Economía prohibida: intercambio de regalos en un pabellón carcelario

En el Pabellón VIP de la Alcaidía de San Martín existe una economía prohibida donde cosas y favores circulan de manera fluida. Más allá de las normas institucionales establecidas, el intercambio de regalos hace a una vida económica densa, que vincula internos y familia, visitas y guardiacárceles, adentro y afuera, atravesando las fronteras que imponen los muros del penal.

Hace diez meses que Arturo se levanta todos los días a las siete de la mañana en la Alcaidía Departamental de General San Martín, ubicada sobre los célebres basurales de José León Suárez, donde también funcionan las Unidades 46, 47 y 48. Vino de la 36 de Magdalena a fines de agosto del año pasado “cuando unos hijos de mil putas secuestraron a mi hijita y la mataron”, cuenta el hombre con un dejo de tristeza.

Desde que  ingresó, Arturo se encuentra en el pabellón E, el “VIP”, donde sólo viven personas en una situación especial: involucrados en casos sensibles del Poder Judicial provincial y que se encuentran ahí por orden de un juez competente, del Ministro de Justicia o, en algunos casos, del Gobernador de la Provincia.

El “E” es el único pabellón que tiene población estable y permanece con las puertas de las celdas abiertas de 8:00 de la mañana a 22:00 horas de la noche, a diferencia de los demás pabellones a los que les dan patio sólo tres horas por día. El pabellón también está equipado con todos los electrodomésticos necesarios para el desarrollo de la vida cotidiana, pero no tiene patio porque los internos que lo habitan pueden interactuar en todo momento.

Los guardias realizan el recuento de los pabellones y cuando llegan al E dejan las puertas abiertas. Arturo sale, se sienta en la mesa que está ubicada en el centro del pabellón, toma mate y mira las noticias en su TV de 14 pulgadas. La saca hasta la puerta de su celda para que las personas que viven con él también puedan ver algún programa: “A mí me gusta compartir lo poco que tengo”, cuenta sentado alrededor de la mesa redonda de concreto, y toma un mate.

 -¿Cómo estás en la Alcaidía?

-Y…yo estoy mal, aburrido, porque estoy todo el día en el pabellón, necesito despejarme un poco.

 -¿Y qué hacés en ese tiempo?

-Hago portatermos con el cartón y el cuero que me trae Lola, mi señora, también pulseras. Así es como mato el tiempo porque con Manuel hablo poco. Él es muy cerrado, lo único que hace es limpiar todo el día y regar las plantitas.

Además de Arturo y Manuel, en el Pabellón E está Tango. Cada uno de ellos fabrica un producto. Manuel hace agendas y llaveros; Arturo hace portatermos, pulseras y carpetas; Tango hace tortugas de miga de pan y peluches de lanas.

A pesar de que en la cárcel habitan distintos medios de pago (el finito, las tarjetas de teléfono o el dinero), aquí nos detendremos en los regalos. Situaciones en las que prevalece una lógica de intercambio no monetarizado, donde no interviene una unidad de cuenta y el bien no se convierte en medio de pago. El aburrimiento de Arturo y su tenacidad para combatirlo es el inicio de toda una serie de intercambios, económicos y morales, que muestran cómo la prohibición de la moneda y del comercio en la cárcel no es un impedimento de una vida monetaria y comercial
propia (Roig et al, 2014).
«El aburrimiento de Arturo y su tenacidad para combatirlo es el inicio de toda una serie de intercambios, económicos y morales, que muestran cómo la prohibición de la moneda y del comercio en la cárcel no es impedimento para una vida monetaria y comercial propia»

Acá en el pabellón E se ve con claridad lo que Marcel Mauss señalara en su célebre Ensayo sobre el don: entre Arturo, Manuel y Tango la triada dar, recibir y devolver se repite una y otra vez. Semanas atrás, Arturo le regaló una carpeta de cuero a Tango para que éste ponga sus papeles.  A los pocos días de regalarle la carpeta también le regaló una pulsera roja con piedras negras que Tango lleva en su muñeca derecha. Tango se vio obligado a devolver el regalo, y tuvo que hacer una tortuga de migas de pan para regalarle a Arturo, pero con el fin que éste se la regale a su familia. Arturo también le regaló un porta termo a Manuel, y Manuel le ha regalado varios llaveros de cuero, diciendo “yo se los regalo porque él es mi amigo”. Manuel está contento por el regalo que le hizo Arturo.

