De fleteros a motoqueros: entre lo cotidiano y lo extraordinario

Durante las agitadas jornadas de diciembre de 2001, los mensajeros de Buenos Aires encabezaron las caravanas movilizadas que a gritos pedían que se vayan todos. Fleteros se convertían en motoqueros y se fundaba una identidad épica, con elementos de carácter beligerante y contestatario. María Graciela Rodríguez recompone la construcción de aquella identidad a partir de auto-representaciones, prácticas cotidianas, experiencias extraordinarias y narrativas mediáticas para comprender los procesos de circulación de sentidos que la sustentan, poniendo el foco sobre actores que habitualmente corren zonas de la vida social poco iluminadas por la historia. La interdisciplinariedad en la construcción de conocimiento ha adquirido en los últimos años gran interés para muchos investigadores. Sin lugar a dudas el diálogo entre distintos saberes nos permite profundizar y complementar nuestra mirada a la hora de abordar un tema de investigación. María Graciela Rodríguez ciertamente reconoce esto. Para ella construir saber en las fronteras disciplinares, “donde el mar se encuentra con el río”, implica trabajar en una zona donde los intercambios se vuelven más ricos y más poderosos. De fleteros a motoqueros. Los mensajeros de Buenos Aires y las espirales de sentido resulta de la implementación de una mirada atenta y panorámica, de una inquietud constante y una estrategia metodológica compleja alejada de cualquier linealidad.

Recurriendo a una mirada multidimensional la autora aborda su estudio sobre motoqueros y su relación con los sucesos transcurridos durante las jornadas de diciembre del 2001. El lector no sólo logra desentrañar las lógicas de los actores, comprendiendo cómo la práctica cotidiana de fletear se desliza rápidamente hacia prácticas de combate al calor de los sucesos, sino que a su vez incursiona en un análisis sobre las dinámicas culturales. Es así como desde en un análisis de inspiración etnográfica -que se cruza constantemente con análisis del discurso- realizó entrevistas a diferentes motoqueros, participó de sus actividades cotidianas, de sus rituales y celebraciones con el fin de entender en primer lugar la lógica del grupo. Y, por otra parte, recurrió a testimonios y análisis de noticias aparecidas entre 2001 y 2002, concentrándose además en otros productos culturales como el cine -de ficción y documentales- y fragmentos televisivos.

Ciertamente el estudio no refiere de manera exclusiva a los mensajeros como trabajadores urbanos, tampoco busca acotarse a las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 y mucho menos tiene como intención reducirse a un estudio sobre los medios de comunicación y los relatos mediáticos. Por el contrario, María Graciela toma cada uno de estos aspectos y los articula con el fin de demostrar el carácter que toman en la contemporaneidad de las sociedades mediatizadas los procesos de circulación de sentidos.

Los interrogantes que motorizaron la investigación son el cómo y el porqué de la conversión que tuvieron las prácticas de estos mensajeros en moto, de prácticas laborales cotidianas a prácticas extraordinarias, y sus actuaciones públicas en el marco de la contienda cívica del 2001. Partiendo de este disparador, su trabajo fue cobrando mayor precisión a medida que avanzaba el trabajo de campo, hasta llegar a su objetivo principal: desentrañar el modo en que los relatos mediáticos y su circulación cultural sedimentaron en la presentación en sociedad de los mensajeros bajo la nominación “motoqueros”.

Por una parte María Graciela afirma que la figura del “motoquero” tiene una historia que se alimenta de una serie cultural -de la cual las narrativas mediáticas hicieron uso para dar lugar a hechos ‘noticiables’-. Sin embargo, al mismo tiempo reconoce la importancia que asumen las prácticas llevadas a cabo por los mismos actores, así como sus auto-representaciones. Por lo tanto, para el desarrollo de su investigación considera tanto al sujeto representado, como al sujeto empírico. Su preocupación está en cómo se trama la dinámica sociocultural entre prácticas y representaciones.

En primer lugar el trabajo nos presenta a sus actores: los mensajeros, sus usos estilísticos y sus diferencias con otros actores urbanos tales como aquellos que están en la vereda opuesta, los “hombres de traje y corbata”, como de aquellos que aun compartiendo el mismo objeto, la moto (motociclistas, delivery, etc.), se distinguen por el tipo de uso que le dan al vehículo. Armándose de un trabajo propio por fuera de las ajustadas lógicas de cualquier empleo de oficina, su ingreso al mercado laboral se produjo a mediados de la década del ´90 en un escenario marcado fuertemente por la flexibilización laboral. No obstante, su auge coincide con la obtención de reputación y fama tras el estallido del 2001. La primera parte del libro sumerge al lector en la cotidianeidad de los actores estudiados, dándole a conocer los ejes simbólicos y materiales que organizan al grupo en cuestión.

Ya en la segunda parte, Rodríguez presenta las prácticas extraordinarias desempeñadas por los actores durante los sucesos de diciembre del 2001 y desarrolla su argumento sobre los procesos de circulación sentido. Los hechos del 19, 20 y 21 de diciembre de 2001 ponen a estos trabajadores en la primera plana de los diarios, luego de su participación activa al frente de las caravanas reclamando a viva voz “que se vayan todos”. Durante aquellos acontecimientos, los fleteros se desempeñaron como agentes de resistencia contra la policía montada (cuyos caballos huían frente al rugir de las motos), llevaron agua y víveres de un grupo a otro y fueron los primeros en alertar acerca de las novedades en los respectivos frentes y de mantener comunicados a los diversos contingentes en Plaza de Mayo.De este modo, el texto describe el proceso por el cual los mensajeros del AMBA adquirieron cierto reconocimiento social y se apropiaron de la nominación “motoquero”, valiéndose de un resplandor que antes no poseían.

