Estamos en la tierra de todos, en la vida

Las transformaciones de la Argentina reciente a través de la historia en primera persona de un estudiante de Sociología. Las primeras experiencias laborales. La militancia en el PC. La clandestinidad y la resistencia. Los viajes a la URSS y la política como profesión. La vuelta al mercado laboral. La crisis del 2001 y la recuperación.El barrio, el futbol y más allá la inundación

Después de tres años de vivir en Villa Maipú en la casa de una tía y luego en un departamento alquilado, mis padres compraron un terreno con una habitación, cocina y baño fuera de la casa, en Barrio Libertador, a cinco cuadras de la ruta 8, Km. 21,500. El barrio, como muchos otros del conurbano bonaerense, nació de la venta de lotes llevada a cabo por grandes inmobiliarias como “Lucchetti” y “Kanmar” entre otras, para satisfacer las necesidades de vivienda de los migrantes internos y de las últimas oleadas de inmigrantes europeos, que escapaban de las duras consecuencias de la segunda guerra mundial. Convivían en un mismo espacio geográfico: jujeños, tucumanos, santiagueños, cordobeses, misioneros y correntinos con italianos, españoles, polacos, paraguayos, chilenos y alemanes.

Visto a la distancia, no puedo dejar de describir la vida dura y sacrificada de esos hombres y mujeres con distintas procedencias, pero unidos por una forma de vida estructurada alrededor de jornadas extensas de trabajo asalariado, muchas veces acompañado de changas como suplemento y los avances en la construcción de la casa durante los fines de semana. Durante toda mi infancia y juventud lo vi a mi viejo levantarse a la misma hora, ingresar al baño para asearse, salir todos los días para tomar el colectivo y luego el tren para llegar a la joyería del centro en la cual era empleado. No era el único, la mayoría de los hombres y algunas mujeres hacían lo mismo. Sí lo diferenciaba el hecho de que, junto con un visitador médico, eran los únicos que usaban traje. Algunas noches y los fines de semana arreglaba relojes, vendía alguna cadenita como complemento. Lo que nunca faltaba era el asado del domingo al mediodía.Busco en mi memoria las quejas y los lamentos, las encuentro relacionadas a que no pagaban lo que se merecían, a que faltaba mucho para terminar la casa, pero no vinculadas al trabajo en sí y al sacrificio. Es más, la actitud frente al trabajo era conceptualizada como una virtud, como un bien y el sacrificio valía la pena para que los hijos pudieran vivir mejor.

En medio de tanta mezcla de idiomas, acentos y costumbres, era común el sobrenombre, los motes y algún comentario peyorativo relacionado con el origen de cada uno, que se manifestaban con mayor virulencia en las esporádicas peleas entre vecinos o entre niños y jóvenes de distintas edades, mucho más habituales. Nada de esto nos parecía fuera de lo común. Teníamos mucho espacio común que compartir. Los adultos, una vida organizada alrededor del trabajo, las charlas alambrado de por medio, la vereda durante las noches de verano y la sociedad de fomento donde algunos participaban para la resolución de los problemas relacionados con las inundaciones, el entubamiento de algún zanjón, el alumbrado público y el asfalto de las calles. Los más jóvenes contábamos con las calles de tierra y la vereda como primer lugar del juego compartido y para los varones, en particular, los potreros eran el lugar de encuentro por excelencia. Armábamos las canchas de futbol, nos mezclábamos con los más grandes y después del partido discutíamos sobre los jugadores, los cuadros de primera y segunda división, soñábamos con probarnos en Chacarita y con ser jugadores de fútbol. Las chicas y la sexualidad no faltaban en la conversación.

Como señala Juan Carlos Portantiero, el derrocamiento del primer experimento nacionalista popular de Perón, en septiembre de 1955, habría de implicar, en varios sentidos, el cierre de un ciclo histórico. En las ciencias sociales se utiliza habitualmente el recurso de usar una fecha para marcar el fin de una etapa y el comienzo de otra, pero, a mi entender, los cambios no se producen ni se manifiestan con la misma rapidez en las distintas esferas. En lo político es claro el significado del golpe de 1955, que arrasó con un orden legítimo, el Peronismo, que durante 10 años había conseguido dar expresión política coherente a una etapa de la sociedad argentina, sostenida por la alianza de intereses de los sectores nacionalistas de las Fuerzas Armadas, el Sindicalismo y las corporaciones patronales de capital nacional. Se abrió así un proceso donde las Fuerzas Armadas van a tener una presencia determinante en la política argentina por más de 30 años.

Por la cercanía con Campo de Mayo, en el barrio lo militar se hacía muy palpable. Con cada golpe de estado o pronunciamiento militar cerraban Campo de Mayo o cortaban la ruta 8 a la altura de la Av. Márquez. Incluso los enfrentamientos entre azules y colorados dejaron a muchos vecinos con los vidrios de las ventanas rotas por la caída de balas de mortero.

En lo social, el barrio mismo era expresión y producto del modelo de sustitución de importaciones que el peronismo modifico introduciéndole un patrón ampliado de distribución. Caminando por sus calles se podía distinguir las casas construidas con créditos del Banco Hipotecario con sus techos de teja colonial y sus paredes blancas. Muy cerca está el Barrio UTA de los comúnmente llamados colectiveros y el Barrio Vedex de los obreros textiles. La propia urbanización en sí misma es un ejemplo concreto: con mucho esfuerzo, se podía comprar un terreno, lentamente construir una vivienda y a la vez solventar los gastos familiares. Los corralones y las casas de sanitarios que nacieron en aquellos años y hoy son negocios florecientes pueden dar testimonio de aquello.

