Contar el cuento, nomás.

“Toda interpretación se admita o no. Es también una confesión del intérprete”. G. Simmel

Cartera; tapabocas; billetera; llaves; alcohol en gel; campera; los documentos y el equipo. -¿Llevo lentes? ¿Dónde están los zapatos? –Me pregunto- ¡Afuera, nena! -Me reto en voz alta, como si no fuera obvio su nuevo sitio.

Miro el reloj. Y ahora si. Lista para salir. Tan solo quince minutos de vueltas. Quiero cruzar el living e ir al cuarto a saludar a mi hija. No puedo. Me percato que llevo ropa de contagio. Dos meses atrás era ropa de calle. 

-Tenés que llevarlo antes del viernes -Tres días atrás exclamaba una mujer del otro lado de mi celular. – No tengo la caja -Atiné a decir como excusa. Producto de mi reciente mudanza no tenía idea dónde había quedado. Era importante pero algo en mí quería archivarlo. Tal como había archivado la causa. 

-La caja no importa. El equipo y su cargador, si. Y si no tenés el cargador, traélo igual-. Respondió algo desesperada la misma mujer. 

Bajo las escaleras recordando esa charla telefónica.  -Un poco de ejercicio -Le grito al vecino que espera el ascensor mientras voy bajando. Prefiero ser tildada de cardiaca en potencia o amante del ejercicio antes que revelar mi leve claustrofobia a los lugares pequeños, exacerbada por la imposibilidad de dejar un metro y medio de distancia entre los ocupantes del ascensor. 

Camino al colectivo, preparo el permiso de circulación en mi teléfono. -Permiso para situaciones de fuerza mayor-Fue la respuesta que recibió mi pregunta. ¿Y cómo salgo de mi casa? -Esto no va funcionar. Me van a parar y voy a terminar en la comisaría demorada-. Vuelvo hablar sola, esta vez en la calle. 

Me preocupa al igual que dos años atrás el poder volver a casa. Alguien me espera. Dos años atrás debía volver por mí. No necesitaba más apariciones sorpresas, ni llamadas ni correos electrónicos. Deseaba retomar mi vida normal. Qué extraña coincidencia estar dos mudanzas, y varios sueños cumplidos después deseando la misma cosa. Mi vida normal. -¿Qué será normal para mí?- Más de veinte años sonando en mi cabeza esa frase sin respuesta.

Llegando a la esquina, en medio de locales cerrados, un banco atestado de personas y una panadería con su entrada cubierta de acetato (así como sus empleados), veo la parada. Media cuadra de cola. Solo eran cuatro personas. -Tiempo de Corona – pienso largando una carcajada. “El que solo se ríe, de sus picardías se acuerda”, me hubiera dicho mi madre. El tapabocas no está tan mal. Al fin y al cabo, puedo reír, cantar e incluso maldecir sin que otras personas noten mi falta de cordura.

Anhelando no haber traído a mi compañera la mala suerte  y en medio de avanzados cálculos matemáticos sobre cuántas personas podrán subir a la unidad sin esperar a la próxima, llega. Vacía. 

Parece un buen día. A pesar de la molestia que genera tener que trasladarme  por el simple hecho de vivir en provincia y no formar más parte de la Capital Federal. De otro modo lo hubieran buscado ellos. Ni el aislamiento más estricto hace que los que vivimos del otro lado de la General Paz dejemos de ser los que vivimos del otro lado. 

– Hasta Chacarita – le indico al conductor. Entre la distancia, los auriculares que llevo y el nuevo accesorio de moda occidental que usamos ambos no entiendo qué me dice. Apoyo la Sube y me siento. -Hay que limpiarla-  pienso y la guardo. 

 “Pa´ bailar” de Bajofondo suena una y otra vez en mi teléfono “como el memorioso Funes. Soy un eterno prisionero”. Me inspiro. Las veces que fui a Chacarita. Meses enteros usando la locación como paso intermedio para llegar a la facultad de hotelería.” volando bajo. Sin respirar. Andar descalzo y animarse a jugar” .Si me habré jugado todo .Hotel por hecho social. Cambio radical de carrera. “paso paradas, reflejos turbios repiqueteando quedan atrás” Como la vez que busque el certificado de defunción de la persona que me dio la vida.  

“pisado y pasado. Trastornado llego al final” Llegamos. Éramos varios. El metro y medio de distancia quedo en las paradas anteriores. Todos queremos bajar, no importa cómo. “Nunca un cambio demasiado radical” Se percibe en el aire. No es amor. Es normalidad. Por estos días, se siente similar.

 -Llevalo a la comisaría 15. El mismo lugar donde lo buscaste-. Recuerdo otro fragmento de la conversación con… no me dijo su nombre. Tampoco importaba mucho. Solo que era de parte de la fiscalía de género de la ciudad. 

Empiezo a caminar la enorme plaza-parque hasta llegar al lugar. La última vez que fui no me veía los pies y tampoco podía usarlos para caminar muy rápido ni muy lejos. “en esta vuelta ya no me encontrs” Ya no estaba la pelota bajo mi sweater.

Mientras transitaba me invadió una sensación de bienestar. Por mucho que me cueste movilizarme en tiempos de pandemia. Hacia lo correcto. Botones anti pánico no sobran. Mujeres en situación de violencia no faltan. Pocas frases me preocupan tanto como esta última.

Llegué. Había fila. Tres personas delante mío esperaban fuera. Cruzando la puerta de vidrio semi polarizada se encontraba el mismo escritorio donde me habían recibido, cansada y fastidiosa, dos otoños atrás. Esta vez, estaba vacío. 

La canción sigue sonando.” ya se sabe. Solo es cosa de animarse, de mandarse y arrancar” Quería realizar la tarea e irme. -¡El repelente! ¡No me puse repelente!- dije en voz alta. Dos hombres y una mujer me miraron sin entender qué ocurría. -Hay muchos casos de dengue en la ciudad- atiné a decir con vergüenza. 

 – ¡Sos un inútil! – gritó al teléfono una mujer que llegaba a la comisaría. Se coloca atrás mío y sigue: –vengo hacer la denuncia, Iván. Me amenazan que van a matarme y vos no sabes re enviar unas fotos a este número- escupe aún más enojada. La entiendo. La vez que debí hacer una denuncia fueron tantas horas y tantos requerimientos que casi me doy por vencida. 

Veinte minutos y tres picaduras de mosquitos más tarde: -acá ya no es. Rodney 501- me indica una oficial sentada tras ese escritorio.

Me doy vuelta. Abro el mapa. Me dispongo a caminar. “Y aquella noche llegue a casa, molida pero contenta. Molida de haber movido el esqueleto. Contenta. Contenta de saber que se puede estar jodida y también contar el cuento”.

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