La invocación eterna

Una relación complicada: ciencias sociales y clases medias. Entre el estigma y el orgullo, desde sus orígenes la sociología ha intentado comprender ese estrato que escapa a los esquemas interpretativos clásicos. Para los intelectuales, al igual que para los políticos, se trata de un sujeto escurridizo: algunas veces como objeto de expectativas en términos de progreso nacional, otras como enemigo del pueblo, desprovisto de toda conciencia nacional. El texto repasa los avatares históricos de una clase media que se había consolidado hasta parecer invencible y que en las últimas décadas mostró una fragilidad que bifurcó su destino: “ganadores” de un lado, “perdedores” del otro.Quizá uno de los dichos más reproducidos al sintetizar de modo algo simplón la genealogía nacional es: “Los argentinos descendemos de los barcos”. Pero ¿qué se esconde detrás del sentido común acerca de nuestro supuesto origen europeo? Se insinúa en ella, tímida, la clase media.

Es que “la Argentina es un país de clase media”, añade a coro otra frase bien popular. Desde los orígenes de la sociología nacional, el estudio y definición de este sector “residual” para la sociología clásica (ni obrera, ni burguesa) aunque medular de nuestro país fue una de las obsesiones de su padre fundador. Gino Germani resaltó su origen inmigratorio con narrativa meritocrática: los esfuerzos permanentes de los recién llegados derivaron poco a poco en una movilidad social ascendente a través del comercio, del consumo cultural y de la educación, esta última como capital posibilitador del progreso individual. Pero la serena imparcialidad del estudioso se enredó con entusiasmos propios. Germani dotó a la clase media de una monumental responsabilidad. La invocó como la fuerza progresista que empujaría a la Argentina a la modernización y a la democracia, rompiendo con las rémoras que lo impedían: el autoritarismo peronista.Otro pueblo

Desde la historiografía hay quienes afirman que resulta difícil hablar de clase media antes de la irrupción del peronismo. Hasta la década del 40, el uso que las personas hacían de la noción “clase media” para identificarse y reconocerse en la vida cotidiana no aludía a un estrato bien diferenciado de otros, sino que designaba a un grupo que se consideraba esencial al pueblo, y como tal idéntico a la nación. Una nación europea, civilizada, urbana y en franco progreso. Sutura epistemológica: ciencia y sentido común parecían estar en sintonía.

“Perón convocó a los obreros a sentirse la encarnación misma del pueblo argentino y a igualar a la nación con su figura. El corolario, como reacción y espanto de quienes no respondieron a su llamado, fue el fortalecimiento de una identidad de clase media, ahora sí clara y distinta”El 17 de octubre de 1945 fue un punto de inflexión o por lo menos la impensada escenografía que le abrió paso. ¿Era ese el pueblo? ¿Eran aquellas multitudes de rostros atezados, brazos membrudos y torsos fornidos que caminaban las calles y mojaban, irreverentes, sus pies en la fuente de Plaza de Mayo? El pueblo ya no podía ser Uno. Mucho menos luego de que aquellos desconocidos sublevados ocuparan el espacio de expresión simbólica del poder y de la historia: allí, reunidas, la Catedral, la casa de Gobierno, el Cabildo. Eran los semblantes de una Argentina que no era descendida de los barcos, tampoco urbana y muchos menos “civilizada”.

Domingo Perón, liberado de la Isla Martín García y una vez líder del gobierno, en 1946, convocó a los obreros a sentirse la encarnación misma del pueblo argentino y a igualar a la nación con su figura. El corolario, como reacción y espanto de quienes no respondieron a su llamado, fue el fortalecimiento de una identidad de clase media, ahora sí clara y distinta (¿un auto-descubrimiento?). Era blanca y antiperonista. Era ella quien encarnaba, en realidad y por derecho, a la Argentina toda y su camino hacia el progreso y la democracia. Al menos, era su mejor parte, la que ostentaba su carácter “decente” y lo suficientemente culta como para no ser llevada de las narices por los “politiqueros inescrupulosos”. Conservadores, algunos radicales, el antiperonismo liberal y amplios sectores de la Iglesia y de los medios de comunicación comenzaron a entrever las oportunidades políticas que ofrecía una identidad de clase media.

