Cómo salir vivo de un edificio en llamas

Más, dame un poco más, quiero intoxicarme en vos arrancacorazones, dame tu droga – Attaque 77

El que no sabe de amores, llorona, no sabe lo que es martirio –  Natalia Lafourcade


Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio – Julio Cortazar

Lo que originalmente fue pensado como una reseña, derivó en un escrito catártico de dos personas que, atravesadas por cada línea de esta obra vieron, de alguna u otra manera, astillado su imaginario  sobre cómo se debe vivir el amor. Líneas que, como puñaladas, se incrustaron con el correr de la lectura.

Ahora bien, lejos de que la catarsis mencionada oficiara como purificadora, más bien ocurrió lo contrario, nos intoxicó. Nos intoxicó lejos de las significaciones de la época. Y hemos sido intoxicados por el diálogo que explotó de manera consiguiente. 

Lo que finalmente encontrará usted, lector o lectora, no es una reseña, sino el resultado de una intoxicación. El intercambio sobre esto que consideramos un estado de excepción, o sea, la relación amorosa.

¿Qué se puede decir sobre el amor que no haya sido dicho ?, ¿por qué hablamos de él? Y en todo caso, ¿que hay en el amor que nos empuja al decir? Estas son algunas de las preguntas que le dan cuerpo al último libro de la psicoanalista Alexandra Kohan. La autora desanda su experiencia analítica al ritmo de su pluma y nos introduce en un (no) saber sobre el amor y el deseo. Es allí también, donde el psicoanálisis se hinca en este relato, el lugar en el que se ubica el desajuste entre el saber y el decir: el agujero en la palabra. Porque hablar de amor es hablar de un saber no sabido, de aquello que no sutura, que presenta incompletud, que es contingencia.

“Escribo no para saber del amor sino para mantenerlo insabido. Se escribe porque no se sabe, se escribe para no saber”

Pero entonces, ¿cómo se nombra este no saber? Desde esta inquietud se entreteje una voz polifónica que, a través de la música, la poesía y la filosofía, se inmiscuye en  lo incierto del amor. 

La marca de Roland Barthes y Jacques Lacan no solo se encuentra en sus citas sino que también aparece en la estructura misma de esta obra: es fragmentaria y esquiva de conformar una teoría del amor. Su forma es de desvíos y cada capítulo salpica sobre el siguiente haciendo de ella una conversación infinita. 

Y en esa conversación nos sumergimos. Primero, emulamos involuntariamente un intercambio epistolar (moderno), a través de las redes sociales. Luego, en forma presencial, creamos nuestro propio club de lectura.  Este ejercicio se nutrió de experiencias amorosas entre cafés crepusculares, risa y vermuts nocturnos que nos mantuvieron lejos del calor sofocante de Enero. La fluidez se adueñó de nuestras conversaciones y en la medida en que pudimos poner en palabras ideas inconexas, hicimos consciente nuestro punto de partida: seguir ignorando qué es el amor. Abonar esa ignorancia.

«Aristófanes se río tanto mientras Pausanias desplegaba su discurso que terminó con hipo» 

Esta escena de El Banquete que retoma Alexandra le sirve para ilustrar el carácter satírico y despojado de solemnidad con el que piensa el decir, el amor y el deseo. Nos quita de la tierra firme y llana porque el discurso de Pausanias es el que coloca al amor ideal como un valor, como hecho acabado, situado, clasificado, sin fisura e inequívocamente direccionado. Su risa deja al amor en las antípodas de una lógica utilitarista, prudente, pulcra: la desarma con irreverencia. Nos mueve de tierra firme porque sus palabras , al igual que la risa de Aristófanes, nos  señalan no solo lo cómico del amor como contrapoder al saber erguido, a la doxa orgullosa de conocerse entera a sí misma, sino también, lo cómico del dolor en el amor como inherente a su existencia porosa. Eros irrumpe, orada esa existencia y trastabilla en lo cierto, como señala Kohan: “no hay Eros sin risa, pero tampoco lo hay sin dolor”. Y si de dolor hablamos, la época en la que vivimos lo rechaza. “Si duele, rajá” o “el amor no duele”, son algunas de las máximas extendidas que condensan en slogans este rechazo. El principio básico: huir del  fantasma que recorre los vínculos amorosos, el fantasma de la angustia y la toxicidad. 

A propósito de esta última, la autora nos recuerda la extensión del uso del término en las relaciones amorosas. La categoría tóxico encabeza un manual de buenas prácticas que deriva en una vigilancia de los afectos. El discurso  por el rechazo de lo tóxico tiene sus raíces en los imperativos de la felicidad que comprenden a esta y al dolor como conceptos teórico prácticos antagónicos. La expulsión de lo distinto en tanto agente patógeno que invade y contamina la pulcritud y estabilidad emocional del individuo. Sin embargo, la autora nos brinda una lectura alternativa del concepto invitándonos a llevarlo fuera de los dualismos en los que está situado. Lejos de caer en justificaciones de conductas condenables, la invitación es a intoxicarnos con la diferencia. Permitir ser afectados por el otro, dirá Kohan.

Ser afectados es permitirnos atravesar la incertidumbre, despojarnos de las antelaciones y las seguridades. Es esto lo que nos ha dejado la lectura, la posibilidad de transitar la angustia; trastabillar para amar. Vivir la inactualidad del amor, que no es más que asumir esa caída que siempre “ya ha sucedido” en un estado de inconsciencia. Así como se entra a un edificio incendiado del que ya sabemos que no saldremos vivos, en palabras de  Juan José Becerra, citado por Kohan.

En definitiva, embarcarse en el desencuentro y la disparidad, escapandole a toda nomenclatura. Entonces, si el amor es un edificio en llamas ¿podemos entrar y salir ilesos?

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