Si en las cárceles no se resocializa ni se incluye, ¿está en crisis el sistema penal o el sistema social?

En 2014 estudiantes y docentes iniciaron un equipo de investigación para analizar los retos educativos en la comunidad carcelaria. En este contexto, se realizaron cinco conversatorios con referentes de organismos de derechos humanos y académicos para reflexionar sobre la complejidad del sujeto preso, las posibilidades de inclusión social y sus problemáticas asociadas.Limítrofe al basural CEAMSE, en la localidad de José León Suárez, Partido de San Martín, se ubica la Unidad Nº48 del Complejo Penitenciario Conurbano Norte. Esta localidad tiene características habitacionales de clase media. Pero también posee varios e importantes asentamientos denominados Villas de Emergencia, donde viven familias de bajos recursos que tienen un nexo muy fuerte con el penal: la gran mayoría de los reclusos proviene de dichos asentamientos.

Aquí se ubica una de las dependencias de la Universidad Nacional de San Martín, denominada CUSAM, lugar cedido por el Servicio Penitenciario de la Provincia de Buenos Aires, donde se cursa la carrera de sociología. En este contexto, un grupo de estudiantes y docentes en 2014 pensaron la conformación de un equipo de investigación con el fin de analizar retos y problemáticas educativas de las personas que hacen parte de la comunidad carcelaria.

Para lograr los objetivos se hicieron cinco conversatorios con referentes de organismos de derechos humanos y académicos, con la intención de percibir en cada uno de estos análisis y de estas experiencias las posibilidades reales de inclusión social y sus problemáticas asociadas. La primera gran conclusión de los cinco conversatorios, constata lo dicho hace cincuenta años por Michel Foucault: la presencia de un discurso disciplinador, disciplinante y totalizante, en el que el objetivo de “controlar, medir, encauzar a los individuos y hacerlos a la vez dóciles y útiles” sigue siendo un a priori para la sociedad.El autor no dimensionó la actualidad de sus afirmaciones, pues consideraba que, mientras en el siglo XIX la sociedad se sentía orgullosa de sus cárceles, en el siglo XX, “nos dan vergüenza nuestras prisiones”. Sin embargo, en el siglo XXI, la mayoría de regímenes del mundo no se avergüenzan de sus penales, e incluso los han estructurado de una manera más implacable, basados con arreglo a los fines del modelo occidental capitalista, es decir, espacios donde se posibilita la súper explotación del hombre por el hombre, combinada con el castigo y el sometimiento de los cuerpos y las voluntades.

Manuel Castells, quien visitó las instalaciones del CUSAM en 2014, afirmó algo correlativo a la potestad de aquellos que imparten el castigo, “que toda sociedad tanto a nivel macro como micro se fundamenta en las relaciones de poder”. Las mismas que se perciben en los pasillos del penal, que se reproducen en los barrios populares y en las villas miseria cercanas, en los sectores desprotegidos y más frágiles de la sociedad. Sitios en donde se reciben las basuras y se sobrevive de ellas; en donde las reestructuraciones laborales, la desindustrialización, el sistema financiero agiotista y todo lo correlativo a la historia de las desigualdades en el contexto local y global del encierro afectaron con todo su peso.Todo poder tiene su contra-poder
Las consecuencias directas del ejercicio del poder son “relaciones de contra-poder” que se manifiestan claramente en las instituciones carcelarias, en esta lucha por seguir existiendo y sobrevivir, expresada en tensiones cotidianas. Porque “donde hay opresión, también hay resistencia” que se revela de muchas maneras: por ejemplo, en la insurrección de las mujeres en contra no solamente de la dominación masculina sino también en contra de la condición en la que están sometidas las masas; la de los jóvenes, en busca de su reconocimiento como sujetos políticos y sociales y la de los privados de la libertad, en pro de su reconocimiento como sujetos de derecho, con el objetivo de entender que sus castigos tienen relaciones directas con sus contextos, con la visión de seguridad que se quiere imponer, con sus propias carencias, pero también con la intolerancia, las desigualdades y los múltiples roles que se han visto inducidos dramáticamente a ejercer.