La mayoría de los vecinos eran obreros y empleados que muy temprano caminaban hasta la ruta 8 para tomar el colectivo hacia Villa Lynch, Villa Zagala y Villa Maipú donde se encontraban gran cantidad de las fábricas metalúrgicas, textiles y de otros rubros. Pero el barrio no era sólo un dormitorio, en su entorno había un aserradero, la fábrica de carrocerías “Di Rocco”, La “Motomecánica”, el frigorífico de Puerta 8, una pequeña cerámica, emprendimientos familiares como la embotelladora de soda de los Casetta, la fábrica de lavandina de los Schambert, varias distribuidoras de bebidas y sobre todo la Coca Cola, la Pepsi Cola y posteriormente la Seven up, donde trabajaban gran cantidad de pequeños propietarios de camiones y changarines.

Los obreros y empleados con un trabajo estable y asalariado convivían con obreros de la construcción, de distintos oficios independientes, trabajadores temporarios, vendedores ambulantes, pequeños comerciantes, algunos de los cuales se convirtieron prósperos trasformando a la calle Primero de Mayo en un centro comercial de importancia. Pocos, pero algunos, tenían otras formas de subsistencia, aunque por lo general desarrollaban sus actividades fuera del barrio.

No todos eran propietarios del terreno, en las cercanías había varias “Villas Piolín” con muchos “Juanitos Laguna”, como maravillosamente describiera Antonio Berni.

Los efectos de la promulgación de la Ley de inversiones extranjeras en 1958 impulsada por Frondizi, lentamente comenzaron a producir importantes modificaciones en el barrio, en consonancia con los cambios acontecidos en el país. Se instalaron una importante cantidad de empresas de capital extranjero: Danargen-Spicer, Ceras Johnson, la fábrica de cosméticos Pons, un importante laboratorio farmacológico, que se sumaron a las embotelladoras ya mencionadas. No muy lejos, en la localidad del Palomar, se instaló en el año 1960 la Fiat que comenzó a fabricar el legendario “fitito”. Desde los años 40, la General Motors funcionaba en Villa Lynch, más tarde la Mercedes Benz comenzó a producir justo al lado del Policlínico Castex y la Siemens, en Villa Ballester.

Los hijos de aquellos trabajadores tuvimos la posibilidad de superar el nivel de escolaridad de nuestros padres, algunos terminamos la secundaria y sólo unos pocos alcanzaron el nivel universitario. Mauricio, hijo de un suboficial, llegó a ser General, uno de los Casetta, sacerdote y mi hermana Ana (la que no duerme) y Zuni, el hijo de un capataz textil, se recibieron de ingenieros en la UTN.

A través de los años el barrio creció, se transformó y también recibió duros golpes. En el año 1967 se produjo una de las mayores inundaciones que afectó a todo el gran Buenos Aires, arrojando un saldo fatal de más de 70 muertos. Conocíamos los efectos del agua, no era la primera vez que los sufríamos, pero en esa oportunidad las consecuencias fueron devastadoras. Los 35 camiones de tierra que mis padres utilizaron para elevar el nivel del terreno no pudieron evitar los 75 centímetros de agua que entraron en la casa; en algunas zonas el agua tapo los techos. Las zonas afectadas tardaron muchos años en recuperarse. Muchos querían mudarse, sólo algunos lo lograron, entre ellos mi familia.Otro duro golpe se comenzó a evidenciar a partir del llamado Rodrigazo del año 1975, paquete de medidas que se profundizarían durante la dictadura cívico- militar de la mano de Martínez de Hoz. A medida que las Villas (Lynch, Maipú, Zagala) se iban apagando y silenciando los sonidos de los telares, estampadoras y prensas, el barrio se ensombrecía. La General Motors se fue del país en 1978, más tarde cerraron la hilandería San Andrés y las textiles Wells y Spencer. Los corralones mermaron su crecimiento y los más chicos cerraron producto de que no se construía como antes. El empobrecimiento se puede medir en la comparación interanual a través de un índice, pero también se ve en los cuerpos, en la vestimenta, en el deterioro de la pintura de las viviendas; se pude palpar, se siente y duele. Don Cerato, el padre de mi mejor amigo de la infancia, un obrero textil de toda la vida terminó sus días como personal de seguridad del Hogar Obrero de San Martín.“El empobrecimiento se puede medir a través de un índice, pero también se ve en los cuerpos, en la vestimenta, en el deterioro de la pintura de las viviendas; se pude palpar, se siente y duele”.El aumento de la desocupación y la subocupación no sólo afecta la vida individual y familiar de las personas en el presente, sino que clausura el horizonte de posibilidades hacia el futuro. La falta de oportunidades para la adquisición de una vivienda fue uno de los motivos que provocó, a partir de finales de los años 80, la ocupación de tierras fiscales y privadas y la posterior urbanización auto gestionada en todo el gran Buenos Aires y en el interior del país. San Martín no fue la excepción, en una zona que registra inundaciones periódicas que se encuentra entre los barrios UTA, los dos Libertadores, el de Tres de Febrero, el de San Martín, Villa Lanzone el arroyo Morón y el rio Reconquista, comenzó la ocupación y posterior construcción de viviendas. El proceso continúa en la actualidad. En Costa Esperanza todos los días se tapa un poco más una laguna formada por la extracción de tosca años atrás y con mucha rapidez se instalan nuevos hogares. Si tuviéramos la posibilidad de una vista aérea, lo podríamos definir como un territorio en disputa entre el CEAMSE y los terrenos ocupados, en la que el camino del Buen Ayre funciona como un límite o una muralla entre ambos.