Perón fue reelecto en 1952, y lo respaldaron muchas más personas del estrato medio (en franca expansión) de lo que suele suponerse. Es que, dice el historiador Ezequiel Adamovsky, en términos económicos y laborales buena parte de ellos se vio favorecida con el peronismo. Sin embargo, trágica paradoja, su derrocamiento llegó en 1955. Las marchas de septiembre llenaron la Plaza de Mayo para celebrar el golpe. Muchos de los manifestantes desconocían que sus hijos, e incluso algunos de ellos mismos, terminarían apoyando el regreso de Perón 17 años después.Aquellos tiempos caóticos y una nación fragmentada dieron luz al contrarrelato de un núcleo de intelectuales denominados “nacionalistas”. Su expresión más dura fue la de Arturo Jauretche –con un estilo ensayístico, alejado de las pretensiones científicas de Germani– quien atacó el pretendido lazo entre la clase media (o al menos de una parte de ella) y la patria. El “medio pelo” era, en realidad, enemigo de los trabajadores y así del pueblo. Un tilingo defensor de intereses privados, calco defectuoso del copetudo de Barrio Norte, sin conciencia nacional, encima aliado de la oligarquía y los intereses foráneos, en otras palabras, un cipayo.“Estar parado entre “perdedores” o “ganadores” obedeció cada vez más a las posibilidades del consumo cotidiano. Como elemento medular de la identidad social argentina, el posible “fin de la clase media” parecía ser el fantasma de la destrucción de un estrato y del proyecto de país que encarnaba desde su origen”.En el curso de los años 1960 y 1970 la difusión del marxismo en las ciencias sociales en el país, junto a un proceso de radicalización política, postergó por un tiempo el estudio de esos sectores. Aunque su orientación política no dejó de ser nunca un foco de interés. Algunos estudiosos le atribuyeron (una vez más) un apego o inclinación por los valores de las clases dominantes.

 

El sendero se bifurca

A partir de 1990 la clase media fue objeto de un renovado interés para los intelectuales. Producto de políticas neoliberales, aunque muchos de sus pasos previos se gestaron durante la última dictadura militar, la nueva cartografía social reveló una creciente polarización entre, afirma Maristella Svampa, “ganadores” y “perdedores”. Los primeros, convertibilidad e importaciones mediantes, obtuvieron posibilidades de acceso al consumo, viajes a Miami, microondas baratos. Algunos migraron a los barrios cerrados o countries en formación ubicados en las afueras de la ciudad. Al mismo tiempo crecía el desempleo y la precariedad laboral. Alberto Minujin y Gabriel Kessler sorprendieron a las ciencias sociales revelando algo que parecía imposible: el empobrecimiento de una parte de la clase media argentina que, en su versión casi mítica, parecía invencible. Encontraron el comienzo una pobreza sufrida puertas adentro. Personas vencidas entendían que aquello que les pasaba era producto sólo de sus malas decisiones, o de un esfuerzo que parecía no haber sido suficiente. La noción “nueva pobreza” aglutinó a los “perdedores”. A todo aquél que había tenido acceso a la vivienda, educación y vacaciones pagadas y que pasó tener un estándar de vida cada vez más cercano al pobre estructural.

Estar parado en uno u otro lado del sendero obedeció cada vez más a las posibilidades del consumo cotidiano. Ése fue el asiento de su popularidad en tiempos normales pero también de su extrema fragilidad en períodos de empobrecimiento. Como elemento medular de la identidad social argentina, el posible “fin de la clase media” parecía ser el fantasma de la destrucción de un estrato y del proyecto de país que encarnaba desde su origen.

 

