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Es viernes y tu cuerpo lo sabe

Esa fue la primera frase que recordó cuando se despertó. Es extraña la forma en que funciona la mente; la había escuchado tantas veces, entre sus compañeras o de algún colega al terminar la semana, que parecía haber quedado instalada en un cajón de la memoria. Traerla a esa mañana, donde todo el país estaba en aislamiento obligatorio, parecía un chiste. Podía ser miércoles o domingo, su cuerpo no podía saber qué día habitaba. Sin embargo, cuando llegaba el fin de semana era cierto que se activaban rituales sin sentido; una vivacidad en los locutores de radio, la música alegre de la vecina o más gente en la fila de la panadería. De alguna manera misteriosa, el viernes era un día que se negaba al anonimato.

Nora es escenógrafa y todos sus trabajos fueron detenidos en el tiempo. En la facultad no podía dar clases porque su materia, donde abundaban los planos y los dibujos, no era compatible con la virtualidad. Por lo tanto las corridas para alcanzar en horario el tren Belgrano, y llegar al centro sin demoras, fueron reemplazadas por groseros atrasos en el desayuno. La plata que separaba para cargar la Sube, se sumó al presupuesto del almuerzo en casa. Ya no era necesario comer una cosita a las apuradas para no pasar hambre el resto del día; había tiempo para hervir acelga, sacar las recetas guardadas, hacer hamburguesas de lentejas y organizar el bolsón de verduras que antes quedaba descontrolado en la heladera.

También el teatro en la Boca y el ballet de tango quedaron suspendidos hasta vaya a saber cuándo. Entonces, el día en el que encontró un lugar frente a su casa para estacionar el auto, resolvió también darle un descanso. ¿Cuántas madrugadas suplicó al Dios de los Autos para que no lo deje a la mitad del camino volviendo a Munro? Las noches con obligaciones mutaron de sitios inciertos a refugios caseros, un espacio abierto para ponerse al día con películas, libros y series que habían sido postergadas ilimitadamente. 

En cambio César, la pareja de Nora, nunca dejó de trabajar. En medio de la pandemia, su rutina no sufrió cambios y por ser chófer de colectivo, pasó a la categoría de “trabajador esencial”, una etiqueta extraña que no terminaba de aceptar. La verdad era que se sentía más expuesto que imprescindible, pero cuando la amenaza del contagio masivo se instaló, los servicios se redujeron a la mitad y le quitaron horas laborales. De esta forma, con su nuevo cronograma, sintió que se sumaba a una fantasía de vacaciones metropolitanas.

César tiene tres hijas, que junto con Nora, son su prioridad. También un grupo de amigos con los que comparte alguna cerveza los fines de semana; ante todo es un buen compañero. Conoció a Nora en una época donde ella andaba sin auto y viajaba por la noche en bondi. Coincidían en el horario cuando salía del teatro, y como viajaban pocos pasajeros, hablaban para alivianar el trayecto. Rápidamente se dieron cuenta que tenían muchas cosas en común: su interés por la política, los temas sociales y algunas batallas similares que daban en solitario. Antes, con tanta rutina a cuestas,  su noviazgo de varios años estaba un poco aletargado pero con ese nuevo tiempo que abrió la cuarentena, recuperó la intensidad del comienzo.

El contexto de la pandemia estaba saturado de información. Nora elegía seguir las estadísticas, las posibles resoluciones y los cálculos en la curva de contagios. Leía las noticias del país y extranjeras, consumía todas las primicias a las que pudiera acceder desde su celular o computadora.

Aunque estaba parada en la cocina de su casa, era consciente que este año ella formaba parte de un suceso histórico junto con el resto de la humanidad.

En las mañanas hacía las compras mínimas, el ritmo urbano se percibía en los relatos de César que seguía trabajando, los días fríos todavía se negaban a llegar y las tardes guardaban el sol en las baldosas del patio. Cada vez que ellos descorchaban un vino, en el ambiente flotaba una pequeña resistencia veraniega

Los días pasaban y los noticieros seguían dando las cifras actualizadas contando a los muertos. Era cierto que en esa casa con olor a tostadas, los fallecidos se sentían como algo lejano, como esos relatos de una guerra en Medio Oriente donde se intenta imaginar cómo sería vivir el horror pero no se puede. No se puede porque una mosca se posó en la cuchara y el interés volvió a la mermelada. No se puede porque a veces el inframundo está demasiado alejado para entenderlo.