La instalación del CEAMSE en el año 1976 significó una profunda transformación de las zonas aledañas: gran cantidad de hectáreas de campos naturales pobladas de fauna y flora silvestre se convirtieron en un inmenso basural esparciendo su olor característico a lo largo de muchos kilómetros pasando a ser parte de la vida cotidiana. Es realmente paradójico que la solución de un problema ambiental (la incineración de la basura de las zonas más pudientes del área metropolitana) se resolviera creando otro problema ambiental en una zona habitada por sectores de bajos recursos. La instalación de la cárcel junto al camino del “Buen Ayre” completa la paradoja.

Volví a recorrer el barrio estos días, creo que nunca me fui del todo. Pasé por las casas donde vivían las chicas que por primera vez tome de la mano, por los lugares donde bailábamos rock esperando los lentos. Ya no quedan potreros, en la plaza donde organizábamos los campeonatos hoy hay una escuela técnica recién construida, las calles están asfaltadas, los colectivos son modernos y están llenos de nuevo. Quedan pocos jardines, es posible que los hijos y los nietos de aquellos trabajadores hayan construido allí sus hogares. Barrio Libertador es uno de los más densamente poblados del municipio.

Fuimos a vivir allí cuando era parte del municipio de San Martín, y en el año 1960 pasó a formar parte del nuevo municipio de Tres de Febrero, pero ese no es el único ni el más importante de los cambios. Además de lo anteriormente dicho, en la Coca Cola ya no se elabora ni envasa, sólo se distribuye con muy pocos propietarios de camiones y con muchos camioneros. Cerraron muchas fábricas, otras tantas se abrieron y parece haberse formado una pequeña nueva Villa Lynch alrededor de la rotonda de Ruta 8 y Av. Márquez.

La ampliación del horizonte. La escuela secundaria y el mundo del trabajo. La militancia

En esa época, el objetivo de las familias de ese sector social en cuanto a la escolaridad de los hijos era que terminaran la escuela primaria. Por lo tanto, al finalizarla se hacía presente la discusión sobre qué queríamos: aprender un oficio, seguir la secundaria o ir a trabajar. Por un lado, tempranamente teníamos que decidir o participar en una decisión muy importante para nuestro futuro, mediada por la voluntad y las condiciones económicas para solventar la educación secundaria por parte de nuestros padres y, por otro lado, se manifestaba la posibilidad palpable de conseguir un trabajo como ayudante, como aprendiz o acompañando el oficio independiente del padre o algún familiar y, de esa forma, ir progresando en la calificación en el trabajo. Si comparamos con la situación actual, aparece una realidad bien distinta a la relatada, no en cuanto a la necesidad de una parte de los sectores de menos recursos de que sus miembros jóvenes ayuden a la economía familiar o se autoabastezcan (hoy esos sectores parecen ser más amplios), sino sobre todo, en cuanto a las posibilidades de conseguir un trabajo con proyección de futuro y a las políticas del Estado, como por ejemplo: la legislación que prohíbe el trabajo antes de los 16 años, la obligatoriedad de la educación secundaria, la asignación universal por hijo, las becas escolares y el aporte de la educación social.

A las opciones antes mencionadas se agregaba otra, intermedia, que es la que transitamos muchos jóvenes en esa época. Combinar el estudio con el trabajo nos daba la posibilidad de autoabastecernos y no depender de nuestros padres para los pequeños gastos. Así fue como, fundamentalmente en el verano, vendíamos frutas casa por casa, gorritos y bebidas en la cancha de Chacarita, con un amigo fabricamos e intentamos vender barriletes (lo que representó el primer fracaso laboral) y, en forma más permanente, la venta callejera de helados. Al mismo tiempo, ingresé en el Colegio Nacional de Comercio de Villa Ballester, cursando tres años por la mañana y los dos últimos por noche.

Por esos años, evidentemente a mí madre no le conformaban las changas y otros aspectos de mi vida y comenzó a buscarme novias y un trabajo más regular. Con el trabajo tuvo éxito: a mitad del segundo año de la secundaria entre en zapaterías San José, la más importante de la zona y cuyos dueños eran nuestros vecinos. Durante casi dos años me desempeñe como ayudante, barriendo, acomodando los pedidos, limpiando las estanterías y luego atendiendo a los clientes. Los días de semana trabajaba medio día y los sábados, en el verano y durante las vacaciones escolares de invierno, toda la jornada. Siempre me pagaron poco y en negro, los otros dos empleados mayores de edad se desempeñaban como vendedores y también cobraban en negro pero un salario más alto. Tenía 15 años cuando ingresé a trabajar y lo hacía sin ningún tipo de regulación, sin embargo nada de esto era percibido como irregular. Para la mayoría, me estaban dando la posibilidad de aprender un oficio, ganar unos pesos y, para mis padres, impedía que estuviera demasiado tiempo en la calle. No sólo estaba naturalizada la situación, sino que era una trayectoria deseada para y por los jóvenes de mi edad.

