La clase obrera y sus contingencias: ¿ser o no ser antagónico?

Un marxismo simplificado asumía que el capitalismo terminaría por distribuir a la población en sólo dos clases antagónicas: burguesía y proletariado. Esta última, inevitablemente destinada a encabezar la Revolución. Si el fordismo cuestionó este postulado con la integración de los trabajadores a la sociedad de bienestar, la sociedad post salarial terminó por destruirlo: más que polarización, asistimos al estallido de la clase obrera, sostenido en la desarticulación del trabajo asalariado clásico.

¿Qué sucede entonces con la clase obrera? ¿Aquella fragmentación implica necesariamente una pérdida de su potencial antagonista? Un texto que nos recuerda que la historia no entiende de mecanicismos ni automatismos.Una buena parte de la sociología actual coincide en que la sociedad está compuesta por una estructura que contiene dentro de sí una determinada cantidad de actores; y que los actores (por ejemplo, usted o yo) así como la estructura, están en mayor o menor medida sujetos al cambio. Ahora, también es posible cambiar sin por ello perder la esencia (finalidad, propósito, o sea lo que sea que entendamos por ello). Ello es lo que nos trae aquí.

La polarización entre un núcleo privilegiado de trabajadores y una periferia marginalizada ha contribuido a construir una imagen: la clase obrera ha desaparecido como fuerza antagónica. La discusión es de larga data y sus términos, en general, son concluyentes: aburguesamiento o revolución, integración o resistencia.

«Richard Hyman esquematiza las posturas al interior de la sociología del sindicalismo de acuerdo con el potencial revolucionario que le otorgan a las clases obreras: pesimistas de un lado, optimistas del otro»
Richard Hyman esquematiza las posturas al interior de la sociología del sindicalismo de acuerdo con el potencial revolucionario que le otorgan a las clases obreras: pesimistas de un lado, optimistas del otro. La única posición entre estas últimas es la de Marx y Engels, quienes consideran al sindicalismo como constructor de una cohesión social/colectiva entre sus miembros, creando una mutua solidaridad no-competitiva entre los trabajadores; y no como agente negociador de salarios. Sin embargo, el propio Hyman expresa que ya por entonces “los sindicatos existentes no representaban a toda la clase obrera sino a ‘una minoría aristocrática de ‘obreros privilegiados’, capaz de obtener concesiones materiales que en principio eran inalcanzables por los obreros en general” (1971: 20-21) cuando relata cómo la cúpula sindical británica de la segunda mitad del siglo XIX devino aburguesada, aristocrática y corrupta. Pero Marx y Engels no pierden la convicción en su potencial antagonista, y consideran su “falta de poder revolucionario” sólo un estado pasajero: la posición privilegiada de los obreros ingleses se iría debilitando a medida que la economía inglesa se enfrentara a una mayor competencia internacional.En el triunvirato de posturas pesimistas de Hyman, por el contrario, el sindicato aparece enmarcado dentro del capitalismo. De acuerdo con Michels y su “postura oligárquica”, el sindicalismo es tan propenso como otras organizaciones a una “regla férrea de la oligarquía” y, por lo tanto, es naturalmente proclive a ser manejado por una oligarquía autoritaria. Así, la clase obrera como fuerza antagónica (según Michels, el principio original del sindicalismo) desaparece en la medida que sus líderes “se hacen inamovibles”, dirigida por un núcleo o cúpula sindical cada vez más autoritario, conservador y oligárquico. Todo esto implica un alejamiento de la clase social de origen, un aburguesamiento similar al que describen Marx y Engels a propósito de los obreros ingleses. Para Michels, si el sindicato pretende sobrevivir, no puede perder el favor ni de los capitalistas ni del Estado.

Dos autores protagónicos de las izquierdas del siglo XX, como lo fueron León Trotsky y Antonio Gramsci, tuvieron sus propias ideas sobre el que consideraron debe ser el destino de las clases obreras y su capacidad antagónica. El teórico ruso consideró que para no perder su carácter revolucionario, el movimiento obrero debía tener a la vanguardia al Partido Comunista. De hecho, según Trotsky, la experiencia de la posguerra demostraba que a los sindicatos “les son más queridas las relaciones pacíficas con la burguesía que la unidad del proletariado” y llamaba a que “la unificación de la clase obrera sólo es posible mediante la lucha contra los colaboracionistas de clase (coalicionistas), que se encuentran no sólo en los partidos políticos sino también en los sindicatos” (1929: 3-4).

