Quince años no es nada

La furia contra la política de siempre con los políticos de siempre alcanzó su punto cúlmine en 2001. “Que se vayan todos” fue un grito desgarrado que dijo mucho y abrió una duda existencial: ¿quién viene? Los cientistas sociales vieron latir en esa fuerza colectiva “anti-política” múltiples sentidos. De creación y límite, de controversia moral, y también el origen de un fantasma que recorrería más de una década. El tiempo pasó y el ciclo no se cerró. Hoy, el uso de lo político contra la política es movilizado por el partido gobernante. El discurso mediático aguijonea y coloca bajo el foco inquisidor a los protagonistas de los escándalos de corrupción. Las ciencias sociales tienen que arriesgar.En los últimos tiempos el 2001 se ha constituido como un significante que excede la representación de un año reciente para adquirir múltiples sentidos. Las ciencias sociales interpretaron las jornadas de ese diciembre en formas variadas: como el punto culminante de una crisis estructural en múltiples dimensiones de la vida social, como la acumulación de luchas de clase que venían gestándose desde comienzos de la década previa, que por esos días adquirieron un carácter de pueblada a nivel nacional (interpretación que se sintetiza en el concepto de “Argentinazo”) o haciendo foco en la novedad y unicidad de los hechos para rescatar la potencia de los sujetos que emergerían como sus protagonistas políticos. La importancia de un sentido ligado a  demandas y consignas anti-política es, sin embargo, transversal a todas ellas y se constituye como elemento central  para comprender esos acontecimientos que, al decir de Pereyra, Vommaro y Pérez incomodan a las ciencias sociales porque “persisten y resisten sin adecuarse del todo a sus maquinarias narrativas”.

Puestos a reflexionar quince años más tarde, ese elemento antipolítica emerge con la fuerza propia de aquello que nos cuestiona desde nuestra actualidad. En tiempos de una fuerte crítica hacia la política y sus representantes, nos preguntamos por el legado del 2001: ¿qué significó la anti-política entonces y qué significa hoy?

 

Que se vayan todos: ayer y hoy

Si en 2001 la anti-política se expresó en alguna de las consignas que circularon entre sus protagonistas, aquella  es, sin dudas, “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, potente aglutinador de sentido. A propósito de otro aniversario, en 2012 se publicó “La Grieta”, coordinado por Sebastián Pereyra, Gabriel Vommaro y Germán Pérez, donde académicos de distintas disciplinas reflexionaron sobre aspectos políticos, económicos, sociales y culturales del 2001, diez años más tarde. Entre el conjunto de textos, variados tanto en sus abordajes teóricos como en sus ejes temáticos, existe cierta coincidencia acerca del sentido adjudicado al discurso anti-política que circuló en las protestas.«La incapacidad de las elites políticas de dar respuesta a los problemas sociales y económicos (el fracaso de la promesa democrática) sumada a la creciente sospecha de corrupción generalizada dio forma a un discurso en contra de todo aquel con pretensiones de representatividad: desde los partidos políticos hasta la justicia, desde la actividad sindical hasta el mundo intelectual».Entre la diversidad de demandas que conjugaba, el “Que se vayan todos” cuestionaba en especial una forma específica de la política: la democracia delegativa, en su dimensión electoral y representativa. La incapacidad de las elites políticas de dar respuesta a los problemas sociales y económicos (de forma más amplia, el fracaso de la promesa democrática) sumada a la creciente sospecha de corrupción generalizada dio forma a un discurso en contra de todo aquel con pretensiones de representatividad: desde los partidos políticos hasta la justicia, desde la actividad sindical hasta el mundo intelectual. Se trató de un veto colectivo a las instituciones de la representación.