Al finalizar tercer año pasé al turno noche del comercial, deje la zapatería y, otra vez con la dulce intervención de mi madre, ingresé en el supermercado al por mayor “La lucha”. Trabajaba de lunes a sábados 52 horas semanales y como era menor me depositaban el sueldo en el correo que luego retiraba con la libreta de ahorro. Éramos más de 15 operarios, pertenecíamos a Empleados de Comercio, sin embargo el sindicato nunca vino por la empresa. La mayoría éramos jóvenes que vivíamos cerca del establecimiento al igual que los dueños que desempeñaban distintas funciones de supervisión. Laboralmente estábamos divididos en dos secciones: adelante se facturaba, ahí fue donde entré, pero por no considerar apta mí caligrafía me desplazaron a la otra de las secciones, el patio de ventas y el depósito, donde se estibaba y reponía la mercadería. Recuerdo especialmente que cuando pasé a ser mayor de edad y cobré mi primer sueldo en blanco (el salario mínimo sancionado por decreto en 1973 por el gobierno de la segunda experiencia del peronismo en el poder) no salía de mi asombro de todo lo que podía hacer con él. Ya hacía tiempo que algo aportaba en mi casa.

A pesar de la diferencia de tamaño, la zapatería y el supermercado tenían muchas cosas en común: habían nacido y crecido a la par del barrio y repetían el mosaico de orígenes, ya que la mayoría éramos hijos de migrantes internos y externos, incluso los dueños. Todos con bajas especializaciones, sólo dos chicos que facturaban en el supermercado habían terminado la secundaria y otros dos la estábamos cursando. No recuerdo bien las fechas y los motivos en detalle, pero la zapatería y el supermercado cerraron durante el deterioro del barrio.

El ingreso al mundo del trabajo cumpliendo un horario, marcando tarjeta y el hecho de ser supervisado, significaron una ampliación del horizonte en cuanto al conocimiento, adaptación y explosión de las primeras rebeldías, en particular por que podían ser compartidas. La otra ampliación del horizonte fue la escuela secundaria. Por primera vez accedí a un ámbito, el del conocimiento, que ninguno de los anteriores que transité me podía dar. También al de una socialización diferente en una edad muy particular que incluía una forma distinta de relación con el otro sexo, conocer chicos y chicas que tenían una casa mejor que la de mi familia, sus padres tenían auto y en algunos casos eran profesionales. Pero, fundamentalmente, muchos jóvenes descubrimos algo que nos apasionó y nos marcó de ahí en adelante: la política y la militancia.

El Mayo Francés del 68, por la dimensión de los acontecimientos, por lo inesperado de dónde sucedieron y cómo se desarrollaron, en parte modificó y amplió una discusión muy rica que desde años anteriores se desarrollaba fundamentalmente en las izquierdas de los países desarrollados. Sin intención de profundizar, los temas centrales giraban alrededor del rol de la URSS y su política de Coexistencia Pacífica, la crítica a los PC como instituciones burocráticas y conservadoras, el cuestionamiento a la preminencia de la clase obrera como sujeto revolucionario por excelencia y, en vínculo con lo anterior, el surgimiento de la juventud como nuevo sujeto transformador. En América Latina y en la Argentina estas discusiones también tenían lugar, pero de distinto modo y con otros ejes. Se criticaba el papel de los Partidos Comunistas y de la Unión Soviética, cuyo resultado fue la formación de organizaciones trotskistas y maoístas. Sólo las organizaciones maoístas hablaban del campesinado como sujeto revolucionario, el resto de las fuerzas de izquierda durante los años 60 y 70 no dudaban de la clase obrera como principal sujeto de la revolución. El principal tema de debate giraba alrededor de las distintas interpretaciones sobre la Revolución Cubana o, como se llamaba en esa época, sus enseñanzas. Las distintas formas de acelerar la revolución también eran objeto de discusionesy es así que la lucha revolucionaria y su forma, la insurrección popular de masas o el acceso pacífico al poder se debatían en fábricas, escuelas, universidades y barrios. No sólo se discutía, se actuaba. En la Argentina, otro tema de reflexión entre los sectores que no formaban parte de él y que se pronunciaban por el Socialismo Nacional, era la actitud hacia el Peronismo, en particular hacia las masas obreras peronistas.

El Mayo del 68, la Revolución Cubana, la guerrilla de “Che” en Bolivia, Vietnam, las movilizaciones estudiantiles en México, el triunfo de la Unidad Popular en Chile, la Revolución de los “Claveles” en Portugal, el triunfo de los Movimientos de Liberación Nacional en los países del tercer mundo y, en la Argentina, el Cordobazo pero también el Rosariazo, el Choconazo y todos los otros levantamientos contra la dictadura, junto con el ajusticiamiento de Aramburu y el surgimiento de las organizaciones armadas, se convirtieron en un polo de atracción para miles de, al tiempo que nos daban sólidos argumentos para aspirar al cambio revolucionario y el Socialismo. Miles nos volcamos, en particular los jóvenes, a la militancia política actuando en consecuencia.

