Devenir en familiar

Ni accidental, ni natural: devenir en familiar de víctimas de la violencia institucional implica un proceso fundamentalmente político, antes que de parentesco. Así se configura una nueva existencia a partir de la denuncia y organización que implica la “politización” de la muerte de un hijo, de un hermano, de un padre. En el proceso entran en juego posicionamientos ideológicos tanto como la historia personal y colectiva. Este texto problematiza esa transformación en el contexto de prácticas e instituciones donde la violencia no es nunca coyuntural sino el modo sistematizado de gestionar los espacios y el conflicto.Alejandra venía todos los miércoles, nunca faltaba. Cocinaba muy bien, a veces nos traía tortas fritas para sobrellevar el invierno en la Cooperativa “Esperanza”, un espacio conformado por familiares y víctimas de violencia institucional. Siempre se mostraba fuerte, decidida, opinaba, escuchaba a todos, abrazaba y sonreía. Cada tanto, cuando hablaba de su hijo, se la veía mirando un punto fijo; a veces el piso, a veces el cielo. Se le ponían los ojos brillantes. Extrañaba a Walter, siempre lo traía a todos los encuentros colectivos. Nunca le pregunté qué le había pasado a su hijo, con el tiempo me enteré que había sido asesinado en marzo del 2013 en la Unidad n°46 del complejo penitenciario de José León Suarez. Según sus compañeros de celda, él había salido de la unidad hacia el Hospital Bocalandro sin signos vitales, luego de estar agonizando más de una hora y media sin atención por parte de los penitenciarios. Tenía veintidós años, en un mes iba a salir en libertad para reencontrase con su hijo de siete. Para su primer año, él ya había caído detenido. Nunca se pudo perdonar eso.«El “evento crítico” tuvo un carácter disruptivo y productivo en la vida de Alejandra. Transformó su dolor particular en organización colectiva, designando a la muerte de su hijo como punto de partida de su nueva existencia –como una madre “familiar” de víctima»Alejandra tenía algo que llamaba la atención, ella escapaba a la imagen típica de víctima: personas pasivas e inactivas, atravesadas por un dolor incontrolable que las anula. Ella no era así – o mejor dicho, no era sólo eso- las emociones en ella se encontraban de manera ambivalente, la amenazaban pero también producían compromiso y organización colectiva:“Yo me encerré en mi mundo, en mi duelo. En esos dos años sólo quería llorar, juntar las cosas de mi hijo en mi casa, ver sus sábanas, sus olores, su cama armada. Me olvidé de vivir, me olvidé que había otras personas, que eran mis otros hijos. Me olvidé que tenía un marido. El dolor me hizo olvidar de todo. Yo no tenía vida, no dormía por semanas enteras. No sé qué hubiera sido de mi vida si no hubiera tenido a mis hijas. Después, cuando conformé mi merendero que se llama “La casita de Walter”, las cosas cambiaron. A veces me siento muy triste por las injusticias, pero sé que cuando me acuesto en mi cama y apoyo la cabeza en mi almohada, están mis chicos del merendero (…). La política fue la mejor manera que encontré de transformar el dolor en lucha para pelearla y remarla”.

El “evento crítico -retomando el concepto propuesto por la antropóloga Veena Das- tuvo un carácter disruptivo y productivo en la vida de Alejandra, su cuerpo y su identidad política. Transformó su dolor particular en organización colectiva, designando a la muerte de su hijo como punto de partida de su nueva existencia –como una madre “familiar” de víctima-:

“Cuando a mí me fue mal en la justicia, ahí no se terminó todo para mí, entendí que nos teníamos que organizar y salir a la calle por los derechos que tienen nuestros hijos, porque todos los chicos tienen derechos que no son “beneficios” y tenemos que hacerlos valer. Hoy en día digo que hay que militar, aprender. Yo milito y aprendo. Estoy yendo a clases de política, no lo puedo creer… que yo esté en esto. Yo cambie mucho, ya no me callo, y te digo las cosas en la cara. Antes era muy sumisa, perfil bajo. Ahora no, me dicen que soy una leona defendiendo. Mis chicos del merendero, son mis chicos y yo los defiendo a todos”Pensar a los “familiares” nos lleva a indagar no sólo en el proceso de construcción de la categoría política, sino también en las disputas que encubre dicha nominación, sus diversos sentidos sociales y morales sobre la justicia, la ciudadanía, el derecho (muchas veces con discursos yuxtapuestos y contradictorios); junto con sus diferentes modalidades de acción colectiva. El trabajo del familiar será, por lo tanto, el de “politizar la muerte” de la víctima, excediendo el lazo del parentesco para ser un tipo de activista político que deviene a través de diferentes formas de protesta, de denuncia y la organización.«El trabajo del familiar será el de “politizar la muerte” de la víctima, excediendo el lazo del parentesco para ser un tipo de activista político que deviene a través de diferentes formas de protesta, de denuncia y la organización»Por lo tanto, detectar sus diferentes repertorios de acción colectiva es central para pensar cómo se sitúa el familiar, disputando a través de la búsqueda de consenso, la visibilización del pedido de justicia para instalar el debate y la adhesión pública.