El rechazo en bloque a la clase política, dice Sebastián Pereyra, implicó un cuestionamiento a su capacidad pero fundamentalmente a sus cualidades morales. La exacerbación del discurso de la corrupción supone una percepción de la actividad “en términos personales, inorgánicos y, finalmente, no ideológicos”. Los políticos en el centro de la escena, cuestionada su moral, su persona.En el mismo texto, Federico Schuster sostiene que esa crítica llamaba a discutir nuevas formas de organización política, ya fuera una refundación de las formas representativas o incluso su propia disolución. La sensación generalizada de la población era el reemplazo de los partidos políticos y sus dirigentes en bloque. Sin embargo, se pregunta, ¿si se van todos, quién viene? La respuesta que se ensayó por esos días de diciembre fue cercana a la democracia directa.“La sensación generalizada de la población era el reemplazo de los partidos políticos y sus dirigentes en bloque. Sin embargo, si se van todos, ¿quiénes vienen?”.Los cacerolazos y las experiencias asamblearias aparecieron entonces como recuperación de la capacidad de acción de vastos sectores. La vuelta a la calle, a las plazas y a los barrios fue guiada por un anhelo en común: “la gente” decidiendo sin mediadores, la política ejercida sin políticos. La puesta en práctica de una democracia más participativa, horizontal y deliberativa, que está en los orígenes de lo que Svampa llama un “nuevo ethos militante” que caracterizaría a un conjunto de experiencias políticas en los años siguientes: más crítico, construido “desde abajo” y con énfasis en la autonomía.

Las elecciones siguientes y, sobre todo, la menor proporción de voto en blanco que la esperada, afirma Schuster, demostraron que los debates políticos fundacionales, con toda su potencia y valor, no abarcaron a toda la sociedad y que, progresivamente, ésta fue aspirando a una salida más tradicional. La salida no representacional del nuevo orden nunca estuvo del todo clara y en ese sentido “fue más una potente interrogación que una definida propuesta”.

Tanto Alejandro Grimson como Gabriel Vommaro introducen la idea del 2001 como un “fantasma”. Grimson entiende que se constituye como un fantasma político por su capacidad de regular las prácticas, las expectativas y los deseos. El 2001 opera en sentidos ambivalentes: por un lado coacciona a preservar lo logrado (el miedo a la desocupación, el hambre funcionan como herramienta de moderación) y por el otro, como experiencia de protesta y movilización, disciplina a las elites económicas. El ya conocido relato kirchnerista se fundó sobre el 2001 como crisis estructural y en oposición a todo lo que ella representaba y, en cierto modo, aquella idea del fantasma como horizonte no deseable parecía haberse instalado como parte del sentido común de la política argentina.«Un ciclo que gran parte de las ciencias sociales concebía como relativamente superado parece entonces abierto, incierto, en proceso, al igual que es incierto si algún día habrá de  cerrarse. En ese sentido la anti-política se nos presenta más que como un evento del pasado, como un riesgo permanente».Si Grimson se detiene en la capacidad reguladora del 2001, Vommaro insiste en su dimensión positiva, creadora. Como si escribiera hoy, en 2012 advertía que el 2001 “como amenaza de disgregación y de fractura del lazo representativo, y también sus sentidos políticos contrapuestos (el rechazo de la política, la toma de lo político contra la política) forman parte del horizonte práctico de la política argentina durante los años que siguieron”. Kirchnerismo y macrismo se desprenden por igual de esa grieta que es el 2001: dice Horacio González en la entrevista de este número, un tejido que se desgarra y del cual surgen ambas experiencias, relevándose una a la otra. Del discurso híper politizado a la negación de la política.Un ciclo que gran parte de las ciencias sociales concebía como relativamente superado parece entonces abierto, incierto, en proceso, al igual que es incierto si algún día habrá de  cerrarse. En ese sentido la anti-política se nos presenta más que como un evento del pasado, como un riesgo permanente.

 

Anti-política gobernante

En los últimos tiempos, el discurso contra la política parece haber vuelto a instalarse entre ese sujeto difuso, imposible (al cual sin embargo apelan los discursos hegemónicos) que es la gente. Una vez más: la toma de lo político contra la política. Sin embargo, la especificidad de ese discurso en la actualidad está dada por el hecho, novedoso al menos para la Argentina, de ser movilizado por un partido político. Una nueva derecha que, en otro hecho novedoso para el país, llega al gobierno ganando elecciones.Tanto en 2001 como en 2016, la anti-política surge con una fuerte capacidad creativa. Sin embargo, si quince años atrás esa respuesta adquirió un carácter disruptivo, cuestionando la legitimidad del sistema político, ¿qué implica que un partido de ese mismo sistema haya sabido interpretar el reclamo y encauzarlo institucionalmente?