Es viernes y tu cuerpo lo sabe

Esa mañana, Nora se despierta con un mensaje al celular. César le avisa que tiene fiebre y del trabajo lo mandan a la guardia de la clínica. ¿Y hoy qué día es? ¿Es mediodía o será más tarde? Vuelve a leer el mensaje –tengo fiebre, me mandan a la clínica-

Ahora su cuerpo siente que no hay distancia entre el infierno y la casa. En solo minutos, aquel temor que se escondía dentro de las bolsas plásticas desinfectadas, aplastado en la suela inundada de lavandina, esa inmundicia desmenuzada en cientos de lavados con jabón, se materializa con un poder inmenso y se hace presente.. En la billetera solo hay doscientos pesos. Ya no hay compras del día, ni almuerzo gourmet ni planes para la tarde. Las plantas pierden sus hojas, el sol del otoño se convierte en una penumbra cercana al invierno.

Nicolás, el gato, maúlla pidiendo comida. Las ideas se amontonan. La fiebre, la cocina con los platos sucios, la cabeza aturdida. El gato sigue pidiendo su comida de todos los días.

Se toma la temperatura. Tiene un poco de fiebre –otra vez esa palabra- el símbolo de la catástrofe. El cuerpo le duele, ¿será viernes que la vecina está cantando? ¿otra vez  la misma canción? Entre los omóplatos siente un dolor como una aguja clavada que le arquea la espalda. Intenta razonar que sus contracturas suelen instalarse ahí, como una mochila, su cuerpo lo sabe .Repasa mentalmente los síntomas que tantas veces leyó en letras blancas con fondo celeste, que vio en cada noticiero, que puntualizó como los datos importantes que no se pueden olvidar. Inspira profundamente. Lo importante es chequear la respiración completa, si el aire entra y sale, la cosa no está tan mal. La caja torácica se expande, vuelve a su lugar, no tiene tos. Exhalar-inspirar parece un mantra que la conecta con la divinidad. Una divinidad que llega con rezos, plegarias, lógicas científicas y virus demoniacos rondando todo lo palpable.

Como si fuera la protagonista de un ciclo en el teatro barrial, las escenas pasan en medio de una escenografía mal armada. No hay ninguna señal –una luz, un apuntador- algo similar a los recursos que usan los actores para circular en el escenario. ¿Dónde comenzó esta historia? ¿Cómo ayudar a César sabiendo que no puede verlo? ¿Quién le alcanzará un cepillo de dientes, ropa interior limpia o un par de ojotas para no ponerse las zapatillas cuando vaya al baño? ¿Ya se tomó un paracetamol? Tal vez ella también pueda enfermarse, ¿quién se ocupará de su gato? ¿Tiene sentido quedarse solamente esperando? Su vecina sube el volumen de la música, en la radio anuncian “hoy será un día espectacular! quedate en casa que te hacemos compañía” ¿pero qué día es hoy? ¿Cuántos días dura una cuarentena?

El celular vuelve a sonar confirmando que con un análisis de sangre de por medio, César quedó internado hasta saber el resultado. Nora está asustada, quisiera abrir la puerta, salir corriendo en pantuflas todas las cuadras que la separan hasta llegar ese lugar donde está internado, tocarlo con las manos limpias, las uñas carcomidas, abrazarlo suavemente y darle su pullover amarillo para que no tenga frío cuando le baje la fiebre. Quiere llorar hasta quedarse ahogada pero sabe que no debe agregar angustia al momento Del otro lado de la línea, César la calma, aunque con voz apagada, le dice   –todo va a estar bien, no te preocupes, todo va a estar bien, tranquila, todo va a estar bien-. Su hermano tiene un permiso de circulación y lleva todo lo necesario, la estadía en la clínica ya es un hecho.

El gato vuelve a mirarla. A ella, que está empapada de sudor y todavía tiembla, y a un terror que ahora se acomoda en el living todo despatarrado, que pone noticieros con fotos morbosas, que le susurra versos que riman con la palabra muerte y no pierde oportunidad de hacerse sentir, gritando tan fuerte que a Nora le dan ganas de llorar cada vez que se ducha. El gato sabe que no es el primer terror que convive con ellos, han pasado otros, solo que éste se apodera rápidamente de todo.