Alejandra abrió un merendero en el patio de su casa junto con la “Campaña Nacional contra la Violencia Institucional”. Recibe todos los martes y miércoles a más de 30 chicos, muchos de ellos adolecentes. Ella entiende que recibirlos es también sacarlos de la calle. Participó en jornadas del “Comité contra la Tortura” dictado por la Comisión Provincial por la Memoria, también se relaciona con organismos de derechos humanos por las personas privadas de su libertad. En su barrio en Malvinas Argentinas construyó una red de familiares y llevó la discusión al consejo Deliberante, donde se debate la situación carcelaria y la violencia policial.

“Hoy organizarse es necesario. Yo acompaño a chicas muy jovencitas que tienen sus maridos presos, que no entienden nada. Ando con muchas mamás que la policía mató a sus hijos, así como me fue mal a mí en la justicia a muchas de ellas les está yendo mal también. Son mamás desbordadas, que necesitan que vos te acerques con un atado de cigarrillos, un paquete de yerba y que las escuches. El dolor las supera, ellas necesitan que vos pases temprano a tomar unos mates, necesitan la contención. Hay que ponerle el pecho porque es duro. Hay que bancar al hijo, al marido, la cárcel es dura. Me preguntan: ‘¿Me acompañas al juzgado?’ Sí, una sola vez te acompaño, porque el resto tenés que ir sola, para aprender.”

Pese a que la movilización de familiares a través de la acción colectiva sirve para “sacar a la luz” las injusticias perpetradas por diferentes agentes del Estado e instalar su reclamo como legítimo; esto no es suficiente, dado que debe existir una condena por parte del poder judicial. Para Alejandra –como para muchos familiares- la elección de la estrategia legal conlleva tanto una legitimación como el reconocimiento oficial de sus reclamos. Es interesante indagar sobre cómo los familiares demandan hacia la ley al mismo tiempo que la interpelan por su falsa universalidad:

“Me presenté al juicio y no entendía nada, yo pensé que el Estado me iba a dar un abogado, no fue así. Me fue muy mal, me los absolvieron a todos los implicados. Ningún juez me dio la cara para decirme su resolución. Por la justicia sentí el abandono, a mí no me asesoró, no me acompañó. Cuando salí no podía ver el Sol. Si nosotros hubiéramos tenido plata para poner un abogado, las cosas hubieran sido diferentes: uno, seguramente mi hijo no hubiera estado preso porque hubiéramos puesto la plata para la fianza; otra, a la hora del juicio hubiera puesto un abogado y obtenido una condena. Yo no sé si voy a conseguir justicia por mi hijo, la causa está estancada, la justicia me puso muchas trabas. Pero hoy pienso que si no hay justicia del hombre, está la de Dios. En los primeros tiempos pensé en venganza, hoy ya no. Hoy pienso que detrás de los chicos que mataron a mi hijo, también hay una mamá que sufre. Hoy digo… que sea lo que Dios quiera”

Ahora bien, pensar a los familiares como “víctimas accidentales” -esto es, cuya actividad ha surgido como consecuencia de su experiencia directa antes que por un convencimiento político-ideológico previo- necesita, al menos, ser problematizado. En un barrio en donde cotidianamente se convive con las razzias policiales, donde los vecinos no denuncian por miedo al hostigamiento policial, donde la violencia institucional se presenta de manera “invisible” en prácticas naturalizadas, cabe preguntarse cuán “accidental” es la detención de adolescentes en los barrios. Cuenta Alejandra que cuando fue a buscar a Walter a la comisaría un policía le dijo: “esperá que los pibes cumplan 18 así los meto a todos presos”.«Los usos de violencia por los agentes penitenciarios en los espacios carcelarios se presentan de manera persistente y regular. La violencia institucional es por lo tanto un modo de gestionar estos espacios»Rodríguez Alzueta sostiene que el encarcelamiento opera de manera selectiva, lejos de ser una «última parada» se presenta como «otra posta más en el derrotero que les toca a los marginales”. Los usos de violencia por los agentes penitenciarios en los espacios carcelarios se presentan de manera persistente y regular. La violencia institucional es por lo tanto un modo de gestionar estos espacios, adoptando diversas formas: requisas corporales, malos tratos físicos, organización y habilitación del conflicto entre internos, aislamiento en diversas modalidades, traslados constantes.En este contexto, más que un accidente, tanto la detención como la muerte en manos de agencias estatales se presenta como una crónica de muerte anunciada. Algo queda claro, a Walter nosotros como sociedad le debemos mucho, ya que pagó con un alto precio su condena, pagó con su vida misma.

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