Muchos sentimos esa irresistible atracción por ser protagonistas. Me incorporé a la “Fede”. Sufrimos con los fusilamientos de Trelew, festejamos la liberación de Agustín Tosco, peleamos contra la Policía y sus gases lacrimógenos en las Marchas contra el Hambre en el centro y en la primera marcha de las Juventudes Políticas por las calles de San Martín. En distintos lugares repartíamos volantes, vendíamos revistas Juventud, hacíamos pintadas, tirábamos “miguelitos”, afiliábamos, formamos centro de estudiantes, la Federación de Estudiantes Secundarios de San Martín y de la Provincia. Fuimos a la Plaza de Mayo para la asunción del “tío” Cámpora, con la presencia del Presidente de Cuba Osvaldo Dorticos y de Chile Salvador Allende. Más de 1.000.000 personas recorrimos las calles de Buenos Aires en repudio del golpe de Estado en Chile en una marcha majestuosa convocada por las Juventudes Políticas.

En las aulas nocturnas del comercial (la nuestra para ese entonces se llamaba Salvador Allende), la mayoría de los alumnos trabajaban y se repetía la diferencia etaria que hoy se ve en la UNSAM por la noche, claro que yo estaba en el otro extremo. Militantes de la UES, del Peronismo de Base, trotskista, PRT-ERP, socialistas, maoístas acordábamos muchas veces acciones en común con un buen dialogo, aunque no con todos en la misma sintonía. En particular, enfrentamos al Comando de Organización y la Alianza Libertadora Nacionalista en ocasión de algunas amenazas y petardos en la casa del presidente del centro. También logramos que varios tuvieran que dejar la escuela. Durante muchos años traté de saber qué había pasado con todos ellos; algunos se fueron al exilio, otros siguieron militando en la clandestinidad, pero Mabel, una compañera que se había pasado al ERP 22 de agosto, no tuvo la misma suerte, fue secuestrada y está desaparecida, su madre comenzó a militar en los organismos de Derechos Humanos para encontrarla.

Hacia fines de 1973, en búsqueda del “sujeto”, decidimos en un día no muy apropiado, volantear la General Motors a la salida del turno noche. El clima político del país se tornaba cada vez más violento, la gendarmería custodiaba la planta incluso con armas largas desde los techos, la policía, seguramente avisada por ellos, comenzó a perseguirnos y 9 compañeros caímos presos por poco tiempo, pero el proceso continuó. Tres tuvieron que concurrir al juzgado de menores y a dos nos dieron 30 días de cárcel. Se decidió no presentarnos por la falta de garantías que representaba estar en manos de la policía de la Provincia. El pedido de captura llegó a los pocos días, dejamos el trabajo, la casa paterna, cambiamos el lugar de militancia.

Ciudadela fue mi lugar, mi nuevo barrio por un tiempo, en particular el barrio de monobloc Ejercito de los Andes, no se lo conocía en aquel entonces como Fuerte Apache. Vivía en la casa de Gómez, un obrero comunista y ferroviario de toda la vida, que formó parte de la conducción nacional de la Unión Ferroviaria junto a Lorenzo Pepe, a mediados de los años 60.

Buscando trabajo, concurrí al llamado de un aviso que resulto ser de Vademecun, una agencia de colocaciones o de trabajo temporario de las que comenzaron a funcionar en el país por esa época. Después de tres meses quedé efectivo en una empresa de Lomas del Mirador: el Laboratorio Debymar. Firmas perfumistas muy importantes tercerizaban en él la elaboración y envasado de perfumes, colonias, shampoo, lápices labiales, entre otros productos. Cerca de treinta operarios y empleados estábamos divididos en tres sectores: un ingeniero y dos técnicos químicos en el laboratorio; el dueño junto a su padre y el gerente con tres empleados en la administración (donde me desempeñaba como cadete y ayudando en otras tareas); y la línea de producción a modo fordista, donde una maquina envasadora con cinta trasportadora marcaba el ritmo de trabajo, en la cual las distintas operarias tapaban, etiquetaban y guardaban en la caja de presentación cada uno de los productos. Siempre los mismos movimientos, todo el día y todos los días a modo de “Tiempos Modernos” o de “Mimí metalúrgico”. Las chicas comentaban el desgaste mental, la falta de libertad para ir al baño y el dolor muscular producto del trabajo rutinario. Al igual que en la zapatería y el supermercado, el personal de menor remuneración vivía cerca de la empresa, pero los más “calificados” tenían un tiempo largo de viaje y el dueño no era del lugar.

La fórmula Perón-Perón ganó las elecciones por un margen abrumador, la alianza popular revolucionaria de la cual formaba parte el Partido Comunista (PC) apoyó a los candidatos ganadores. Perón nombro a un hombre de su entera confianza, José Gelbard, como ministro de Economía, también de estrecha confianza del PC. Impulsaron el Pacto Social y se llegó al 50 y 50 del reparto de la torta. En los hogares se sentía, mi padre se compró su primer auto y recuerdo las picadas de los viernes con los amigos en los bares de la plaza San Martín. A pesar de la oposición de sus casas centrales, autos Ford, Chevrolet, y Fiat circulaban por las calles de La Habana. A pesar de las dificultades, se generaron en el país condiciones favorables para el desarrollo de las distintas tendencias en el movimiento obrero. En el laboratorio se eligió por primera vez delegado, Mary militante de Vanguardia Comunista fue elegida por amplia mayoría. Por esos años las responsabilidades de mi militancia comenzaron a entrar en tensión con la vida laboral. La vida del militante estaba atravesada por funciones específicas y jerarquías que exigían una dedicación de tiempo completo.