Sucede que luego de que cada uno de ellos fabrica una buena cantidad, se hacen regalos que quizás no necesitan y tampoco quieren, pero tienen la obligación de recibir por una cuestión ética y moral. De la misma manera, quien recibe el regalo luego está obligado a devolverlo, porque existe una obligación de dar, recibir y devolver, que atraviesa las relaciones sociales de las personas (M. Mauss, 2006).Los regalos no se miden por su valor en dinero, sino por el tipo de relación social entre personas. Tampoco se regala lo mismo a un amigo que a una entidad reconocida. Por ejemplo, para la Pastoral de San Martín, Manuel no sólo hace agendas y llaveros, también repara y encuaderna libros que el mismo trae de su casa cuando realiza sus salidas transitorias. Y cuando visita el pabellón el padre Daniel de la Pastoral se los regala para que se los lleve a la biblioteca que funciona en el área de Cáritas (V. Zelizer, 2008).«Los regalos no se miden por su valor en dinero, sino por el tipo de relación social entre personas».Muchos de los regalos abren nuevos circuitos cuando son destinados a los familiares (se los regalan cuando vienen de visita). Es decir, hay regalos que se hacen de preso a preso, y otros regalos que también se hacen entre presos pero con el propósito de que luego se los den a sus familiares. Sin embargo, uno nunca puede regalarle algo a la familia de sus compañeros de encierro, sólo puede hacerlo por intermedio de ellos, por una cuestión de respeto; “la familia es sagrada”, dice una de las normas de la cárcel.«El portón de la Alcaidía es una frontera económica, cada uno de estos productos adquieren un valor de cambio cuando cruzan el perímetro: Lola vende los portatermos a 100 ó 150 pesos cada uno, según la cara»Todo sucede en este mismo contexto, la Alcaidía, donde los productos tienen el mismo valor, en este tipo de mercado interno. Pero en el mercado externo, es decir en el afuera, la cosa cambia. El portón de la Alcaidía es una frontera económica, cada uno de estos productos adquieren un valor de cambio cuando cruzan el perímetro: la señora de Arturo vende los portatermos a 100 ó 150 pesos cada uno, según la cara. Le vende los productos a sus familiares y amigos o a personas que estos les recomienden, no a cualquiera. Porque no lo hace por necesidad, lo hace para que su marido y la gente que está con él no se aburran. Sólo compra los materiales para asegurar la producción de los objetos que ellos fabrican.Ella es la que también trae la posibilidad de esos productos. En la cárcel, la mayoría de los elementos, las drogas, la ropa, las zapatillas, los medicamentos, los productos electrónicos, las tarjetas de teléfono, los celulares entran a la cárcel por la visita. Otros circulan gracias al comercio con los guardias u otro preso que tenga regímenes particulares. Como ya ha quedado claro en otros trabajos (Roig at al, 2014), la economía carcelaria no es ajena al conjunto de la vida popular de los barrios de los alrededores; ambas están atravesadas por constantes intercambios que erosionan la imagen de los muros del penal como fronteras en su sentido liminal: como frontera que define qué entra y qué queda afuera.

Una vez por semana, Lola, la mujer de Arturo, va y revisa la basura de una tapicería que está ubicada a pocas cuadras de su casa, de ahí recoge retazos de cuero. Luego pasa por el supermercado donde ella compra sus cosas y ahí le dan los cartones en la mano, se los guardan exclusivamente para ella, porque ya la conocen.

Semanas atrás Arturo comentaba en la mesa del pabellón, mientras almorzaba con Tango y Manuel, que uno de los hombres de la tapicería se acercó a Lola y le preguntó por qué juntaba basura, diciéndole que la conocía de la TV por el caso de su hijita que tomó estado público. Lola contestó: “yo no junto basura señor, yo junto los retazos de cuero, porque mi marido que está preso los usa con sus compañeros para hacer cosas” (Gorbán, 2009). El hombre le dijo que no revise más la basura y que pase todos los días viernes por la tarde que él los iba a juntar en una bolsa y se los daría en la mano.

El trabajo que hacen los muchachos del pabellón E se autosustenta porque Lola compra los hilos, la cola vinílica, la lana, y las piedritas con el dinero de la venta de algunos de los productos que hacen ellos.Existe entonces una economía donde nadie piensa que la hay, en la cual circulan favores y cosas, regida por normas implícitas pero no por ello menos estrictas, superpuestas a aquellas que niegan su existencia. En esta institución están prohibidas ciertas actividades económicas, por ejemplo, el intercambio entre los detenidos y los guardia cárceles. El reglamento institucional lo prohíbe y, sin embargo, ahí está: es real.«Existe entonces una economía donde nadie piensa que la hay. El reglamento institucional lo prohíbe y, sin embargo, ahí está: es real»Bibliografía

FOUCAULT, Michel (1976), Vigilar y castigar, el nacimiento de la prisión.

MAUSS, Marcel (2006), Ensayo sobre el Don.

ROIG, Alexandre et al. (2014), “Monedas vivas y monedas muertas. Genealogía del dinero en la cárcel”, Papeles de Trabajo, 8(13), pp. 126-143.

GORBÁN, Débora (2009), La vida social de los Objetos y Cosas, tesis doctoral.

ZELIZER, Viviana (2008), “Pagos y lazos sociales”, Crítica en Desarrollo n°2, segundo semestre.

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