Desnaturalizando el espacio urbano del boliche

Sábado, 1 a.m., a metros del Río. Paredes negras, pasillos oscuros, un humo enturbia el ambiente. El tiempo no se acumula, simplemente transcurre. Separada por unas cortinas de tela roja, densa y pesada, la zona “vip” marca que acá también hay “arriba” y “abajo”. En este texto, el boliche es convertido en espacio de conocimiento, un lugar capaz de hablarnos del poder, las jerarquías, y de lo que se produce en esa interacción constante entre los actores y el espacio.

Alvear Garden es un boliche que funciona los viernes y sábados en la localidad de San Isidro, Martínez. Toda su estructura mira hacia el río, el cual se deja percibir desde varios puntos del boliche.

La cercanía con el Río de la Plata lo hace menos accesible, ya que los transportes públicos no acceden a la costanera, de manera que sólo se puede llegar en auto o caminando desde la avenida Maipú, que queda exactamente a 17 cuadras. Los actores que visitan este boliche pertenecen a un sector de “clase media alta”, entre los 19 y 25 años.

Ese sábado a la noche, a la 1:00 a.m. llegué en auto a la puerta de Alvear Garden. El horario marca un límite estratégico: hasta esa hora las mujeres pueden entrar gratis; los hombres no tienen la misma posibilidad, siempre se les cobra entrada que incluye una consumición a elección.

En la medida en que uno se adentra en este espacio urbano, la luz va disminuyendo. Luego de atravesar un pasillo relativamente corto –en donde efectivamente se va reduciendo la visibilidad dando más lugar a la oscuridad– se despliega la estructura del boliche: con sus paredes todas negras, un espacio central se presenta en el medio, sin columnas ni escalones, donde se concentra, por lo general (y sólo a partir de las 3 de la madrugada), la mayor cantidad de personas. En las esquinas se distribuyen sillones blancos que forman una suerte de livings particulares, generando espacios cerrados, pero cercanos. Un enorme ventanal de vidrio invita a salir a respirar el aire de la costanera. Para acceder a los baños, hay que bajar dos o tres escalones.

Colocado unos metros más arriba, y separado claramente por unas cortinas rojas de tela bien densa y pesada, se encuentra el “vip” a donde no todos tienen la posibilidad de acceder, sino que hay que tener una invitación especial para hacerlo. Quienes controlan el flujo de gente que entra y sale de este espacio delimitado son los “patobas”, hombres vestidos de negro que se distinguen por su imponente corporeidad.

En la medida en que el boliche se va llenando, el espacio entre unos y otros se vuelve más estrecho y se hace más densa la agrupación de personas. El alto volumen de la música –que por lo general reproduce las canciones más conocidas de reggaetón, cumbia y cachengue– requiere de un esfuerzo y acercamiento mayor para poder conversar. De vez en cuando, sale desde algún lugar imperceptible un humo que enturbia la visibilidad del ambiente.
La percepción concreta del tiempo dentro del boliche no es tarea fácil, si bien las horas pasan, el ambiente, las luces y la temperatura quedan inmóviles. Esto provoca una desvinculación casi inconsciente con la temporalidad del afuera. Ahora bien, asumiendo junto con Levi-Strauss que existe una relación entre el espacio físico y el espacio social, en lugar de leer mecánicamente el espacio, cuando lo observamos podemos ver cómo ideológicamente la sociedad se proyecta en el mismo.

Es en este sentido que podemos observar que la estructura espacial del boliche, lejos de ser casual, está atravesada por una carga simbólica que acompaña la oposición entre un “arriba” y un “abajo”, un “adentro” y un “afuera”. En su descripción objetiva de la casa Kabila (2007) Bourdieu apunta en un mismo sentido argumentando cómo las categorías “arriba” o “abajo” no son puramente técnicas, sino que tienen un correlato con las dimensiones sociales que hace que los actores vinculemos “el estar más arriba” con sensaciones de mayor exclusividad y superioridad.

La estructura espacial del boliche, lejos de ser casual, está atravesada por una carga simbólica que acompaña la oposición entre un ‘arriba’ y un ‘abajo’ un ‘adentro’ y un ‘afuera’Efectivamente, dentro del boliche, éstas últimas se hacen evidentes cuando uno se encuentra “más arriba”, dentro del Vip, y puede mirar desde allí a todo el resto de la gente que no puede acceder a ese espacio.

Este tipo de cargas simbólicas que llevan a cuestas las categorías espaciales están profundamente naturalizadas en nuestras sociedades, hasta tal punto de olvidarnos que la tierra es redonda, que la disposición de los mapas está atravesada por el poder, poniendo a los países dominantes arriba, a los subordinados por debajo, o repetir frases como “bajar al barrio”, “ascender de puesto”, “bajar políticas públicas”, etc. Es importante en este sentido no tomar estas disposiciones como imagen de lo real, sino como una serie de convenciones que tienen historia, que están atravesadas por el poder y que, por estar así construidas, son reales y nos afectan.

Una vez introducida esta desnaturalización del espacio, cabe preguntarse ¿cómo se relacionan las dinámicas sociales con la forma en que se configuran los espacios dentro del boliche? Tal como lo plantea George Simmel (1986)  analizaremos  el espacio como dimensión constitutiva de la vida social.