Estamos todos. Que se vayan todos

El 19 de diciembre de 2001 los cuerpos y sus broncas acumuladas atravesaron el tabique que separa la casa de la ciudad hostil. Caminaron las calles. Se estrecharon con desconocidos. Desafiaron a quienes los querían adentro, en su sitio, aunque algo llevaban de él, la cacerola. Fue una marea de piqueteros, maestros empobrecidos, saqueos, camiones hidrantes, algún visitante de Miami, cartoneros y gases lacrimógenos. ¿Los “perdedores” junto con los “ganadores”, y sus ahorros confiscados, en Plaza de Mayo? Su aparición en la escena pública desató un intenso debate entre intelectuales. Se pensaba en voz alta, en tiempos de fervor y calor pegajoso.“El 19 de diciembre de 2001 los cuerpos y sus broncas acumuladas atravesaron el tabique que separa a la casa de la ciudad hostil. ¿Los “perdedores” junto con los “ganadores”, y sus ahorros confiscados, en Plaza de Mayo? Su aparición en la escena pública desató un intenso debate entre intelectuales. Se pensaba en voz alta, en tiempos de fervor y calor pegajoso”.Nicolás Casullo y Alejandro Kaufman lamentaron no poder ser más entusiastas ante lo que veían como la unión con plasticola de retazos, entre piquetes y cacerolas. Unión de los siempre oprimidos y los circunstanciales damnificados, para quienes lo que pareció sólido durante un tiempo se desvaneció rápido en el aire. Votantes reincidentes y “cómplices” del neoliberalismo menemista cuyo desencanto final se expresó en el repiqueteo extático sobre las cacerolas y las empalizadas metálicas que protegían a los bancos huecos. No había rastros del idealizado sujeto emancipatorio. Eduardo Grüner preguntó si esas sentencias presurosas eran oportunas. ¿No se estaban metiendo los dedos en el enchufe?

El “que se vayan todos, que no quede ni uno solo” parecía la enunciación colectiva de una refundación pero fue más una catarsis con forma de no. En las asambleas barriales se decía “no” a los liderazgos políticos. Se decía “no” a los intelectuales, a militantes reconvertidos en contempladores estratosféricos que decidieron bajar un rato. Quienes callaron durante los noventa ahora callaban a cualquiera que se arrimara con un pasado. La mirada se volvió sobre sí mismos.Kaufman recogió el guante, pero para dar un golpe en las propias entrañas: la clase media fueron (y son) también los intelectuales progresistas y de izquierda. Algunos de los cuales durante décadas no reconocieron que el peronismo fue la condición práctica de la “experiencia real de la justicia social”. La vigencia del término “gorila” (sin fecha de vencimiento aparente) expresa la incapacidad de saldar la historia y de reconocer al otro como parte de la nación.

Horacio González, que caminó el diecinueve a Plaza de Mayo con su mejor cacerola, vio historia. Y vio multitud. El grito “Argentina, Argentina” y las banderas celestes y blancas, eran los ribetes de una multitud con rostro de pueblo. González reprochó la mirada estigmatizadora sobre la clase media. Es que no se puede más que desconfiar del cacerolazo si se cede ante el rol impulsivo del sociólogo que inscribe a los caceroleros en su clase social y su barrio, y punto. Era lo contrario a la idea de esa efervescencia creadora de la vida en común que pensó Durkheim. Con prudencia y entusiasmo, propuso dejar que el pensamiento vague entre los signos que producen historia.

Más allá de las diferencias, todos entrevieron en los protagonistas la experiencia de una subjetividad distinta: la posibilidad de reconocerse en ese nosotros que embriaga, cuerpo a cuerpo, en momentos excepcionales y que suspende aunque sea por un momento la rutina del orden. Las coordenadas futuras se desconocían. ¿El pueblo en Plaza de Mayo volvía a ser Uno?

 

Finalizar y comenzar

“Sabemos que estamos ante el final de un época”, pronunció Nestor Kirchner en su discurso inaugural en la Asamblea Legislativa el 25 de mayo de 2003. Antes que él cinco presidentes habían entrado y salido rápido. A la caótica situación se sumaba una debilidad particular: fue elegido con poco más del veinte por ciento de los votos. Como una de esas bromas agridulces que punzan los momentos más incómodos, se dijo que había asumido con más desocupados que votos. Menem se había retirado del ballotage para evitarle la necesaria adhesión del pueblo.

Kirchner, con verba peronista y propuesta transversal, enunció como objetivo la ansiada alianza de clases entre empresariado nacional, trabajadores y clase media, siempre con un “claro sentido nacional”. Para ello, buscó en la historia una identidad que parecía perdida. Había que sacar del freezer a los patriotas fundadores, a nuestros abuelos inmigrantes y su legado. La clase media era invocada nuevamente junto a su narrativa familiar de movilidades ascendentes. Era ella, dijo el presidente, uno de los motores de una Argentina que debía renacer y reencontrar su destino de progreso, donde los hijos aspiraran a vivir mejor que sus padres con esfuerzo y trabajo.

