19 y 20 de diciembre del 2001: Una historia hecha de retazos

Hay acontecimientos que alteran la vida social. Hechos singulares, impredecibles que se inscriben en la historia y a veces, también, en los recuerdos individuales. ¿Dónde estabas cuando cayeron las torres gemelas? ¿Qué hiciste cuando te enteraste de la muerte de Néstor Kirchner? Las evocaciones revelan la existencia de algo en común: de manera distinta, todos nosotros vivimos lo mismo. ¿O es al revés y ya no tiene sentido hablar de «el» 19 y 20 de diciembre?

A 15 años de esos días, preguntamos a los estudiantes por esas experiencias en primera persona. Los relatos que siguen muestran una diversidad de situaciones, en distintas zonas de la ciudad de Buenos Aires y del Conurbano Bonaerense.

En el banco tiran gases y retiran a sus empleados por un camino acordonado. En las periferias de San Martín se escuchan rumores sobre posibles ataques. En el Parque, las mantas se transforman en carpas y las ventas se transforman en trueques. Los televisores del shopping muestran imágenes de saqueos. En la Panamericana los autos circulan en sentido contrario. Los vecinos se juntan, conversan. La General Paz se corta por una protesta. En la colonia de verano se escuchan «ruidos de afuera» y en la Iglesia, un sermón para los vecinos. Por el centro, una joven llama a su papá, le avisa que no fue al laburo, y que se va para la Plaza.La memoria es fundamental tanto en el individuo como en el colectivo social. ¿Qué decir de mi memoria sobre esos hechos: el Blindaje, el Megacanje, el Corralito, el Cacerolazo, la represión, los saqueos, el Estado de Sitio y sobre todo, los 39 asesinatos?

Tenía 45 años. Era empleado en el banco de la Provincia de Buenos Aires y como cualquier día de la semana, el día 20 de diciembre había ido a mi trabajo. Dentro del edificio central, situado en el microcentro, comenzaron a arrojar gases lacrimógenos. El clima en el interior del edificio se hizo irrespirable y con algunos compañeros y compañeras nos dirigimos a las terrazas del edificio.

Cuando finalmente pudimos salir, un cordón armado de fuerzas de seguridad nos obligó a caminar por una vereda en dirección a la Avenida Córdoba, todo bajo insultos y amenazas. Luego de gases, gritos y corridas, llegamos asustados y vimos otro mundo: en una esquina se encontraba gente sentada en la vereda consumiendo café y otras infusiones, sin haberse enterado, en apariencia, que el país ardía.

Era lo más similar a otro planeta que vi. Algunos leyendo el diario, algunas damas charlando despreocupadamente, mientras a cuatro cuadras asesinaban gente.

A la noche, cerca de las 9, volví caminando a mi casa en Colegiales. Estaba cansado, preocupado, asustado y pensativo por el presente y por los años venideros.

Hugo Moscatelli

Cada vez que recuerdo aquel año, pienso que fue el peor de mi vida. En marzo, falleció mi madre por un cáncer. En octubre, en un accidente automovilístico, mi hermano Nicolás. En diciembre, estalló el país.Por esos días trabajaba en el Coto de Punta Chica. De regreso a casa, en el tren y en el colectivo, se hablaba de hechos que desconocía y no lograba comprender. No lograba dimensionar la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Recién al llegar, encendí la televisión y pude tener una idea.Mientras en el centro de la ciudad las clases medias “caceroleaban” y ocupaban las plazas, en las periferias de San Martín, nos aprestábamos a “resistir” los ataques que se preparaban desde barrios de otras/mismas periferias. Ataques que jamás ocurrieron, que sólo fueron rumores. Se escuchaba en los barrios Güemes y Loyola: “los de La Rana y Melo se están preparando para venir a saquearnos”; en Melo que “vienen de Loyola y La Rana”; en La Rana otro tanto. Los rumores nos aprestaron a la “autodefensa”. Fueron tan eficientes que hasta se armaron barricadas custodiadas por vecinos armados. ¿Por qué vecinos de barrios carenciados iban a saquear a otros barrios de la misma condición?