Si para Trotsky la respuesta a la falta de combatividad del movimiento obrero es el empoderamiento del Partido Comunista, para Gramsci aquello sería más de lo mismo. Es así, dirá, porque el Partido Comunista no difiere de los sindicatos en tanto creaciones de la sociedad burguesa (y como tales, enmarcadas y no-conflictivas con ella). Gramsci coincide en que la organización proletaria atraviesa una crisis debido a que “la máquina oprime al hombre, la burocracia esteriliza su espíritu creador y (…) Los obreros se irritan por estas condiciones de hecho, pero son individualmente impotentes frente a las leyes férreas inherentes a la estructura funcional del aparato sindical.” (año: 1). Es por ello que en su trabajo sobre el llamado Bienio Rojo sostiene que sería necesaria la acción de los consejos de fábrica (compuestos internamente por equipos y delegados) como nuevo Estado Proletario para devolverle la fuerza revolucionaria a la clase obrera, siendo el consejo el generador de la definitiva cohesión y unidad de las masas. En todo caso, lo que los sindicatos deben hacer es procurar que se generen las condiciones mínimas para que ni bien el consejo de fábrica esté en condiciones de tomar el control de la sociedad, pueda hacerlo.

«La sociedad keynesiana del “welfare” o bienestar se caracterizó por ser una sociedad de productividad y consumo masivos. El capitalismo fordista fue exitoso en imponer un determinado estilo de vida como forma de control sobre el grueso de la sociedad, sin resignar la distancia de clases -que redundó en un “apaciguamiento” de las clases obreras»
Con la crisis de Wall Street de 1929/30 se comienza a evidenciar que el capitalismo funciona únicamente gracias y mediante a sus constantes crisis y vulnerabilidad de clases: ellas son parte de la acumulación capitalista. La respuesta frente a ello de momento fue una mayor incidencia del Estado en la economía. Y, al perfilarse la “revolución keynesiana” de un Estado más interventor, fue necesario reemplazar a los sindicatos (en aquel entonces muy poderosos, legítimos y populares aún en EEUU) como líderes de la clase obrera. Se crea un nuevo estilo de vida, en el cual cosas como el trabajo, el ahorro y el consumo se hacen forzosos pero también y especialmente, masivos. A mediados del siglo XX aparece así la sociedad keynesiana del “welfare” o bienestar, que se caracterizó específicamente por ser una sociedad de productividad y consumo masivos. El capitalismo fordista fue entonces exitoso en imponer un determinado estilo de vida como forma de control sobre el grueso de la sociedad, sin resignar la distancia de clases -que redundó (contradiciendo los pronósticos de Marx y Engels) en un “apaciguamiento” de las clases obreras.En la Francia de mediados de siglo sucedería un hito que volvería a darle a la clase obrera el carácter antagónico que había perdido a medida que el Fordismo se iba imponiendo como sistema de producción: la revolución de Mayo del 1968 o “el Mayo Francés”. Este movimiento popular que consistió en huelgas y paros que atravesaron a toda la sociedad con el objetivo de modificar la dominación capitalista que circunscribe las posibilidades de elección del hombre promedio, fue curiosamente impulsado y llevado a cabo principalmente por los movimientos estudiantiles de las universidades. Como diría Cornelius Castoriadis, esa sería la principal característica que hace a la “originalidad de la crisis del Mayo del 68”. Rompe con la estructura social del ingreso como criterio divisorio, y lo reemplaza por una antinomia entre quienes suscriben al sistema social vigente y quienes se rebelan ante él. En esa situación, el gobierno francés Gaullista enfrentaba a una nueva oposición que era protagonizada e indirecta/des-intencionalmente liderada por la clase estudiantil universitaria y, por el otro lado, con un rol menos protagónico y únicamente despertado por el estudiantado, la clase obrera.

«En la Francia de mediados de siglo sucedería un hito que volvería a darle a la clase obrera el carácter antagónico que había perdido a medida que el Fordismo se iba imponiendo como sistema de producción: la revolución de Mayo del 1968 o ‘el Mayo Francés’”.
El estudiantado y el proletariado no demandaban lo mismo– mientras los primeros demandaban un cambio más radical, una ruptura, los segundos se atenían a buscar reformas que les fueran favorables. Claude Lefort, por su parte, dirá que el Mayo Francés es una expresión de “la fragilidad del modelo que algunos juzgaban invulnerable” (2009: 30). Cualquier agente, institución, o estructura social está sujeta a cambios parciales o totales: el sistema capitalista no es ahistórico ni transhistórico. Morin señala que el estudiantado disparó una “reobrerización” de la clase obrera, una vuelta a su (hasta entonces perdido o matizado) carácter antagónico. El Mayo Francés es un claro ejemplo de que, por un lado, las clases obreras nunca serán definitivamente arrebatadas de su carácter antagónico; y de que, por el otro, existen modos de que dicho carácter antagónico sea expresado y puesto en práctica de maneras informales y desorganizadas.Para Robert Castel el Estado de Bienestar significó la consolidación de la situación salarial y su pretensión de universalización, en tanto que el trabajo funcionó como soporte privilegiado de la estructura social. Luego de los años 70′, el Estado de Bienestar y el sistema capitalista entran en crisis, perdiendo terreno ante el neoliberalismo financiero. La llegada del nuevo orden mundial de 1980 implicó la reorganización y fortalecimiento del sistema financiero global y desregulado que fue acompañado por una creciente computarización y derrumbamiento de las barreras espacio-temporales. Según Harvey, la novedad de este sistema financiero “post-fordista” de fines del siglo XX consistía en generar lucro “sin producir”, en la medida que las corporaciones y los bancos se hacían más poderosos que los Estados nacionales, que modifican (o reinventan) sus lugares en la economía mundial e incluso local. El nuevo capitalismo, por su alcance ahora global, requirió de la existencia de crisis cada vez más recurrentes y extendidas; al mismo tiempo que los Estados keynesianos debieron reducir sus medidas de bienestar, también debieron quitarle aún más fuerza a la acción sindical. El intervencionismo estatal en ciertos países no se redujo, sino que se debió reorientar -por lo general, hacia políticas laborales que hicieron a los Estados tener aún más poder sobre ello, en detrimento de los sindicatos y demás instituciones obreras.