Cuando el flamante presidente salió al balcón, la mitad del público espontáneo ya se había retirado de la Plaza de Mayo. Aquélla icónica y magnética. Lugar del duelo y la fiesta. Al otro día, piqueteros volverían a ocupar Puente Pueyrredón, como todos los 26 de cada mes, para a expresar un reclamo de justicia por los asesinatos de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. Algunas agrupaciones marcharían en protesta por el desalojo de la fábrica Brukman. No había cheque en blanco. Sin embargo, cada asunción presidencial regenera siempre un hálito de esperanza, y aquél momento no fue la excepción.Otra clase media

El año 2010 cerró la década con un informe del Banco Mundial y la noticia de que la clase media argentina se había duplicado en el período 2003-2009, pasando de nueve a dieciocho millones de ciudadanos. La situación se explicó por las mejoras de la actividad económica, la generación de empleo y la implantación de políticas redistributivas. La entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner dio a conocer los datos con un declarado orgullo al sentirse parte de ese “formidable” sector medio argentino, “pujante” y “emprendedor”.“El cacerolazo como gramática de protesta no desapareció de la arena pública. Los cálculos utilitarios se colaron con voluntades morales. Y es por eso que la tentación a delinear una lectura que ubique una sucesión de equivalentes “teflón/clase media/pataleo cipayo” muestra obvios límites analíticos”.No se trató sólo de otra clase media en términos cuantitativos, construidos a partir de variables de tipo de ingresos y ocupacionales (y es esto lo que complica siempre más la escena). Una investigación de Flacso-Ibarómetro indagó las “orientaciones ideológicas” de los argentinos. Encontró que la mayoría expresa preferencia por la intervención del Estado en la economía antes que el laissez faire, laissez passer; elige las alianzas con los países vecinos antes que con las potencias del primer mundo, y cree en la búsqueda de la igualdad más que en la libertad. Si aventuramos un tanteo contrafáctico, podemos suponer que las respuestas hubieran sido diferentes en otras épocas, por ejemplo en los 90. Y esto dice algo más: las principales orientaciones políticas de la década kirchnerista delinean un núcleo básico de ideas compartido por un porcentaje mayoritario de la población. Ideas que, resulta curioso, se encuentran aún más afianzadas en el estrato medio.

El cacerolazo como gramática de protesta no desapareció de la arena pública. En noviembre de 2012, y más tarde también en 2013, su repiqueteo entreverado con banderas argentinas fue en el Obelisco. Se protestó por la independencia del poder judicial. Algunas pancartas gritaban “libertad, libertad, libertad”, sobre todo para comprar dólares. También contra la corrupción, la inseguridad, y el “patoterismo” kirchnerista. Algo de intraducible latía en esa maraña de exigencias. Algo de defensa de privilegios de clase y una convivencia vaga con el llamado a una universalidad nacional. Los cálculos utilitarios se colaron con voluntades morales. Y es por eso que la tentación a delinear una lectura que ubique una sucesión de equivalentes “teflón/clase media/pataleo cipayo” muestra obvios límites analíticos.

Al menos una parte de la clase trabajadora buscó un encuentro. Meses después de lo ocurrido en el Obelisco, la CTA opositora al gobierno kirchnerista, encabezada por Pablo Micheli, invitó a esa clase media movilizada a sumarse a su protesta en ciernes. Se invitó a las familias con la promesa de una protesta pacífica. Sin embargo, los resultados no colmaron las expectativas. Los sectores medios aparecieron poco porque la tonalidad era aún demasiado peronista. Al menos, ésa fue la explicación de Micheli al responsabilizar a la CGT, a su abuso del “peronómetro” y de ese “folclore” tan particular. Encima, ante un sector que no abandonó nunca su “prejuicio” contra el sindicalismo.

La clase media es escurridiza para los intelectuales, para los dirigentes, para los políticos. Es peronista, católica, antiperonista, radical, consumista, laica y antipolítica. Un crisol esotérico. Y un “hecho maldito” del peronismo. Heredera involuntaria de un deber nacional. Invocada y parca. Por esos años, la retórica indulgente de Cristina Fernández se combinó con expresiones enconadas y reeditó ¿viejas? interpretaciones: la clase media era volátil, tan “universitaria”, tan “separada” de los “laburantes” y los “morochos”. Expresión de una de las “grandes frustraciones argentinas”, reprochó.

