¿A quién le hablan las ciencias sociales?

En Saber y Comunicar, el círculo de estudios organizado por Márgenes, conversamos sobre de la escritura y los públicos de las ciencias sociales. En este texto, uno de sus participantes reflexiona sobre el rol del Estado en esa crisis, y en esta particular coyuntura. La apuesta por la circulación de textos se vuelve central.

 

No creo que seamos pocos los que sentimos que las investigaciones en antropología y sociología carecen de público. O que el aporte público de nuestras producciones es, en el mejor de los casos, invisible. Tampoco creo que seamos pocos los becarios que tememos ser llamados “parias” o “vividores del Estado”. Incluso, varios pensarán que los sistemas de financiamiento lucen más como “aguantaderos” que como espacios de innovación. Lejos de “la sociedad del conocimiento” están los comentarios de quienes ven el gasto científico como una estrategia de neutralización política en tiempos de austeridad.

Observaciones y emociones de este tipo dieron vida al círculo de estudio organizado por Márgenes durante los meses pasados en la universidad. “Saber y comunicar” fue el título de los encuentros cuyo propósito fue poner a debate la situación académica desde la voz de un emergente “nosotros” particular.

Varias de las ideas detonantes y de las inquietudes nos remiten a una sensación de crisis que vale la pena explorar, así como también las paradojas que resguardan este tipo de inquietudes. Es curioso que la sensación de crisis coincida con un crecimiento del financiamiento estatal en el pasado reciente. Sin entrar en detalles, podemos afirmar que el rol del Estado se ha consolidado en materia de investigación y formación científica, incluyendo a las ciencias sociales. Esto ha implicado un incremento del gasto público y la implementación de políticas en distintos países latinoamericanos, más allá del signo ideológico predominante.

Por supuesto, el gasto en la materia no está a salvo del ajuste recurrente. Sin embargo, el ajuste mismo es inseparable del crecimiento. Precisamente, si hay ajuste es porque ha habido un incremento. Sin gasto, el ajuste no tendría sentido.

¿Por qué este ciclo de crecimiento y ajuste (o amenaza de ajuste) viene acompañado de cierta sensación de incertidumbre entre quienes, si bien, ocupamos posiciones marginales dentro del ámbito universitario o académico, hemos sido parte del crecimiento? Los becarios de posgrado somos un ejemplo de ello. También los llamados “jóvenes investigadores”, para usar el término oficial mexicano. Nuestra formación ha dependido del gasto público. Aunque nuestra posición es precaria o emergente –según como lo veamos– somos beneficiarios del crecimiento.

La coexistencia de estos hechos no deja de llamar la atención. Lo más lógico es adjudicar la experiencia al ajuste mismo. La ansiedad es parte de nuestra condición neoliberal. Como muchos otros sectores, estamos sujetos a la precariedad propia de las políticas fiscales y financieras del neoliberalismo tardío. Sin embargo, la situación en este caso es especial.Los antropólogos asociamos el concepto de crisis a la construcción de sentido. Siguiendo las críticas al economicismo, definimos la crisis como un cortocircuito en los sentidos de temporalidad. Por eso, la crisis tiene su propia dinámica, difícilmente reducible al flujo financiero. Vista como experiencia, la crisis es más que números y dinero.

Crisis con crecimiento es lo paradójico de nuestra condición. No es una cuestión de financiamiento. Tampoco es una cuestión exclusiva del ajuste. El problema tiene otras facetas.

Un tema planteado con énfasis en el círculo de estudio es el de la escritura. La ansiedad en torno a la (no) circulación de nuestros textos es un tema de preocupación constante. Tenemos miedo a que nuestras producciones sean irrelevantes. Por momentos, la publicación académica parece un esfuerzo sin sentido.Sin duda, los textos académicos circulan en un ámbito reducido y son muy poco leídos, lo cual, en parte, es atribuible a la hiperespecialización de las investigaciones. El público académico parece estar segmentado casi al infinito de acuerdo a temáticas, modas teóricas, lugares y sujetos de estudio. Nuestros potenciales lectores son aquéllos interesados en nuestro tema o en nuestro grupo étnico, barrio, región o ciudad. En otras palabras, aquéllos que hacen casi lo mismo que nosotros, lo cual representa una clara inclinación endogámica de la academia.

Sin embargo, quienes no gozamos de una ciudadanía académica plena tenemos una perspectiva particular de la situación, pues no tenemos siquiera nuestro puñado de lectores asegurados. Lo verdaderamente absurdo no es que sólo cinco o seis personas lean nuestras producciones. Lo verdaderamente absurdo es que ni siquiera esto suceda; que nuestras producciones no generen ningún tipo de intercambio entre colegas.

Pero ¿qué es lo que hace posible esta situación? Precisamente el financiamiento estatal. Sin recursos disponibles difícilmente esto sucedería. Las producciones sin público aparente serían impensables sin financiamiento. Son resultado del crecimiento presupuestal. En especial, son resultado de la incorporación de nuevos sectores al mundo científico–social. En cierto sentido, nuestra ansiedad es consecuencia de la incorporación reciente al campo académico.

La sensación de falta de público debe entenderse a partir de este proceso. La situación es doblemente ambigua. Por una parte, no debemos subestimar el efecto de la condición neoliberal. El ajuste, pero sobre todo la amenaza de ajuste, es un mecanismo políticamente eficaz en la actualidad. Por otra parte, nuestra incorporación incipiente al campo universitario o académico representa una transición cuyo resultado es con frecuencia impredecible. Precisamente, la incapacidad de proyectar un futuro con certidumbre es una característica fundamental de la crisis.

Ante esta evidente precariedad la reflexión en torno a la escritura es relevante. Más allá de cuestionar la academia y las limitaciones burocráticas, debemos preguntarnos por el tipo de escritura que deseamos ejercitar. Paralelamente, debemos preguntarnos por los públicos potenciales a los cuales podemos llegar. Criticar la hiperespecialización tan sólo es un punto de partida. Deberíamos preguntarnos por los lectores que imaginamos cuando escribimos, y por la forma en que esos públicos imaginarios condicionan nuestros escritos.

En el círculo de estudio enfatizamos la importancia de establecer vínculos con otras disciplinas. Especialmente con aquéllas disciplinas cuya naturaleza es participar del debate público, como la crónica y el periodismo. Deberíamos combatir la arrogancia teórica que la organización social académica tiende a producir entre sus miembros más novatos, con una mayor vocación descriptiva. La etnografía posee un potencial narrativo muchas veces desperdiciado por antropólogos y sociólogos.

Al final de cuentas somos hijos del crecimiento. Nuestra ansiedad sería impensable sin la acción estatal. Si bien nuestra existencia depende del Estado, el Estado mismo es frecuentemente más caótico de lo que pensamos. Esto, lejos de producirnos mayor inseguridad, debería motivarnos a encontrar nuevos espacios y tareas. El crecimiento del gasto público ahí está. La amenaza de ajuste ahí está. Lo que nos queda es reivindicar la naturaleza cotidiana de nuestra existencia. La escritura, un aspecto fundamental de nuestra práctica cotidiana, debería ser la fuente de una mayor autocrítica y reflexividad. No debemos ser ingenuos, por supuesto. La reflexividad es fundamental. Nuestras disciplinas son privilegiadas al poder estudiarse a sí mismas. Sin embargo, tampoco debemos perder de vista que nada está escrito, y que lo que hacemos con los recursos depende también de nosotros.

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