«Una de las consecuencias de la «sociedad post-industrial» fue el debilitamiento de lo que era la «sociedad salarial» -en tanto que crecieron los empleos informales, inestables y/o precarizados. (…) Así, en los años recientes fue tomando forma una antinomia: entre los trabajadores incluidos y excluidos del sistema»
Según Castel, una de las consecuencias de la «sociedad post-industrial» fue precisamente el debilitamiento de lo que era la «sociedad salarial» -en tanto que crecieron los empleos informales, inestables y/o precarizados. El trabajador se ve cada vez menos protegido por el Estado así como por otras organizaciones (como las gremiales o sindicales). Esta incertidumbre dentro de la clase obrera es señalada en un texto práctico-histórico de Paula Abal Medina, titulado “Las Formas Políticas del Trabajo”. Allí, recupera la mirada del líder del Movimiento Evita y la CTEP, Emilio Pérsico, sobre las divisiones del sindicalismo argentino. En su analogía, el dirigente describe al sindicalismo argentino como compuesto por tres “capas” – la crema, la leche y el agua; en orden desde la más privilegiada a la más marginalizada. La clase obrera puede ser descompuesta internamente en un núcleo privilegiado y una periferia marginalizada.

La clase obrera es capaz de reorientarse igual que lo hace el sistema capitalista, para no perder su carácter antagónico, contra-hegemónico, desequilibrante o de resistencia -y asegurar lo contrario resulta de momento un error. Igualmente errado resulta dar por sentado aquel potencial revolucionario. [/su_pullquote]Sin embargo, Pérsico justamente dirige 2 organizaciones “subalternas”, parte del denominado “otro movimiento obrero” o “no-organizado”, que logró llevar a cabo acciones “antagónicas” al capital, incluso desligado del movimiento obrero “organizado”, que como mencionan varios autores tiende a defender los intereses de un sector privilegiado de los trabajadores más que abogar por todo el proletariado incluyendo a sus sectores menos privilegiados. Así, en los años recientes fue tomando forma una antinomia: entre los trabajadores incluidos y excluidos del sistema. Los trabajadores incluidos y autodenominados “organizados” buscaban la “defensa de sus privilegios organizacionales”, e intentaban reducir la competencia y los beneficios que percibieran otros sectores proletarios: “la tendencia de las cúpulas sindicales ha sido restringir las competencias y prerrogativas de los delegados de establecimiento en la vida sindical.” (Abal Medina, 2016: 80). Sin embargo, y con el surgimiento de movimientos sociales u organizaciones similares, como las dos que lidera Pérsico, la autora muestra cómo la clase obrera logró readaptarse y volvió a adquirir un carácter y potencial antagónico propio (al punto que la CTEP logró un avance y un reconocimiento cuando le fue otorgado el título de personería social).

«La clase obrera es capaz de reorientarse igual que lo hace el sistema capitalista, para no perder su carácter antagónico, contra-hegemónico, desequilibrante o de resistencia -y asegurar lo contrario resulta de momento un error. Igualmente errado resulta dar por sentado aquel potencial revolucionario»
A partir de este y otros ejemplos, vemos entonces que en distintos contextos espacio-temporales, la clase obrera es capaz de reorientarse igual que lo hace el sistema capitalista, para no perder su carácter antagónico, contra-hegemónico, desequilibrante o de resistencia -y asegurar lo contrario resulta de momento un error. Como también hemos visto, igualmente errado resulta dar por sentado aquel potencial revolucionario. La clase obrera es un actor social colectivo y, en tanto tal, está en constante interacción con la estructura social así como con los demás actores que la integran.

Toni Negri trae a colación el término “recomposición de clase” para definir la potestad de una clase o actor social colectivo de crear nuevas uniones entre sus diferentes sectores – una renovación de lo que una clase incluye y excluye. Y, tratando de ser lo menos reiterativos posible pero sin dejar de hacer énfasis en ello, no se debería perder de vista que la clase obrera se encuentra (quiera o no) intrínsecamente sujeta a modificar su composición, cualidades, acciones, etc… como todo actor social.

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