Industria textil en Argentina: ni vintage ni demodé, siempre a la vanguardia en la industria de la moda

A principio del siglo XX, era una de las ramas que más fuerza de trabajo ocupaba en la industria. Tuvo su auge, su caída y su recuperación siguiendo los ciclos económicos del país. Desde 2003, vive una etapa de crecimiento pero a costa de trabajadores explotados en talleres clandestinos. Más allá de la experiencia de Alcoyana, un paneo por la larga historia de la industria textil en Argentina.
La industria textil y de confección ha mostrado una reversión de tendencias en las últimas décadas en línea con el comportamiento del conjunto industrial. Este se ha caracterizado por una fuerte retracción a partir de los años noventa y un acelerado crecimiento producto de la reactivación económica posterior a la crisis de 2001. Este nuevo despunte se asentó sobre profundos cambios tanto en el proceso productivo como en las condiciones laborales.

La cadena de valor textil y de confección involucra diversos procesos, que van desde la producción de fibras a la confección y comercialización de indumentaria. Su presencia en la Argentina data de los inicios de la industrialización del país, a fines del Siglo XIX, a partir de la introducción de la máquina de coser y del arribo de trabajadoras y trabajadores europeos capacitados para la labor. Ya en los albores del Siglo XXd se destacaba por ser la rama que ocupaba mayor cantidad de fuerza de trabajo y por su capacidad para abastecer a la totalidad del mercado interno.

Desde su instalación mantuvo una tendencia creciente que se profundizó tras la Primera Guerra Mundial con la adopción de medidas proteccionistas y con la implementación de políticas crediticias y de subsidios. Ese crecimiento se mantuvo hasta la apertura comercial de la última dictadura militar y la consecuente entrada de importaciones y, finalmente entre 1976 y 1981, su producto bruto industrial cayó un 63%.

Se invertía así la tendencia, dando inicio a un período de retracción: casi el 60% de las y los trabajadores fueron expulsados en los primeros años. El capital tendió a concentrarse, siendo las empresas pequeñas y medianas las que explicaron en mayor medida la contracción. A lo largo de la década, se mantuvo el decrecimiento, propiciado además por la caída de las exportaciones –resultado del aumento de las barreras arancelarias– y por el crecimiento de las importaciones en términos relativos.

La corta estabilidad que pareció experimentar la industria textil a partir de la instalación de la paridad cambiaria no tardó en desmoronarse por la apertura económica irrestricta, la falta de fomento crediticio y la variación de la demanda interna. Desde 1993, se profundizó la tendencia bajista: el empleo cayó más del 50% y la actividad productiva, un 54%.

Frente a este panorama, el capital apeló a diversos recursos para mantenerse en la rama. Uno de ellos fue la intensificación de la concentración a través de fusiones y alianzas estratégicas; otro se orientó a la etapa de comercialización, que fue vigorizada mediante la proliferación del tipo y la cantidad de puntos de venta –shoppings, outlets, supermercados, venta directa, etc.– y, por último, se puso en marcha la desintegración vertical –en sintonía con las tendencias mundiales– con su consecuente impulso a la tercerización.

La proliferación de marcas dio la pauta del formato que comenzó a imperar en la rama: concentración de las tareas de diseño de producto e imagen de marca, así como de estrategias de comercialización, por un lado; y tercerización de la confección a talleres, por otro. Progresivamente fueron separándose el trabajo intelectual del manual.

Históricamente esta rama se caracterizó por una gran presencia de PyMES, así como de la modalidad denominada “trabajo a domicilio” que ha sido tempranamente regulada a través de la Ley 12.713 a fin de equiparar las condiciones de quienes trabajaban en talleres domésticos con las que se desempeñaban en fábricas. Pese a que dicha ley continúa siendo progresiva en materia de regulación del trabajo, del salario y del compromiso establecido entre quienes forman parte del mismo proceso productivo –aun tratándose de diferentes personas jurídicas– crecientemente el trabajo a domicilio fue de la mano de la ausencia de registro y, por esto, mermaron las condiciones estipuladas.Este fue el modelo que empezó a cobrar protagonismo en una industria que se desmoronaba: el desligamiento de la producción hacia talleres flexibilizó las condiciones de empleo, que comenzaban a pauperizarse mediante el trabajo de migrantes indocumentados. La forma de explotación que ha sido conocida mediáticamente como “trabajo esclavo” data ya de la década del 90, pero cobra auge a partir de la fase de crecimiento que se inició después de la crisis de 2001.

La tendencia decreciente en materia de producción y empleo se sostuvo hasta 2002, año en que se evidenciaron con mayor crudeza los efectos recesivos del modelo de paridad cambiaria instalado en 1991. Por su carácter procíclico, la industria textil fue de las primeras en contraerse por efecto de la crisis, así como de las que inauguraron la tendencia alcista en 2003. Tras este punto de inflexión se mantuvo en línea ascendente hasta 2008, año en que el crecimiento comenzó a desacelerarse.

Entre 2003 y 2008 se reportó un aumento notable del trabajo no registrado –en materia laboral e impositiva– que por su carácter, no figura en las estadísticas. Según datos estimados por el INTI, entre 2003 y 2012 la producción habría aumentado un 50% –a diferencia del 34% estimado por el INDEC–. En este período el empleo registrado creció el 57%, en tanto el no registrado lo hizo un 200%, el trabajo no registrado representa entre el 65 y 70% del total del empleo en la rama, desde 2004 a la actualidad. Estos guarismos dan cuenta de una transformación sustancial en el sector: de la preponderancia del trabajo registrado, al no registrado.