También existían rumores en el Coto Punta Chica. Ahí aludían a los vecinos de “la Uruguay”, un barrio carenciado, distante unas veinte cuadras. Fue bajo el “Estado de Sitio” y ante aquellos rumores, que se cerraron las puertas, dejando entrar a unos pocos clientes, en forma “selectiva”. Llegaron no más de diez personas a quienes se les entregaron bolsas de mercaderías. Esas personas, pocas y hambrientas, eran las protagonistas del temido rumor: “nos vienen a saquear de la Uruguay”.

Rumores, violencia, estigma, hambre y muertes giran en mi mente, cada vez que recuerdo aquel año.

Gustavo Baez

Y pasó que nací un 19 de diciembre.

Mi marido y yo, como calculo que otras parejas de larga convivencia, llevábamos ensayadas distintas estrategias para decidir qué regalarnos en nuestros cumpleaños. Todavía no había oído hablar de Marcel Mauss, pero supongo que haberlo hecho no hubiera modificado el tanteador de aciertos y yerros a la hora de los obsequios. Tal vez desalentados por una seguidilla de elecciones poco felices, decidimos de mutuo y amoroso acuerdo que ese año tocaría algo que podríamos llamar Elige tu propia aventura.Así fue como el 19 de diciembre terminé en un shopping en compañía de la hija de una amiga. Lila cumplía siete años por esos días, por lo que le propuse que viniera conmigo para que también ella eligiera su regalo. 

Sepan ustedes comprender: soy una enamorada madre de una manada masculina, a la que nada le entusiasma menos que ir de compras conmigo. Así que la elección de mi propia aventura sería una “salida de chicas” hecha y derecha. Con té y todo.

Lila quería unas sandalias blancas, lo que no le impedía —como tampoco a mí— encontrar una distracción en una de cada dos vidrieras, ni entrar en un negocio para probarse algo que no pensaba comprar. Caminábamos por los amplios pasillos del Alcorta parándonos en un local para volver sobre nuestros pasos a mirar mejor eso que habíamos descartado unas vidrieras atrás. Cada tanto la música navideña se interrumpía para tentar a los clientes con una superoferta.Pensé que de algo de eso se trataba cuando un grupo de gente se amontonó delante de una casa de electrodomésticos. Estaba equivocada: en diferentes resoluciones y tamaños, los televisores mostraban un sinfín de imágenes de enfrentamientos entre manifestantes y la policía en Plaza de Mayo y en otros lugares del país. Piedrazos de un lado, gases lacrimógenos y balas de goma del otro. Jóvenes arrastrados por la remera sobre el asfalto caliente. La montada que se llevaba puestos a los ciudadanos. Desde hacía días que, además de gente que aporreaba las puertas de los bancos exigiendo sus ahorros al son de las cacerolas, nos mostraban cómo se reclamaba y distribuía comida a través de las rejas de los supermercados. Esto era diferente. Las pantallas anunciaban en blanco sobre rojo el cierre de subtes y negocios por el riesgo de desmadres. Multiplicaban ad infinitum escenas de saqueos en San Miguel y en San Martín, en Quilmes y en la Matanza, en Rosario. Otra realidad había entrado al shopping por las pantallas: la legitimidad del contrato social volaba por los aires. Volvíamos al estado de naturaleza y yo en el medio de un centro comercial y con una hija prestada.Cuando uno tiene miedo, tiene miedo. En el presente de la acción la realidad es una. Plana. Única. Sólo atiné a irme del shopping lo antes posible. Buscamos el auto y salimos a lo que anticipé como una ciudad amotinada. Sin novedad en el frente llegamos a la primera escala de lo que viví como una prueba de supervivencia: dejar a Lila “sana y salva” en su casa. Encaré entonces segunda la fase: volver a mi casa que queda a 40 km al norte por la Panamericana. Sin ningún incidente llegué hasta un poco antes de la ruta 197 a la altura de General Pacheco. Ahí el tránsito denso de las tardes de diciembre se paró y de golpe los autos empezaron a pegar la vuelta en 180 grados. Nunca en veinte años de recorrer a diario esa autopista, que con frecuencia protagoniza cortes por accidentes y piquetes, presencié algo así: una estampida de autos de contramano. No sé qué la causó. Desde donde yo estaba no llegué a ver qué pasaba más adelante. Como si estuviera en un autito chocador del viejo Italpark, giré los 180 grados y hui. Bajé de contramano a la colectora y me alejé de la Panamericana internándome en General Pacheco. Pregunté cómo llegar a Maschwitz por adentro, pero me lo desaconsejaron, “con ese auto —dijeron— la van a asaltar”. Era mayor el miedo de que el peligro no representado me alcanzara por quedarme quieta, así que encaré por las rutas internas que unen General Pacheco con Escobar a través de Benavídez.Y nada más pasó. Por el camino vi casas, terrenos baldíos, algunos negocios abiertos, otros cerrados. Cada tanto, grandes y chicos en la vereda. Polvo y algunos perros. Otros autos. Nada más.