Desde la reflexividad de los actores sobre sus acciones, pasando por las representaciones hasta la dimensión política, los actores fueron incorporando a sus repertorios identitarios la nominación de “motoquero”. Ella los dotaría de un carácter épico, uno que emerge en cada reclamo, en cada acto ritual donde esa actitud beligerante y contestataria es recordada para remarcar un potencial identitario, utilizándola de manera estratégica: “son fleteros, y según las circunstancias, también son motoqueros”.“La nominación de  ‘motoquero’ los dotaría de un carácter épico, uno que emerge en cada reclamo, en cada acto ritual donde esa actitud beligerante y contestataria es recordada para remarcar un potencial identitario, utilizándola de manera estratégica: ‘son fleteros, y según las circunstancias, también son motoqueros’”.Luego de desovillar la figura del motoquero, pasando por su dimensión laboral, su bautismo de fuego en las jornadas de diciembre del 2001, sus representaciones cinematográficas, sus prácticas, los cambios producidos en sus auto-representaciones al apropiarse de la categoría “motoquero” y los modos en que los medios –siendo en cierta medida co-responsables- pusieron en la circulación ciertas representaciones de estos, María Graciela arriba a sus conclusiones. De su argumento desprende dos tipos de modalidades que asumen sus prácticas, vinculándolas a una dimensión política. La politicidad se ubica próxima a su cotidianeidad y subraya las disposiciones subjetivas asociadas a la vida laboral. Se revela en las formas de posicionarse frente a la autoridad, la jerarquía y el poder. Asimismo, en las operaciones que estos sujetos llevan a cabo -constantemente- para desmarcarse de ese otro radical que representa el “hombre de traje y corbata”.

La segunda práctica es la acción política, que entra en juego a la hora de intervenir activamente en la disputa por los recursos. Esta categoría remarca aquellas formas de hacer política concretamente, por ejemplo las relacionadas con acciones gremiales. Frente a esta distinción María Graciela da respuesta a una de sus inquietudes acerca de si esos jóvenes eran ‘héroes’ tal como los habían representado los medios; si habían salido a las calles por razones políticas o si eran unos jovencitos que tuvieron la oportunidad de manifestar su rebeldía.

La autora entiende que los sucesos de diciembre del 2001 fueron una cristalización de dicha politicidad y que permitieron, a su vez, una captura en clave épica de la situación. El cruce entre prácticas ordinarias, prácticas extraordinarias y representaciones mediáticas posibilita acceder a las lógicas del proceso de circulación. De la reconstrucción de la secuencia que implica el paso de las prácticas cotidianas a las extraordinarias la autora logra desprender su tesis sobre la dinámica cultural. Entiende la dinámica de la cultura como un proceso con tres características: es espiralado ya que las representaciones y las prácticas aparecen y reaparecen sobre la superficie cultural siempre de modos diferentes; es recursivo dado que las representaciones se sostienen en sentidos sedimentados, conocidos y compartidos, y finalmente es un proceso multiacentuado dando cuenta de las diferentes “voces” y sus distintos espesores, es decir los múltiples acentos colocados sobre los significados implicados en los procesos de circulación que conforman la trama cultural.

Más allá de los aportes específicos que el libro pudiera hacer a los estudios socio-antropológicos de los sectores populares y al campo de la comunicación, consideramos digno de destacar el modo en que María Graciela va desarrollando su argumento. Ante su pretensión de encontrar los modos de circulación de sentido, es razonable que sus reflexiones vayan movilizándose a su vez por distintas dimensiones y dentro de ellas en distintos tipos eje tales como: simbólico/material; espacial/temporal; cotidiano/extraordinario; auto-representaciones/representaciones de los medios; experiencia/representación: estos son los andariveles por los que se moviliza la autora para cimentar sus tesis. Y allí radica lo valioso, su constante movilidad, lo abarcativo de su trabajo. El simple hecho de mostrar las distintas aristas de un objeto de estudio implica de por sí un esfuerzo y una profunda mirada analítica; ahora, si a ello se le suma la observación del recorrido llevado a cabo por dicho objeto en las distintas dimensiones, estamos frente a un gran desafío analítico.

Al finalizar el libro y una vez que las nuevas ideas comienzan a asentarse tras la cantidad de imágenes y sucesos detalladamente descriptos, uno no puede dejar de repreguntarse por el significado y las resignificaciones que van surgiendo al momento de repensar aquel evento del 2001.

Claramente diciembre del 2001 es un recorte elocuente de la historia reciente de nuestro país. A quienes por aquel entonces teníamos tan sólo 15 años y cuya experiencia de esas jornadas se reducía a “lo dicho por la tele”, el trabajo de María Graciela se nos aparece como una invitación a completar, desde una nueva perspectiva, el cuadro de aquel episodio emblemático.“Actores ‘pequeñitos’ que un día fueron capaces de ‘salir a combatir’ contra el poder y hoy sienten que han escrito aunque sea un renglón de la historia argentina reciente. Trabajos de este tipo tienen otro tipo de compromiso: el de mantener viva la memoria, dándole nuevos bocados que la mantengan activa”.Su trabajo etnográfico nos ha presentado a estos “ángeles en dos ruedas”, le ha dado voz a esos actores ‘pequeñitos’, que habitualmente corren zonas de la vida social poco iluminadas por la historia. María Graciela nos cuenta que un día fueron capaces de ‘salir a combatir’ contra el poder y que hoy sienten que han escrito aunque sea un renglón de la historia argentina reciente. Así como Alejandro Grimson señala en el prólogo el compromiso intelectual que la autora asume al interpretar los sucesos desde una lectura rigurosa, consideramos que trabajos de este tipo tienen a su vez otro tipo de compromiso: el de mantener viva la memoria, dándole nuevos bocados que la mantengan activa.

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