El alto porcentaje de trabajo sin registrar se lleva a cabo en establecimientos que no aparecen en las estadísticas oficiales. Sin embargo, parte de su producción es incorporada a la empresa registrada mediante la tercerización –operatoria que se realiza sin dejar constancia legal, total o parcial, de la ejecución de ese trabajo–.

La generalización de esta fractura en la cadena de valor es resultante de la desintegración vertical industrial que viene operándose desde la crisis de fines de los años 70. Uno de sus efectos es la fragmentación del colectivo de trabajadores, corolario tanto de su separación en el espacio, como de la distancia existente entre el trabajo intelectual y el manual, que redunda en la dilución del lazo solidario entre “marca” y “confección”. Estos han sido los lineamientos generales que siguió la industria de la indumentaria mundial.

En el caso de la Argentina, la deslocalización se operó dentro de los límites del Estado-Nación, pero también a partir de la sobreexplotación de una población vulnerable por su situación económica y por su carencia de registro tanto laboral como, en gran parte de los casos, migratorio. La masividad del trabajo de migrantes procedentes de Bolivia en talleres de confección clandestinos ha trascendido desde el incendio del taller de la calle Luis Viale en 2006, en el que murieron dos costureros y cuatro niños. A partir de entonces, la problemática del trabajo en la industria de la indumentaria ha cobrado relevancia mediática y ha generado la puesta en marcha de algunos mecanismos estatales –incipientes aún– de control y contención de la población que sale de talleres clandestinos clausurados.

Es frecuente que quienes trabajan bajo la modalidad “cama adentro” en estos talleres hayan llegado al país mediante redes de trata de personas con fines de explotación laboral: la forma prevalente se ha definido como “servidumbre por deudas” debido a que en primera instancia se genera un compromiso económico con el trabajador por los gastos de traslado desde el país de origen, y se mantiene producto de la provisión de vivienda y comida. Los mecanismos de coerción que se han reiterado en las denuncias se extienden a la retención de los documentos de identidad, el pago retrasado del sueldo y en pequeñas partes, las amenazas con la puesta en conocimiento a las autoridades de migración, hasta la prohibición de entrar y salir del taller libremente.

La jornada laboral en estos talleres se extiende de las 7 a 22hs, con pausas sólo en las comidas. La alimentación que se les provee es magra y las deficitarias condiciones de seguridad e higiene en que viven y trabajan han implicado accidentes de diversa índole y una frágil condición de salud. La situación en que se encuentran estas personas producto de las extensas jornadas laborales, la imposibilidad de circular libremente y la coerción a la que son sometidos/as por talleristas para impedir que se escapen del taller incrementa su vulnerabilidad y –en la mayoría de los casos– los/as compele a la aceptación de salarios muy bajos y de condiciones laborales extremadamente precarias. Si bien el empleo de trabajadores de Bolivia en talleres de confección clandestinos data de los años noventa, es recién a partir del despunte del sector que la participación de estos talleres creció dentro de la rama.

A partir de 2007-2008 la rama experimentó una desaceleración del crecimiento como efecto de la finalización del último de los acuerdos que intervinieron en la regulación de la cadena desde mediados del siglo XX. Desde entonces se incrementó la cantidad de competidores, así como las estrategias de competencia en la industria textil y de confección a escala planetaria. La participación de los países asiáticos en la rama creció exponencialmente a partir de 2005.

En la Argentina, la presencia de las importaciones chinas creció de un 8% en 2004 a un 44% en 2010 en el rubro indumentaria. Según las estimaciones realizadas por el INTI, desde 2006 los niveles de empleo no registrado en el sector son superiores a los anteriores a la retracción de fines de 2001. En este sentido, los bajos precios de venta chinos han promovido la tendencia a la baja del precio del trabajo –estrategia elegida por vastos sectores del capital para mantenerse en la rama–.De este modo, se constata cómo la desintegración del proceso productivo –en procura de adaptarse a ritmos de producción más veloces y flexibles– ha coadyuvado a incrementar la precarización del trabajo, a través de la revitalización del trabajo a domicilio y el aumento del empleo clandestino. El empleo de migrantes no registrados/as y la atomización de las unidades productivas son factores que se conjugan en la conformación de un colectivo de trabajadores fragmentado y débil cuanto a su capacidad de organización para la mejora de las condiciones que les son impuestas. Promulgada en 1941.
El carácter procíclico refiere a que en etapas de crecimiento económico y debido al aumento del poder adquisitivo, se incrementa el consumo de indumentaria por encima del promedio de mercancías; a la inversa ocurre en períodos de contracción, dado que la vestimenta suele ser de los primeros productos que se dejan de consumir frente a una reducción del ingreso.
Progresivamente se ha operado una traslación del empleo manual desde Europa y Estados Unidos hacia Asia y otros países de industrialización reciente. Esta tendencia ha promovido el desplazamiento desde el ámbito formal al informal, llevando a la baja las remuneraciones y las condiciones de trabajo: mayor cantidad de empleos temporales y a tiempo parcial, así como el incremento del trabajo a domicilio.
Asimismo existen denuncias de violencia física, apropiación de las pertenencias del trabajador por parte del tallerista y abuso sexual.
Durante la temporada alta puede ampliarse hasta la madrugada.
Se han documentado numerosos casos de contagio de enfermedades como tuberculosis.
El Acuerdo de Textiles y Vestimenta concluyó el 31 de diciembre de 2004.
Según el análisis comparativo de precios de importación de indumentaria realizado por la Cámara de Indumentaria de Bebés y Niños (CAIBYN) en 2008, se destaca la gran diferencia existente entre el de los productos provenientes de China –13,40 dólares por kilo– y el precio promedio de todos los orígenes –25,10 dólares–. La industria local produce a un promedio de 24,50 dólares por kilo, ubicándose también muy por encima del precio de venta chino.

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