La fiebre de Nora desaparece a la mañana siguiente. El dolor continúa. No es fácil determinar si tiene gripe, Covid o una contractura tremenda. Desde el otro lado del mundo, César manda fotos mostrando una frazada de animal print que le dieron para pasar la noche. Le muestra ese elemento que parece fuera de lugar en medio de una internación tan pulcra, como algo salido fuera del tiempo, sacado de otra obra. Hace bromas, buscan reírse un rato del absurdo y esperan el resultado negativo que lo devolverá a casa cuanto antes.

Un día, ya no importa cuándo (el tiempo dejó de ser una línea recta con marcas numéricas) el resultado llega. Covid positivo. Se determina la internación, la batería de estudios y los dispositivos de control. Nora se da cuenta que seguramente está transitando la enfermedad pero con menos síntomas. No pudo ir al cajero a sacar más plata, ese efectivo no alcanza para mucho y deberá activar algunas formalidades sanitarias. Está enferma, integra esas estadísticas que leía por la mañana, es otro número que puede pasar de vivo a muerto, ella es alguien que está del otro lado de la frontera. Es extranjera en el país donde habitan los ciudadanos sanos. 

Sin darse cuenta avisa a la línea 148 pero le indican que si no tiene fiebre, continúe en su casa con el aislamiento. Piensa cuántos días estará bien, cuánto tiempo aguantará esa angustia de sentirse a un paso de poder ser internada. Porque existe la opción de ser alejada de su vida conocida. El gato, ¡alguien tiene que ocuparse del gato! Le avisa a una amiga, que tiene la llave de su casa, y le da indicaciones para encontrar una bolsa de comida sin abrir, y con otra coordina una compra en el supermercado que dejará en su puerta cada dos días. Anota en un papel todo lo que llevará en un bolso en caso que su salud empeore, no sea cosa que se olvide algo y nadie pueda alcanzárselo. Acomoda en la cama esa ropa elegida que sacó de los cajones, la deja apartada en una pila haciendo equilibrio y en ese momento siente que la angustia vuelve a despertarse, lo siente en su garganta que se cierra al tragar saliva, lo siente porque se le enfrían los pies mientras rechina la madera del piso. 

Listo. Se terminaron las acciones. El tiempo entra en un letargo interminable lleno de minutos con 36 grados corporales. No hay mucho más para hacer. Chequear la fiebre, anotarla para estar segura, descansar para no exigirse, limpiar, atender a Nicolás y convivir con todo aquello que no la deja dormir por la noche. Una vez a la semana tiene por Zoom, unos encuentros de arteterapia junto a un grupo de mujeres. Durante esa hora, medita, baila y dibuja. Es una distracción virtual que le permite descargar la tristeza, la furia, el enojo y la ridiculez de esta época.

Todos los días  presta atención al horario donde pasa el camión de la basura. Sabe que eso sucede alrededor de las siete. A las seis y media, desinfecta con un chorro de alcohol la bolsa de residuos y sale hasta la vereda para dejarla en el gancho que está en el poste de luz. Respira profundo esos minutos donde retoma el contacto con el exterior, mira su auto estacionado, las luces en las ventanas de otras casas e imagina diálogos posibles, desanda los pasos que la vuelven a llevar hasta la puerta, respira hondo otra vez, entra, acaricia al gato y cierra con llave. Sabe que todo saldrá bien, confía en los mismos espíritus protectores que la acompañan desde pequeña. Todo pasará y el mundo se concentrará en las actividades de siempre. Como es costumbre, todo volverá a una normalidad donde  nadie recordará los barbijos y los guantes de látex.

Cuando ese momento llegue, se pondrá un vestido de colores que siempre usa para salir, se pondrá una vincha azul para acomodar su pelo enrulado y encenderá el auto pidiéndole que funcione bien y no la deje abandonada en el medio de la noche.

Ese día, seguro será viernes y su cuerpo lo sabrá

* Las ilustraciones de este dossier pertenecen a @agustincomotto

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