En su conjunto, los privados de la libertad mediante muchas luchas –físicas, culturales, jurídicas, educativas, militantes, intelectuales, ideológicas, religiosas, algunas utópicas y otras más pragmáticas– han presentado y reivindicado sus principales derechos, desde los más mínimos hasta los más amplios, para que el estado local, regional, provincial, nacional, federal y las instituciones del orden micro y global los hagan sentir sujetos de derecho (y también para que sean percibidos así por la sociedad). Sobre todo, dado el incumplimiento de los mismos en las cárceles argentinas, tal como lo señalaba Claudia Cesaroni.

Dentro de los penales, esto implica hacer evidentes “las condiciones ilegales y las irregularidades constantes y cotidianas que se padecen en el contexto de las cárceles argentinas”. También, derrotar el miedo al castigo, al aislamiento; a las represalias de los guardias, de las fuerzas policiales, del sistema judicial; y peor aún, del recelo, la discriminación y el desconocimiento de la sociedad en general.

Restablecer las miradas sobre el delito y la violencia
Según recomienda Alejandro Isla, en todo proceso deben restablecerse las miradas entre víctimas y victimarios. Se trata de miradas históricas retrospectivas, de ahí la importancia de las trayectorias de vida y de recuperar la memoria histórica de estas experiencias, pero también de evidenciar que “el tratamiento penitenciario, tal y como está planteado, no reduce el delito”.

De allí se desprenden otras dos cuestiones fundamentales, la cuestión de la experiencia y la necesidad de diferenciar violencia de delito. Isla también afirma: “En el país ha habido un escenario nacional de descomposición. Esto ha originado confianza y desconfianza de determinadas organizaciones públicas”, reforzando con dicha situación “la creación de un perfil anómico, que disocia al recluso del mundo real”. Por tanto, de esta amalgama de complejidades resulta que “cada vez más se busca parecerse a las cárceles anglosajonas, como un tipo de depósito, en el que se aísla a los “malos” de los “buenos”.

Penar el delito, sin alternativas reales de inclusión, ha favorecido a que cada vez más y con mayor determinación se vea a las cárceles no solamente como un depósito de los problemas irresueltos de la sociedad sino, además, como la inversión en un negocio que da seguridad, visión fundamentada en “una criminología mediática”; en la que importan más las imágenes que la propia justicia, focalizando con ello las acciones violentas más allá de sus causas y motivando, también, dadas las circunstancias en las que se padece el encierro, que no se logren resarcir las transgresiones.

¿Qué significa está situación? En principio, pensar no solamente en el castigo y en las penas. Se trata de contextualizar, “promover la solución de los problemas a partir de la inclusión de diversas miradas”, suscitar y concebir nuevos elementos de justicia, considerar “las dimensiones que configuran a las personas privadas de la libertad: a- La educativa, tiene que ver con la adaptación y la imposición; b- La social, tiene que ver con la pobreza y la vulnerabilidad (el límite de la norma); c- La laboral, no concebida como un derecho; d- La salud, el cuerpo, despoja al sujeto de sus sentidos de individuación”.

La sociedad ha cambiado dramáticamente en este siglo XXI. Las formas y las maneras de delinquir son cada vez más sofisticadas, el crimen adquiere múltiples rostros que en general disimulan la gravedad y la falta de quienes los realizan: corrupción, negligencia, abuso de poder, lavado de activos, etc. Sin consecuencias mayores para sus autores, sin leyes y penas claras para aplicar, usualmente cometidos por personas con poder, formación e influencia social a los que raras veces se les denomina delincuentes. Entre tanto, se sigue aplicando el castigo tal y como fue concebido en el siglo XIX a comunidades y sujetos que históricamente han padecido las desigualdades y la falta de oportunidades.