Recién cuando llegué a mi casa, agotada por la elección de mi propia aventura, pude sentir la tranquilidad suficiente como para tratar de entender qué estaba pasando. La realidad había vuelto a ser facetada.

Unas horas más tarde se declararía el estado de sitio y la sociedad argentina elegiría la desobediencia civil.

Gabriela Chiocca

En el Parque Rivadavia comenzaron colocando una manta en el piso donde exhibían las mercancías que supongo tendrían en sus casas. Entre los vendedores pude reconocer una vecina del barrio. Estaba vendiendo vasos de cerveza exquisitamente pintados y con tapa, quizás importados, comprados en un viaje o recibidos como souvenir. Sin embargo, la mayoría de la gente no era del barrio. Armaban y desarmaban su puesto diariamente. Para no perder su lugar, alguno armaba una carpa, se instalaba y se quedaba a dormir. Pasaron los días y la carpa se transformó en una carpa más grande: pusieron una mesa, empezaron a cocinar y trajeron a la familia.Yo trabajaba en un banco donde teníamos pesos, dólares, patacones y lecop. Hasta que llegó “el corralito” y comenzaron a sonar las cacerolas. Los bancos entregaban plata en cuentagotas. Los oficios estaban a la orden del día y desde el juzgado venían con mandamientos para llevarse la plata que habían colocado a plazo fijo. Quienes no podían pagarse un abogado se atrincheraban en la gerencia exigiendo a gritos que les devolvieran sus ahorros, o se acostaban en el piso y juraban que no se irían hasta que sus reclamos no fueran resueltos.El banco quedaba cerca de Lugano, por Mataderos. Un día los negocios cerraron sus puertas. Se decía que desde Liniers venía gente marchando con palos, saqueando todo lo que encontraban a su paso.Otro día llegó el trueque. El parque nunca había sido un simple mercado y con el trueque se sumó la política. Las discusiones ya no eran en lugares cerrados como en unidades básicas o comités. Las discusiones de diciembre se daban en la plaza pública.

Marcelo Pagliaro

En 2001 yo tenía 7 años. En una familia de clase media-baja, muy laburadora, yo vivía mi infancia de manera plena. Tomaba todo como un juego, y hacía hasta del objeto más insignificante, una caja o una silla, un potencial juguete.Recuerdo que por ese entonces, el localcito de ropa de mi viejo de un día para el otro dejó de existir. Hubo que cerrar y empezar de cero. Uno de los más lúcidos fragmentos (sepan disculpar, pero es que el nivel de atención de un niño no es precisamente el mejor), es que el local daba a una calle que no era muy transitada. Ese diciembre algo fue distinto. La gente iba y venía con semblante de preocupación. Para mí era un desconcierto. Pero yo era chico y ése era un “problema de adultos”. Sentadito en la vereda como cualquier tarde, charlaba con mi vecino. A algunos metros, se le acercó a mi papá un periodista de una radio y le pidió su testimonio como vecino de la zona. Por qué, no lo entendí en el momento. Escuché que mi viejo dijo estar preocupado por los “saqueos”. Más tarde me explicaron el significado de la palabra.