La alianza PRO-Cambiemos se caracteriza por hacer política a través de su negación. Sin embargo, las ciencias sociales nos advierten, no existen posiciones a-políticas. En todo caso, se trata de comprender qué nociones de la ella se ponen en juego, qué cosmovisiones están implícitas en ese discurso, qué representaciones produce al presentarse como ajeno a la política, asociando política-populismo-ideología (ideologismo?)-corrupción.  Dice un spot de campaña:“Tanto en 2001 como en 2016, la anti-política surge con una fuerte capacidad creativa. Sin embargo, si quince años atrás esa respuesta adquirió un carácter disruptivo, cuestionando la legitimidad del sistema político, ¿qué implica que un partido de ese mismo sistema haya sabido interpretar el reclamo y encauzarlo institucionalmente?”.«Para conocer a una persona es tan importante lo que hace, como lo que no está dispuesta a hacer. Por eso quiero contarte lo que no voy a hacer. No voy a buscarme enemigos ni peleas sin sentido. No voy a hablar, hablar, y no escuchar. No voy a querer perpetuarme en el poder. No voy a perseguir a quien piense distinto. No voy a mentir ni con el INDEC, ni con la inflación, ni con nada. No voy a sacarle la ayuda a nadie. No voy a cambiar las cosas que sí se hicieron bien. Y lo más importante es que no te voy a dejar solo a vos ni a ninguno de los argentinos, porque la única manera de hacer el país que queremos, es todos juntos».

Ante todo, unidad. Lo confirma una de las tres consignas del discurso presidencial: unir a los argentinos. La dirección a tomar no es clara, pero algo es seguro: llegaremos juntos, sin confrontar. La alteridad, el conflicto, las asimetrías de poder serán superados en ese abstracto país que queremos. Los proyectos colectivos aparecen reemplazados por cualidades morales como la transparencia, la escucha y el diálogo, que se presentan como garantías en sí mismas de una mejor calidad de vida y acabarán con esa etapa de intolerancia y autoritarismo. Nota aparte merecería el uso del término ayuda para referir a derechos.

“Yo no soy mago, voy a armar para el país el mejor equipo en cincuenta años” decía en campaña el entonces candidato Mauricio Macri. Técnicos que se presentan sin historia, más allá de disputas ideológicas. Portadores de saberes especializados que vienen a gestionar lo social como si se tratara de ecuaciones matemáticas, pura administración racional, y no de políticas que favorecen a unos u otros sectores sociales.

 

A modo de cierre: arriesgar

La corrupción vuelve a emerger como elemento central de ese discurso anti-política. Déjàvu: en el centro de la escena (y en el horario central de los principales medios) el protagonista de turno de un nuevo escándalo de corrupción. Cientos de horas emitidas y de palabras escritas alrededor de su moral y su persona. Olvidados los proyectos colectivos, las políticas de Estado.«Conscientes de los riesgos del ejercicio de la política desde un discurso que la niegue, nos preguntamos si problematizar la corrupción cancela la discusión». Conscientes de los riesgos del ejercicio de la política desde un discurso que la niegue, nos preguntamos si problematizar la corrupción cancela la discusión. Creemos que se trata de un debate urgente para el conjunto de la sociedad y, sin embargo, es igualmente necesario plantearlo en los términos que amerita.Las ciencias sociales no pueden evitar el tema ni mucho menos ceder esa discusión a la banalización con la cual la tratan los medios de comunicación hegemónicos, que persiguen intereses ajenos al conjunto de la sociedad. La cuestión de los medios de comunicación requiere como horizonte de la intervención de las ciencias sociales al igual que de toda la sociedad civil. Probablemente los próximos años traigan cientos de páginas sobre el tema. Cabrá entre otras cosas cuestionar su capacidad de construir agenda pública, de jerarquizar distintos delitos (por ejemplo, entre el robo tradicional y el de guante blanco), de visibilizarlos de acuerdo con parámetros propios.

Sin embargo, plantear el problema de la moral en política no va necesariamente en detrimento de la actividad toda, siempre y cuando se lo pueda plantear por fuera o a pesar del amarillismo y los titulares superficiales. Implica comprender más profundamente sus raíces y sus vínculos con el sistema político en sí mismo. Por nuestra parte, creemos que las ciencias sociales pueden (¿deben?) intervenir en ese debate público. No se trata de desechar la noción de moral, sino de ampliarla, para incluir en ella conceptos como el de igualdad y justicia.

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