Durante el retorno a la democracia en los 80, cuando se destacan la ineficiencia de las normas militares en lo que respecta a la gobernabilidad carcelaria, nacen en la provincia de Buenos Aires los pabellones evangélicos instrumentados como una respuesta informal a la necesidad de encontrar nuevas y alternativas formas de lograr obediencia. En los 90, en medio de políticas neoliberales, cuando se acrecienta la desigualdad social, el desempleo y la miseria, las cárceles se convierten en el depósito de ciertos sectores de la población. El aumento de la violencia dentro de las cárceles bonaerenses requirió alguna forma de gobernabilidad. En este sentido, el pentecostalismo carcelario comenzó a ser utilizado como método disciplinario. Como lo señaló Mauricio Manchado y Jesús Rosas el evangelismo carcelario logra lo que el SPB no puede: “la pacificación”.

En general, este déficit de justicia se ha sustentado desde el discurso de la seguridad que se traduce en acciones de control, principalmente del espacio público, en la imposición de fronteras reales e imaginarias, en las que predomina la sospecha sobre lo heterogéneo, sobre el otro, el que representa lo distinto, el ajeno que rompe con el statu quo y expresa un riesgo y un peligro en contra de tener y disfrutar privadamente. Por esto mismo, “en la Argentina en primer lugar está el robo contra la propiedad, cuestión que plantea un gran debate sobre si la inseguridad es realmente lo primordial ¿Es una sensación?” ¿O es un argumento que no tiene en cuenta que la inseguridad en gran parte se origina en la desigualdad

Educación y derechos humanos
Lo que se constata históricamente es que la institución carcelaria falló en su objetivo de resocialización. Las personas privadas de libertad no lograron asumirse como sujetos de derecho, por el contrario han sido tomadas como personas sin capacidades, enfermos a los que se les debe proporcionar un tratamiento. Hasta hace poco, “los maestros que trabajaban en las cárceles eran formados como una rama de la educación especial, es decir, para trabajar con discapacidad.”

De esta manera, el discurso disciplinar que atraviesa la cotidianidad de los presos se ha impuesto como una premisa de orden y comportamiento en el que “se ha dejado de hablar de exclusión y se ha pasado a hablar de fragmentación”, dejando de lado la integralidad de los derechos: al trabajo, a la salud, a la educación, sin que se logre transformar la situación de desequilibrio que argumenta y mantiene los delitos.

Como sucede con otros derechos, la educación en los contextos de encierro no debe asumirse como un premio o un castigo, debe ser exigible y posible, para romper la dualidad carcelaria de “los tiempos distintos entre la cárcel y el afuera, porque los tiempos muertos tienen una afectación psíquica y emocional”.

Como señala Francisco Scarfo, “la educación se penitenciarizó, frente a esto se propone el reto de las “cuatro A”: Uno) Accesibilidad, disponibilidad, flexibilidad de horarios, combinando trabajo y educación; dos) Aceptabilidad, en términos de la perspectiva de los DDHH; tres) Adaptabilidad: que se promuevan propuestas didácticas que le respondan a los contextos; cuatro) Accesible y asequible”.

Retos y conclusiones
Cinco conversatorios y un universo de problemas indican que es urgente y necesario seguir reflexionando sobre las personas en contexto de encierro. Su situación personal y social señala no solamente retos psicosociales, apuntan principalmente a carencias de tipo estructural de esta sociedad capitalista desigual, excluyente y diferenciadora. No es posible pensar el delito, las instituciones que se encargan de impartir justicia, el sistema educativo y los distintos tipos de entidades responsables del orden social, sin que se identifiquen y determinen sus responsabilidades y sus roles, sin que se reconozcan y garanticen los mínimos morales de las personas privadas de libertad, como sujetos de derecho.