Hoy, con mis 21 años, recuerdo la crisis del 2001 como una hecatombe. Lejana a su significado original, en el lunfardo argentino la palabra da la idea de un caos y desconcierto general. El mío en ese entonces. El de los “adultos”. La gran mayoría (como mi viejo) se vio perjudicada, mientras que fueron pocos los que se beneficiaron de la situación. No entiendo mucho de economía, pero creo fervientemente en que “la unión hace la fuerza” (y así se llega a la verdadera Justicia Social).

Germán Haikazounian

No puedo evitar dejar de pensar en los 90. En el descreimiento de la política, el desprestigio del partido peronista, el indulto a los “milicos”, la Ferrari, la champaña, la ficción de la Quilmes a un peso… Tampoco puedo evitar dejar de recordar mi adolescencia y, junto a ella, las letras de rock: “mi mamá va a la plaza con pancartas, con las pancartas que yo mismo le armé, ella protesta porque ya está harta de que le afanen una y otra vez”. O también, “pistolas que se disparan solas, caídos todos desconocidos, bastones que pegan sin razones, la muerte es una cuestión de suerte”. La policía te paraba en la calle, te tiraba al suelo, te sacaba las zapatillas y te bajaba los pantalones entre insultos. Los “palos” estaban a la orden del día.Y después, diciembre del 2001. La primera imagen que se me viene a la cabeza es la de los caballos de la Federal arremetiendo contra las Madres de Plaza de Mayo. Me hervía la sangre en ese momento. Entonces salimos. Salimos a protestar y a gritar. A poner el cuerpo para poner un límite.Me puse mis topper y caminé hacia la avenida General Paz que queda a tres cuadras de la casa de mis viejos, en el barrio de Villa Real. En la calle reinaba el ruido del metal golpeado y de las bocinas sonando. Por mi barrio se veían algunos adultos, pero no muchos. La mayoría seguía en su casa sin salir. En el camino me encontré con compañeros del secundario. También vi algunos vecinos que caminaron hacia el centro con banderas de Argentina. Otros nos quedamos y copamos la intersección de dos avenidas importantes. El rebelde que los jóvenes llevamos dentro se despertó. Pude ver y sentir una verdadera revuelta. La incertidumbre era grande. Parecía el fin de todo y un nuevo comienzo. Se mezclaba el miedo, el llanto por la bronca, con la esperanza de un futuro diferente.Finalmente, en el 2003 el cielo pareció recomponerse. Pero hoy, 15 años más tarde, siento un baldazo de agua fría en la cara.

Fernando Forestiere

Durante gran parte de la escuela primaria fui la segunda de la fila. Tengo veintitrés años. En el 2001 tenía ocho. La mayoría de mis amigas eran más altas que yo, las de la escuela y las de la colonia de verano. El veinte de diciembre de ese año ahí estaba yo: una petisa de ocho años en la colonia. El ejercicio de reunir mis recuerdos de la niñez con una de las jornadas más nefastas de la historia reciente de nuestro país es algo doloroso y difícil. La mayoría de los recuerdos que tengo de esa época los comprendí años después; gracias a mis viejos, a mi curiosidad, a las letras de La Bersuit y a la escuela pública.Mientras pensaba en el disco de Shakira que le iba a pedir a Papá Noel, muchos pibes de mi edad se morían de hambre. Mientras jugaba en la pileta, un presidente declaraba estado de sitio. Estas dos historias, que parecen tan aisladas la una de la otra, confluyen en el momento en el que escuché tiros por primera vez en mi vida. La colonia quedaba en un club bastante grande en Villa Celina, partido de La Matanza. El predio estaba cercado por alambres y en diagonal había un supermercado. Cuando con mis amigos escuchamos el ruido que venía de la calle, nos las ingeniamos para llegar al alambrado e intentar ver qué sucedía afuera. De inmediato, una profesora corrió, se acercó a nosotros y nos sacó del lugar. Éramos un grupo numeroso. En esos breves minutos que logramos escapar de la autoridad para ir a espiar la realidad, debido a mi estatura, no llegué a ver nada. Por eso mis recuerdos de ese día son cacerolas que suenan, bombos que retumban, petardos que estallan y tiros que desgarran a mi pueblo. Odiaba ser petisa.