 

Hoy

Se dice que la crisis de 2001 dio a luz al kirchnerismo, y junto a él, sigiloso, al macrismo. Las elecciones de noviembre 2015 colocaron finalmente a Mauricio Macri como ganador en un apretado ballotage. Dos meses antes sostuvo en un acto que la Argentina había perdido su esencia y debía volver a ser un país de clase media. Su gobierno encararía esa tarea pendiente.

El primer semestre de 2016 presentó en su agenda dos eventos importantes. El festejo del 25 de mayo amaneció con un acto escolar en una Plaza de Mayo gélida y vallada. Cerca, el Cabildo era rodeado por policías. Aquella Plaza dadora de la legitimidad ansiada por todo político era desairada. El republicanismo gobernante se ufana de no necesitar de los actos masivos (rémora populista) sospechosa de los motivos que llevan a las personas a asistir a un acto, y que suele ver reducidos a dones y contra-dones que involucran choripanes, vinos y planes. Sus multitudes ponderadas, en cambio, parecen ser las virtuales, acumuladas y movilizadas en su aposento creador: las redes sociales. En el 9 de julio se conmemoraron los 200 años de nuestra independencia con festejos igual de escuetos pero con un spot que se propagó en los canales televisivos. Acá, sólo un fragmento:

“Hace 200 años que nos declaramos independientes. Eso quiere decir que tomamos la decisión de depender de nosotros mismos. Eso es muy bueno. Porque si dependemos de nosotros mismos podemos lograrlo. Porque tenemos todo. Tenemos ideas. Lo que no existe lo inventamos. Tenemos la inteligencia para a cualquier problema, encontrarle la solución. Tenemos las ganas de un pueblo joven”.

De historia, nada. Grado cero. Retórica pragmática de raíz meritocrática. Cambiemos entregó al pueblo joven la liberadora pastillita roja para despertar de la matrix kirchnerista (y la doró con el ansiado segundo semestre). Aquella fantasía colectiva donde, como dijo el presidente, se regalaba energía. O, como dijo González Fraga, con franqueza simpatizante, donde el empleado medio, con su sueldo medio, creyó que podía comprar sin mucho esfuerzo un celular. Somos independientes. La suerte entre caer del lado “perdedor” o “ganador” depende de cada uno de nosotros. Un “nosotros” que parece el eco de un constructo hueco, mero amontonamiento de voluntades individuales. Late ideología, desborda. A pesar del martilleo discursivo que despoja al “relato” de su valor en la memoria y en la experiencia humana.

Hace pocos meses, en junio, las dos CTA se movilizaron en contra del veto del presidente a la ley antidespidos. Pudo verse entre la marea de cuerpos, banderas, bombos y cantos peronistas un cartel con un llamado imperativo (enésima invocación): “¡¡¡Despierten, clase media!!!”.

Estas líneas se escriben en una noche lluviosa que no intimidó a miles de ciudadanos en todo el país que salieron con sus cacerolas a la esquina más cercana con una demanda bien concreta: parar el tarifazo en el gas y otros servicios públicos esenciales. Justo en uno de los inviernos más fríos desde hace años. Algunos incómodos con la cacerola “clasemediera”, ahora ubicados en la vereda opositora, prefieren llamarle “ruidazo”. Los intelectuales aguzan los sentidos. Las coordenadas futuras, una vez más, se desconocen.

 

Bibliografía:

Adamovsky, Ezequiel (2009) Historia de la clase media argentina. Apogeo y decadencia de una ilusión, 1919-2013, Planeta, Buenos Aires.

Germani, Gino (2010) La sociedad en cuestión, CLACSO, Buenos Aires.

Minujin, Alberto y Kessler, Gabriel (1994) La nueva pobreza en Argentina, Planeta, Buenos Aires.

Svampa, Maristella (2008) Los que ganaron. La vida en los countries y barrios privados, Biblos, Buenos Aires.

Visacovsky Sergio y Garguin, Enrique (2009) Moralidades, economías e identidades de clase media. Estudios históricos y etnográficos, Antropofagia, Buenos Aires.

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