Es imperativa “la inclusión de distintas voces: jueces, autoridades penitenciarias, académicos y presos; la inclusión de distintos organismos del Estado a las problemáticas en contexto de encierro; promover la solución de los problemas a partir de la inclusión de diversas miradas.” Y también “que se entienda la complejidad del sujeto preso y desnaturalizar la cárcel.”

En el plano político, “entender cómo y de qué manera se vincula la violencia política a otras violencias”. Los nexos entre una y otra no son tan evidentes, de ahí la necesidad de “recuperar los procesos históricos a la luz de los problemas actuales”, comprender los cambios que se han venido presentando “en las culturas delictivas” y ampliar el espectro criminal a otras modalidades no reconocidas por los sectores dominantes, que afectan e imposibilitan la distribución justa de los recursos públicos, impiden el desarrollo de las capacidades y mantienen los desequilibrios generados por el modelo económico actual.

Finalmente, como plantea Fernando Calderón, es necesario analizar y vincular los problemas de las cárceles y los problemas que traen las desigualdades, en esa lógica compleja entre los más ricos y los más pobres; pensar los conflictos institucionales y los problemas culturales, para cambiar el orden de las prioridades, colocando en el centro la dignidad de las personas.

Equipo de investigación en conformación del CUSAM – UNSAM. Agradecemos a Paula Abal Medina por el apoyo y la invitación a participar de esta publicación. A Gabriela Salvini y Daniel Salerno por su presencia y apoyo constantes. A todos los estudiantes, profesores y asistentes que han participado de este sueño colectivo que pretende hacer visible algunas de las problemáticas de las personas privadas de su libertad.
Introducción a Vigilar y castigar. Siglo XXI Editores.
Ídem.
Conversatorio con Castells, Manuel y Fernando Calderón. Diciembre de 2014.
Ídem.
Ídem.
Conversatorio con Castells, Manuel y Fernando Calderón. Diciembre de 2014
Primer Conversatorio con CladiaCesaroni. Agosto de 2014.
Ídem.
Tercer conversatorio con Alejandro Isla. Octubre de 2014.Conversatorio Claudia Cesaroni. Agosto de 2014.
Conversatorio con Alejandro Isla. Octubre de 2014.
Conversatorio Claudia Cesaroni. Agosto de 2014.
Segundo conversatorio con Francisco Scarfo, que en particular con respecto al tema de la educación en contextos de encierro, plantea que: “Esto mismo le ha dado el sentido al tipo y calidad de la educación que se imparte al interior de los penales”. Septiembre de 2014.Conversatorio con Alejandro Isla. Octubre de 2014.
Conversatorio Claudia Cesaroni. Agosto de 2014.
Conversatorio con Francisco Scarfo. Septiembre de 2014.
Cabe destacar que no existen pabellones evangélicos en el ámbito del Servicio Penitenciario Federal.
Daroqui, Alcira. Dios agradece su obediencia. La tercerización del gobierno intramuros en la cárcel de Olmos, 2009. Ver: http://gespydhiigg.sociales.uba.ar/files/2014/11/Daroqui-et-al-Dios-agradece-su-obediencia.-La-tercerizaci%C3%B3n-del-gobierno-intra-muros-en-la-c%C3%A1rcel-de-Olmos.pdf
Conversatorio con Mauricio Manchado. Diciembre de 2014.
Intervención de Jesus Rosas en el Conversatorio con Mauricio Manchado. Diciembre de 2014.
Conversatorio con Alejandro Isla. Octubre de 2014.
Ídem.
Conversatorio con Alejandro Isla. Octubre de 2014.
Ídem.
Ídem.
Conversatorio Claudia Cesaroni. Agosto de 2014.
Conversatorio con Francisco Scarfo. Septiembre de 2014.
Ídem.
Conversatorio Claudia Cesaroni. Agosto de 2014.
Conversatorio con Alejandro Isla. Octubre de 2014.

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