El 1 de Julio de 1974, fallece Juan Domingo Perón provocando un profundo dolor para la mayoría del pueblo argentino. Sólo cuando murió Néstor Kirchner, alcancé a comprender el dolor de los amigos de Loma Hermosa frente al acontecimiento. Su muerte convulsionó y modificó profundamente la vida política. Un personaje nefasto, José López Rega, ocupó el centro de la escena política y con su apoyo las tristemente célebres Triple A sembraron el terror por todo el territorio nacional. Los sectores populares resistían a pesar de las amenazas, atentados y asesinatos. Lamentablemente, los organismos de Derechos Humanos deben incrementar su actividad durante esos años, en particular la Liga por los Derechos del Hombre y la recién formada y más amplia políticamente Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. En este marco, participamos en el acto de la Juventud Peronista en la cancha de Atlanta, el último antes de que Montoneros pasara a la clandestinidad.

En ese clima asume como Ministro de Economía Celestino Rodrigo, implementando un brutal plan de ajuste que iba a herir de muerte al 50 y 50 del reparto de la renta nacional. Algunos autores con los que coincido, van a marcar este momento como el inicio de la puesta en práctica de las reformas neoliberales, luego profundizadas por la dictadura cívico-militar y su Ministro de Economía, José Martínez de Hoz, que el democráticamente electo Presidente Carlos Menem iba a llevar al extremo. Las reformas aplicadas modificaron radicalmente la estructura económica-social del país y sus consecuencias todavía pueden rastrearse en la actualidad. El más tarde denominado “Rodrigazo” coincidió con las discusiones paritarias. La conjunción de la devaluación, aumento de precios y salarios limitados por decreto, provocó una serie de protestas, huelgas, tomas de fábrica y movilizaciones que se generalizaron en todo el país, teniendo como centro los grandes establecimientos fabriles y arrastrando a las empresas de la zona. Una de las características destacadas de las protestas es el papel central jugado por las comisiones internas y los cuerpos de delegados que desbordaron la conducción de los sindicatos. Si bien no se pudo recuperar todo lo perdido por el ajuste, se volvieron a abrir las paritarias y se consiguieron aumentos importantes de los salarios. El saldo más destacado estuvo dado por la renuncia de casi la totalidad del Gabinete de Ministros, en tanto López Rega marchó de misión especial a España y no pudo volver al país.

Veinte años después de que se comenzara aponer en cuestión la capacidad de la clase obrera como sujeto revolucionario, en la Argentina dio muestras de una vitalidad extraordinaria y en una especie de introspección colectiva impidió que un gobierno elegido democráticamente fuera el que aplicara las “reformas” neoliberales. La osadía tuvo un alto costo: su rechazo a la mimesis, a lo dado, la convirtió en el principal blanco de la represión, que ya había comenzado. En el momento de los acontecimientos Piccinnini y Ongaro estaban presos y Agustín Tosco en la clandestinidad, pero la violencia se incrementó salvajemente a partir del golpe de estado de marzo del 76.

En el laboratorio, la lucha de las compañeras permitió algunas mejoras en las condiciones de trabajo. La discusión de las paritarias provocó medidas de fuerza y una asamblea general del sindicato en la Federación de Box. Mary manejaba la situación con mucha firmeza hacia la patronal y, con los compañeros, en forma simple y dulce. No es tan fácil adherir a un paro en una empresa mediana, en la cual el dueño está presente todos los días y los operarios viven en las cercanías. Mary estuvo varios meses presa y por esos años la cárcel tenía un paso previo: la tortura.

La noche nunca imaginada. La ilegalidad dentro de la ilegalidad. Las resistencia

La ley me permitió mantener el puesto de trabajo en el laboratorio. Pocos días después del 24 de marzo, día del Golpe de Estado, ingresé en las filas del Ejército Argentino a cumplir con el servicio militar obligatorio. Por una serie de coincidencias y decisiones que tenían como como punto común no tener la más puta idea de lo que estaba comenzando a ocurrir en el país, terminé en el Comando en Jefe del Ejército, en el edificio Libertador, el corazón del poder militar y político por esos años. Claro, golpe de Estado, dos caídas preso, una condena sin cumplir, paseando alrededor de coroneles y generales, misiones militares extranjeras, datos del personal militar y de inteligencia no parecen la mejor combinación. Rafael, mi amigo metalúrgico, el otro condenado a 30 días, aceptó ir a una unidad en el sur del país y la pasó mucho peor. Todavía lo persigue la imagen del acta de deserción que tuvo que escribir de dos soldados que fueron secuestrados y todavía están desaparecidos. Al término del servicio militar se fue a Italia con la idea de volver, no pudo.

La actividad política era ilegal y yo ilegal dentro de mi propio partido, no podía tener vínculo con ningún compañero, mi único contacto era una novia ficticia que puso la Fede y pronto se convirtió en novia real. Las tensiones a lo largo de todo ese año fueron muchas, en septiembre secuestraron y desaparecieron al “huevo” García y a Steimberg, soldados del Colegio Militar. Hoy los responsables están condenados y en prisión.

Al término del servicio militar volví a mi trabajo en el laboratorio, ya no se hablaba de cuestiones gremiales y las discusiones políticas dejaron de ser colectivas. A los pocos meses renuncié, me esperaba un viaje de estudio a la Unión Soviética, donde “el sujeto” estaba en el poder. En la escuela del Konsomol estudiaban jóvenes de todos los continentes, desde delegaciones de partidos que eran gobierno, hasta los que participaban en la lucha armada. La sociedad soviética por aquellos años disfrutaba del “estado de bienestar socialista”. Analizado a la distancia y volviendo a Marcuse, el socialismo real atravesaba su propia mimesis con el nivel de vida alcanzado y cuyo ritmo lo marcaba la burocracia, la pesada rueda, como la llamábamos en voz baja entre los camaradas de más confianza.