Rocío González

Estaban terminando las clases en esos días y había invitado a una amiga a jugar a casa. Mi mamá y mi hermana se encontraban con nosotras. Las cosas, por lo que se escuchaba, estaban complicadas. Ese día, de repente, se empezaron a escuchar tiros que venían del supermercado Coto que quedaba a tres cuadras de donde estábamos. No teníamos tele pero la gente sabía que pasaba. Supimos luego que habían ido a saquear varios lugares y la Policía había intervenido. Enseguida nos pusimos a rezar en el pesebre para calmar un poco el miedo.Yo tenía 11 años y vivía en la localidad de Bella Vista, municipio de San Miguel. El domingo de esa semana fuimos a misa en barrio Mitre, uno de los casi 40 asentamientos de San Miguel. La misa la daba un jesuita amigo de mi familia y nosotros solíamos ir ahí porque mi papá trabajaba en el barrio con ellos. En el sermón, el cura le llamó la atención a los presentes diciendo: «muchos de los que están acá se sumaron a los grupos que fueron a saquear. Le robaron a la gente del mismo barrio, a sus propios vecinos».

María Bargo

Para entonces tenía 18 años. Me encontraba sobre ocupada, con dos trabajos gastronómicos sin contrato y excesivamente abusivos. Entre tiempos estudiaba el primer año de Comunicación Social en la UBA. Por aquellos tiempos la carrera ni siquiera tenía sede propia. Compartíamos el edificio caído a pedazos con Ciencias Políticas, en el barrio de Villa Crespo.Todo esto me permitió comprender la realidad de la clase trabajadora de aquellos años de una manera más crítica. Podía entender que mis padres no formaban parte de los «ganadores de los años ‘90» y, aún más, cuestionar los por qué. Pero había algo que me hacía ruido y que no quería terminar por naturalizar: la existencia de un tren que dividía a un nosotros de un otro. Hablo del tren blanco, aquel que depositaba a las familias que habían sido marginalizadas, sin pan, sin techo y sin trabajo.Todos los días cruzaba las vías con ellos en el recorrido de José León Suárez a Ministro Carranza. Yo me dirigía en puntas de pie, apenas agarrada con los dedos, apilada entre tantos que aún conservábamos nuestros empleos de servicios y mal pagos. Para entonces el 21 de diciembre formó parte de mi catarsis personal. La grieta tan famosa en estos días, a nosotros nos era bien conocida en casa y en el barrio.Sin duda alguna, esa tarde me metí en una cabina que encontré camino a Plaza de Mayo, llamé a mi viejo que estaba en casa (desocupado claro), y le dije: viejo, ¡me voy hacer patria! Su respuesta no fue muy amorosa. Pobre, él tenía miedo. Y claro que yo también. Falté al laburo y me mezclé entre tantos otros. No se veía nada y no se podía respirar. Sólo pude correr. Nunca llegué a la plaza. Me caí unas cuantas veces, perdí mis topper y algunos pelos cuando un tipo me cazó de las mechas para levantarme. Quizá me salvó la vida. Me volví, creí que moría y a la vez vivía. Me dio fortaleza, entusiasmo, compartí por primera vez aquello de que hablábamos entre «jóvenes utópicos» y que ahora era parte de todxs: esa sensación de que el pueblo ya no estaría dormido, ¡nunca más!

Romina Rajoy

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