguien sin conocer de dónde viene.

Amor materno/ Amor alternoEn su trabajo de campo en Alto do Cruzeiro, Brasil, durante el año 1987, Nancy Scheper Hughes se pregunta sobre una alternativa de moral femenina diferente a la de su nurtura. A partir del estudio del amor y la muerte infantil en Alto do Cruzeiro, Scheper Hughes busca que el lector pueda disociar entre el afecto materno natural y el socializado, estableciendo al contexto económico, político y cultural como condicionantes de los sentimientos. Estamos en presencia, dice, de  una “economía política de las emociones”.

Según relata, en Alto do Cruzeiro, el nivel socio económico condiciona la cultura como forma de supervivencia y adaptación a la realidad. Aliena los sentimientos de una madre hacia un hijo recién nacido enfermo que, supone, no va a poder subsistir en ese contexto de pobreza, escasez de alimentos, enfermedades múltiples y violencia. De ahí podemos comenzar a vislumbrar esa idea tan aterradora a los ojos de nuestra sociedad: “la muerte sin llanto”.Se trata, en definitiva, de un mecanismo para soportar el dolor, para naturalizarlo y volverlo propio. Porque, sumado a su contexto de penurias, miseria y escasez, aparece un patriarcado extendido a través de distintas generaciones. Eso se vislumbra en los relatos de infancia de Lordes, una de las protagonistas del libro: en el abandono de su padre a ella y sus hermanas; en los hermanos que murieron “por su bien”, porque estaban enfermos. La pelea entre la vida y la muerte latente aparece en cada párrafo. También la propia desvalorización y la vida como un castigo de Dios por los errores cometidos.

Lordes volvió a repetir lo que le sucedió a su madre con sus esposos e hijos. Zé, su hijo primogénito  fue salvado de la muerte por la escritora del libro, que en ese momento era partera de la favela. Una vez que él se apego a la vida, Lordes comparaba el amor que le tenía al de un marido, y hasta decía: “es mis brazos y mis piernas, más que un marido, mejor de lo que nunca un marido podría llegar a ser”. Vale destacar que para estas mujeres los maridos son lo más importante en su vida porque son los que traen el alimento al hogar.Scheper Hughes presenta a la muerte como una forma legítima de existencia, una forma de vivir. Porque las mujeres pobres tienen que tener hijos fuertes para soportar la vida que les toca. Los ricos, en cambio, pueden tener bebés débiles y darles el cuidado que eso implica. Así como los animales cuando tienen a una cría enferma, la separan de sus otros cachorros y la abandonan, las mujeres del Alto esperan a que sus hijos enfermos mueran y los alejan de sus otros hijos. El amor materno no es natural, sino cultural. Una madre puede, y ente caso debe, empezar a “amar” cuando está segura de que su bebé va a poder compartir una “buena vida” (dentro de sus parámetros de “bueno o malo”) junto a ella.«Entre mates, me con que cuando era chica sufría de abuso mientras su madre no lo notaba y cómo le costó sacar a flote una familia tan numerosa, mientras su marido tenía hijos con otras mujeres (…) Es día me juré no volver a juzgar a alguien sin conocer de dónde viene«.La estigmatización también está presente cuando un hijo sale “diferente” a causa de alguna enfermedad. Porque si son atendidos con algún tipo de tratamiento médico para intentar que sigan con vida, las posibilidades de que sea igual a una criatura “sana” son ínfimas y las madres no pueden mantener los cuidados necesarios, como sí pueden hacer las personas de otros sectores sociales medios y medios altos. Dejándolo alejado de los otros, encuentran en la muerte, la solución a este problema.

Las madres del Alto do Cruzeiro logran encontrar cierta paz en la hora de la muerte de sus hijos enfermos y lo vuelven tan natural que prácticamente no lo sienten. Así, traer hijos al mundo también se vuelve parte de una forma de vida: si fallesen se vuelven “angelitos” que los cuidan desde el cielo.

El sentimiento maternal está ausente hasta que el contexto, decide si el bebé vive o muere. Sólo a partir de la subsistencia, comienza la vinculación madre e hijo. Al crecer, los hijos no generan ningún tipo de resentimiento por su madre, sino más bien lo contrario, la enaltecen y la valoran como protectoras.

La autora advierte que es preciso saber cuándo una madre puede empezar a amar a su hijo o al contrario, dejarlo morir, para que siga el transcurso de la vida, el “que quiere Jesús”. Estamos en presencia de una resignificación de la palabra “dejar”, que estas mujeres asocian a la calma, gracias a la intervención de un ser divino. Se aferran a la religión como herramienta de vida.

Final«El nivel socio económico condiciona la cultura como forma de supervivencia y adaptación a la realidad. De ahí podemos comenzar a vislumbrar esa idea tan aterradora a los ojos de nuestra sociedad: la muerte sin llanto».Si el amor materno, que solemos tomar como el amor más profundo y puro, es cultural, no hay niveles para el amor. No hay escalas que definan qué amor es más fuerte que otro. Lo que condiciona al amor es la cultura y el contexto en que se encuentre.El amor es general y sus condicionantes son particulares. Así como la experiencia que viví hace unos años en el merendero me llevo a comprender por qué algunos padres no cuidan a sus hijos como otros por su forma cultural de crianza y por la vida dura que llevan, se puede ver cómo estas madres en Brasil buscan subsistir e intentar vivir de la forma más amena posible para ellas y sus familias. Aferrándose a la fe logran salir adelante en el contexto que les toco. Saben que se viene a la vida “dispuestos a enfrentar el sufrimiento”. O como me dijo, una persona alguna vez: “Uno hace lo que puede con lo que tiene”.

Para concluir podemos decir que, si la economía y  la política vienen del mismo lugar, es decir, no existe una sin la otra, significa que comparten el mismo camino y es la política la que condiciona la economía de un espacio. Por otra parte las emociones, como vemos a lo largo del artículo, son modificadas por el contexto y la cultura. Nancy Sheper Hughes  no estaba equivocada al hablar de una «economía política de las emociones» pero siendo más concisos  se puede alternar esa fórmula por la de una «política del contexto».

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