De regreso en el país volví a la militancia y a buscar trabajo. Lo conseguí en la planta San Martín de carrocerías El Detalle. Trabajábamos más de 100 personas, una pequeña administración donde me desempeñaba en la oficina de personal, la venta al público de unidades y la planta de producción. La empresa además tenía concesionarias en Avellaneda, Comodoro Rivadavia, Olivos y, en Martínez la administración central y donde se desarrollaba el grueso de la producción.

Posteriormente se concentró la mayor parte de las actividades a un nuevo establecimiento en la localidad de Tigre. Trabajar en personal implicaba tener el mismo horario que los operarios y me permitía un contacto permanente con ellos. El Detalle fue la primera carrocera que comenzó a producir en serie, hasta ese momento los colectivos se hacían en forma artesanal. Se fabricaban 6 por día, no sólo para el mercado interno sino también para la exportación. En Tigre se llegó a un máximo de 9 unidades. En la fábrica había distintas secciones: matricería, estampado, chapistería y pintura. Pertenecíamos al Smata, no había delegado formal pero uno de los operarios de apellido Mariscal oficiaba de contacto con el sindicato, cuya presencia se sentía cuando a principio de año se discutían las categorías. La forma de incorporar personal era a través de recomendaciones de los mismos capataces y operarios más antiguos, método que operaba como una forma de control y disciplinamiento más. La oficina de uno de los dueños y jefe de planta en el primer piso, tenía un amplio ventanal vidriado que daba a la fábrica y podía observar desde allí todos los movimientos. Los ritmos de producción se negociaban en una especie de imposición y acuerdo con el personal. Los obreros no vivían cerca de la fábrica, la búsqueda de personal con ciertas calificaciones seguramente llevaba a ampliar el espectro.

Renuncié a principios de 1979, cuando la organización me propuso ser funcionario, en nuestro léxico: “revolucionario profesional”, la idea leninista de dedicar la vida tiempo completo a la militancia. A la vez era secretario de la Juventud Comunista de una amplia zona que incluía San Martín, Tres de Febrero, General Sarmiento, Pilar y Luján. Por esos años la posición del PC en cuanto a la caracterización de la dictadura y la propuesta de un gobierno cívico-militar empezaba a generar debates y nos dejaba sin margen para la acción política concreta. Después de largas discusiones con la dirección provincial, comenzamos a realizar las primeras pintadas y los primeros volanteos fijando posición frente a distintos acontecimientos concretos. Volanteamos la Fiat, la Siemens, Argelite y pintamos las paredes de San Martín en operaciones calculadas hasta el más mínimo detalle, siempre sin firma porque era el punto en el que no transigieron nuestras direcciones superiores. Nuestra resistencia, que era externa pero también interna, era una pequeña parte de algo más general, y frente a lo cual la dictadura no perdonó. La resistencia de los obreros de Luz y Fuerza a los despidos fue duramente reprimida con el secuestro de Oscar Smith y otros compañeros del gremio. También fueron a buscar a Olivieri, un militante comunista y, como no lo encontraron (había fallecido), secuestraron a sus hijas Alicia y Graciela y a su mamá María Luisa, también militantes, las torturaron salvajemente casi con seguridad en la ESMA, después de varias semanas las liberaron. Por un paro en la Fiat despidieron a varios obreros y, quizás buscando al padre, secuestraron y desaparecieron a Walter Carrizo, adolescente comunista de 17 años. Luego de un volanteo en la Siemens secuestraron y después legalizaron a 14 compañeros que luego pusieron a disposición de la justicia. En los años 80 se desplego una muy importante lucha contra el cierre de la universidad de Lujan: en plena dictadura se realizaron masivas caminatas de protesta, asambleas y se tomó la universidad, fue el germen de la revitalización de la FUA. Fuimos a San Cayetano a protestar por la falta de trabajo, quizás la primera gran movilización contra el gobierno militar. Fuimos a Plaza de Mayo el 30 de marzo de 1980, de la fábrica Argelite participaron cerca de 100 obreros. Participamos en las movilizaciones por Malvinas pero con la consigna “Patria sí, colonia no.” Un cartel que llevamos a esas movilizaciones decía: “Fuera ingleses de Malvinas – fuera Alemán del Ministerio de Economía”, lo dejamos colgado en el puente peatonal de la estación San Martín y quedó en ese lugar por varios meses, nadie se atrevió a sacarlo. Junto a las juventudes políticas le cambiamos el nombre a algunas calles, así Londres paso a llamarse Puerto Argentino en Loma Hermosa e Inglaterra, Soldado de Malvinas aquí en Villa Lynch, cerca de la universidad. Participamos en la marcha de la multipartidaria a Plaza de Mayo, otra vez los gases.