Un factor recurrente e interesante que se desprende de los párrafos anteriores es la oscuridad como una cualidad que le da cierta característica particular a la noche, dentro del boliche. Como bien afirma el autor, “La oscuridad presta a la reunión un sello particular en el que se funden, de un modo singular, la significación de lo estrecho y de lo amplio. De una parte, sólo se ven los más próximos; detrás de ellos se alza un muro negro impenetrable; gracias a esto siéntese íntimamente ligados los que están próximos” (1986; 659).

Sostengo que este tipo de configuración espacial se imprime en las interacciones sociales y en las corporalidades de los individuos dentro del boliche, en donde comienzan a borrarse los límites efectivos que estructuran las relaciones sociales dentro de otros espacios públicos (como la plaza, la calle, la parada del colectivo) dando lugar a otras “fantasías”.

Este tipo de configuración espacial se imprime en las interacciones sociales y en las corporalidades dentro del boliche, en donde comienzan a borrarse los límites que estructuran las relaciones sociales dentro de otros espacios públicosEste tipo de perspectiva nos invita a desnaturalizar las prácticas cotidianas dentro de Alvear Garden, cuestionar su legitimidad y estar atentos/as al tipo de conductas que están socialmente aceptadas por dentro pero quedan anuladas para el afuera.

Mitchell Foucault (1999) propone la idea de heterotopía que, como parte constitutiva de todo espacio, puede encontrarse también dentro de los boliches. A diferencia de las utopías (emplazamientos que no tienen un lugar real, una proyección imaginaria de la sociedad ideal) las heterotopías son emplazamientos producidos por actores, en donde las utopías son efectivamente realizadas. De las seis cualidades que el autor describe para las heterotopías, una de ellas es especialmente estructurante del boliche: la temporalidad. A diferencia de espacios como los museos o las bibliotecas, que buscan acumular un tiempo estático, donde hay una voluntad de encerrar todos los tiempos, todas las épocas, todas las formas “para contribuir a la acumulación perpetua e indefinida del tiempo en un lugar que no cambie de sitio” (1999:439) podría argumentarse que el espacio del boliche, en lugar de acumular el tiempo busca disimularlo; en el boliche el tiempo parece no pasar. La configuración del espacio contribuye a la disimulación del tiempo, y esto efectivamente hace que uno allí dentro tenga una muy vaga percepción del mismo.

Foucault advierte que toda heterotopía cumple una función que puede ser o bien crear espacios de ilusión, que dejan más expuesto lo ilusorio de un espacio real, o por el contrario, crear un espacio distinto, otro espacio real perfecto y meticuloso.
En el caso de esta experiencia etnográfica dentro del boliche podemos pensar que esta heterotopía cumple la función de construir una temporalidad que se distingue de lo real, del mundo cotidiano y rutinario, dando lugar legítimo a otro tipo de prácticas que ya no serán juzgadas, porque allí dentro, no entran en tensión y mientras el tiempo parece no pasar, se naturalizan.

Esta heterotopía cumple la función de construir una temporalidad y lógicas diferentes a las del mundo real, cotidiano y rutinario, dando lugar legítimo a otro tipo de prácticas que ya no serán juzgadas, porque allí dentro, no entran en tensiónEn este sentido, podemos concluir sin caer en un determinismo espacial, que mirar antropológicamente un espacio supone entenderlo no como algo meramente geográfico, estático, que sólo está allí para ser recorrido sino, tal como nos invita a entenderlo Foucault, como algo que nos llena de arrugas, en donde “se desarrolla precisamente la erosión de nuestra vida, de nuestro tiempo y de nuestra historia Dicho de otro modo, no vivimos en una especie de vacío, en cuyo interior sería posible situar a individuos y cosas. No vivimos en el interior de un vacío coloreado por diferentes tornasoles, vivimos en el interior de un conjunto de relaciones que definen emplazamientos irreductibles unos a otros y no superponibles en absoluto” (1999:434).No hay que perder de vista, sin embargo, que son los mismos actores los que “viven el espacio”. En este sentido Mitchell De Certeau distingue de forma precisa un lugar como un determinado orden estable en donde cada cosa tiene su posición, de un espacio que es el efecto producido por las operaciones que lo rodean; como lugar practicado, un espacio es en definitiva lo que producen las personas. Mirar el boliche como un lugar sería olvidar las relaciones de poder y las jerarquías que allí se producen, no de forma mecánica, sino por la interacción constante de los actores y el espacio.Un lugar es un determinado orden estable en donde cada cosa tiene su posición, mientras que un espacio es el efecto producido por las operaciones que lo rodean; como lugar practicado, un espacio es lo que producen las personasBibliografía
BOURDIEU, Pierre (2007) “La casa o el mundo dado vuelta”, en El sentido práctico. Buenos Aires, Siglo XXI.

BOURDIEU, Pierre (2002) “Efecto de lugar”, en: La miseria del mundo. Buenos Aires, Siglo XXI.

DE CERTEAU, Michel (2000) “Andares de la ciudad” y “Relatos de espacio”, en La invención de lo cotidiano I. México, ITESO.

FOUCAULT, Michel (1967) “Los espacios otros” (disponible on line).

SIMMEL, Georg (1986) “El espacio y la sociedad”, en: Sociología 2. Estudios sobre las formas de socialización. Madrid, Alianza Editorial.

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