Los pibes y las pibas nos importan: una escuela rural en tiempos pandémicos

En una escuela ubicada en un partido del primer cordón del Conurbano bonaerense, resulta anecdótico tardar el triple de tiempo en llegar a ella como consecuencia de la escasez de líneas de colectivo. Asimismo, las condiciones sociales y económicas en que se encuentra la mayoría de las familias que envían a sus hijxs allí, son muy difíciles. Incluso, hay integrantes de estos grupos juveniles que no conocen la Ciudad Autónoma de Buenos Aires o recorrieron muy pocas veces sus calles. 

Por esas razones el equipo docente viaja con un bolso cargado de libros, fotocopias, fotos, videos documentales y hasta tizas, para que las personas en formación tengan buenos materiales para trabajar en las clases. De acuerdo con los comentarios de un grupo de personas dedicadas a la enseñanza desde hace mucho tiempo, estas particularidades son las que determinan la ruralidad de la institución.

Durante la cuarentena, el personal docente de la escuela nos comunicamos con lxs alumnxs, o una gran parte de ellxs, a través de los grupos de whatsapp. Teniendo en cuenta las dificultades de sus trayectorias educativas tales como la falta de internet en el barrio, la carencia de dispositivos para cada estudiante, así como, de dinero para cargarles crédito mensualmente. La pandemia agudizó una situación la cual era previamente difícil.

La dirección nos reunía por zoom y nos daba indicaciones. Entre estas últimas, nos pedían que mantengamos la vinculación con el estudiantado, que respetemos un cronograma de actividades para que no se les pisen  las tareas, que hagamos un relevamiento de covid-19, etc. Además, colocábamos cada tarea en un Google Drive para que un Centro Juvenil cercano a sus domicilios se lo imprimiera a cada persona que lo necesitara.

De esta manera, en los días de clase le escribía a los grupos para preguntarles cómo estaban, si estaban realizando los trabajos o si tenían dudas y necesitaban realizarme consultas. Cuando pasaba un tiempo y una parte no contestaba, les mandaba un mensaje privado para saber en qué situación se encontraban y si podía ayudarlos en algo. Quienes me respondían eran los padres para explicarme que sus hijos o hijas se encontraban enfermos, que no entendían algún tema en particular y juntos buscábamos una solución. 

A pesar de la distancia, siempre estuvimos conectados por el celular. Además, yo percibía que el hecho de que uno los llamara a cada uno en particular los hacía sentir muy bien y eso me entusiasmaba aún más. Incluso, los papás y las mamás se comunicaban con los preceptores para agradecerles por el acompañamiento que les brindaba la escuela.

Durante este período, uno de los acontecimientos que más me conmovieron está relacionado con una alumna de esta institución, Luciana, a la cual le escribía semanalmente para saber cómo estaba y no tenía respuesta. Después de mucho insistir, recibí un mensaje de voz de la madre explicándome que la familia tenía covid-19 y que por eso no pudieron responder mis mensajes anteriores. Pero que Luciana no entendía los deberes por eso hasta el momento no había entregado absolutamente nada. Me comprometí con ella para volverla a llamar y en cuanto se sintieran mejor, ayudar a su hija en la elaboración de todas las actividades de mi materia. Además, le comuniqué esta información a la preceptoría y al resto de los profesores, para que estuvieran al tanto de la situación.

La semana siguiente cuando volví a contactarme con Luciana, su mamá me comentó que ya se encontraban mejor, pero, que Luciana seguía sin comprender cómo hacer las tareas escolares y que ella, por más que quisiera, no podía ayudarla porque tampoco entendía. Siendo que la joven el año anterior había ido a particular consideraba que este año iba a tener que pasar por la misma situación y lo que era peor, Luciana se encontraba negada a completar las actividades. Finalmente, me mandó el número personal de su hija y un sticker que tenía las dos manos colocadas en posición de oración. 

Inmediatamente, comprendí el empeño que habían puesto ambas y la frustración que sentían en ese momento. Por esta razón, le mandé un mensaje a Luciana para tener mayor contacto con ella, inspirarle confianza y que a su vez, me pudiera consultar sus dudas. Hablamos un rato pero, tenía que cargar su celular, por eso no podía continuar la charla y tuvimos que cortar. Los días siguientes intenté comunicarme con ella sin ningún resultado.

Un tiempo después, recibí una gran sorpresa, ya que Luciana me envió las fotos de gran parte de sus trabajos y no puedo decir que se haya copiado de sus compañeros, ya que se esforzó en buscar fotos de revistas y pegarlas en su carpeta, algo que no todo el alumnado completó. Valoro su empeño, porque comprendo que para ella no fue sencillo adquirir los materiales. Fue la mejor noticia que me dieron esa semana. Ese mismo día compartí esta información con el preceptor, los directivos y el resto de los profesores. El trabajo en equipo dio muy buenos frutos.

Se acercaba la fecha de las guardias presenciales y tenía que seleccionar a aquellos estudiantes que hasta el momento no habían entregado ninguna actividad para trabajar con ellos en la escuela durante 40 minutos. En la lista para llamar tenía solamente 4 chicos y 1 chica. A Luciana le expliqué que no era necesario que se presentara en esa oportunidad. Sin embargo, en la jornada presencial estaba ella junto a dos compañeros más sentados en sus bancos esperando que yo entrara al aula. Ese mismo día le dieron el alta médica y con el certificado en sus manos, llegó a la institución para completar la tarea que le faltaba. Ella superó el covid-19 y fundamentalmente se superó a sí misma porque pudo vencer sus temores, la resignación y hasta las hostilidades.

La escuela rural constituye un desafío, el espacio en donde  se maximizan  las desigualdades sociales, tanto económicas como educativas, y la buena voluntad del equipo docente, la dirección, el plantel de auxiliares, el estudiantado y las familias, para asistir a las clases, educar y educarse, entre otras funciones. Por esta razón, cada vez que un curso egresa o que uno solo adelanta en sus estudios y logra conectarse con las asignaturas, es celebrado por toda la comunidad con una inmensa alegría ya que los pibes y las pibas nos importan.

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