La recuperación de la democracia. Darse cuenta, de la totalidad del horror de la dictadura y de las transformaciones económicas y sociales

Mi hija Vicky nació con la democracia. Con lista de diputados propia, el PC apoyó la formula Luder-Bittel que perdió las elecciones. Por esos años pasé a militar en el comité central de la FJC, era la época de las brigadas del café que partían en misión solidaria a la Nicaragua Sandinista y las brigadas de apoyo a la lucha del pueblo chileno. En estas últimas participé y tuve la oportunidad de compartir muchos momentos con Eduardo Valencia, el Presidente de la Metropolitana de Pobladores de Santiago de Chile, uno de los baluartes de la lucha contra la dictadura de Augusto Pinochet. Otra vez los gases y los carros de asalto, en esta oportunidad de los carabineros. Ante las dificultades del trabajo en el movimiento obrero, los sectores de la izquierda chilena centraron su esfuerzo en la “masa marginal” como la denomina José Nun de los barrios periféricos de la Capital Chilena.

El conocimiento de la experiencia nicaragüense, donde se tomó el poder en un país con clase obrera casi inexistente a través de la lucha armada, la chilena donde aparecía un nuevo sujeto y se combinaban todas las formas de lucha, incluso la armada, junto con la del Frente Farabundo Martí de El Salvador, terminaron de convulsionar la vida interna de un partido que se autoproclamaba la vanguardia de la clase obrera y con el cual sólo un pequeña parte de ella se identificaba. La práctica diaria militante también nos daba señales de los profundos cambios que se estaban produciendo en la estructura económica y social de la Argentina. Los barrios de lo que era el Municipio de General Sarmiento y que habían sido históricamente dormitorios de obreros que trabajaban en Fiat, Ford, Terrabusi y El Detalle se estaban transformando: los obreros industriales eran cada vez menos, y eran cada vez más los que habían perdido el trabajo y se inventaron uno para subsistir. Los trenes de las estaciones de José C. Paz y de San Miguel ya no se llenaban de hombres de todas las edades a las cinco de la mañana, que se bajaban en Caseros, Sáenz Peña y la Paternal donde estaban las fábricas. Se llenaban de mujeres un poco más tarde, que se bajaban en El Palomar, Villa del Parque y Palermo para ir a trabajar en casas de familia. Estos sectores no son lo que la concepción marxista denomina: “lumpeproletatios” (vagabundos, limosneros, delincuentes, prostitutas, etc…). La mayoría había tenido un trabajo más o menos estable y utilizaba esa experiencia o adquirió otra, ante la imposibilidad de seguir desempeñándose bajo relación de dependencia. No es tampoco apropiado el otro concepto marxista de “ejercito industrial de reserva”, ya que son totalmente distintos los momentos históricos. Marx analiza los efectos funcionales de la superpoblación relativa en la etapa del capitalismo que él estudio, cuando la creación de puestos de trabajo no alcanza. En la situación que describimos, no sólo no hay creación sino que hay destrucción de puestos de trabajo.

Entre mayo y junio de 1989 se produce una ola de saqueos en una parte importante del territorio nacional. Uno de los epicentros de mayor envergadura se sitúo en San Miguel y José C. Paz. No es la intención hacer un detallado recuento de los sucesos y reproducir o fundamentar las distintas opiniones que se suscitaron en aquellos momentos, simplemente analizar, a mi entender, por qué ocurrieron. Las economías individuales o familiares que se basan en el cobro diario o semanal de los servicios prestados, tienen un alto grado de inestabilidad, muchas veces condicionados por problemas meteorológicos, de temporadas, la posibilidad de trabajar todos los días o no, entre otras causas. Pueden ser inclusive emprendimientos prósperos y tener durabilidad a lo largo de muchos años, pero cuando a la inestabilidad que les es propia y que por otro lado los actores conocen y manejan, se le sumaron las dificultades producto de las políticas económicas de esos años, la situación restringió las opciones y se convirtió en explosiva. La hiperinflación y la devaluación del Austral devoraron los salarios y los ingresos de las clases medias, que son los sectores que contratan los servicios de la “masa marginal”, volviendo a citar a José Nun, de la cual estamos hablando. En un corto tiempo se quedaron sin ningún tipo de ingreso y en pocas horas a lo largo de tres kilómetros de la ruta 202 no quedaba nada sin saquear.

Por esos años volví a la Unión Soviética, esta vez al Instituto Marx-Engels-Lenin. Me encontré con una sociedad distinta, el coloso socialista estaba cambiando aceleradamente, entusiasmaban las discusiones en las calles, los soviéticos daban a conocer sus opiniones ocultas. La Glasnost (liberalizar el sistema político) y la Perestroika (reestructuración económica, trasladar el poder de decisión a los centros de producción) sacudían las viejas estructuras y despertaba a una sociedad que parecía adormecida. Participamos en el imponente acto del Primero de Mayo, justo en un momento en que se le pedía a la clase obrera que recuperara protagonismo. Pronto el proyecto perdió dirección y el estandarte del Socialismo real se derrumbó.

A fines de los años 90 renuncie al PC, no fui el único. Tampoco fue fácil. Después de casi 12 años de funcionario me inserté en la vida laboral, en una actividad que desconocía (la venta de repuestos del automotor) y pasé a ser vendedor-viajante de comercio. Con la ayuda de una amiga me incorporé a Dabre, pequeña distribuidora recientemente formada. Todo era nuevo para mí, la actividad, la empresa, y con el Fiat 600 modelo 66 y un listado de casas de repuesto salí a recorrer la zona oeste y norte del gran Buenos Aires. No tenía un ingreso fijo, solo una comisión por las ventas cobradas. Es más, durante tres años estuve en negro y posteriormente figuraba como empleado de comercio cobrando la mayoría del sueldo en negro. No tenía mucho espacio para el reclamo, mis empleadores eran conocidos, mis ingresos aumentaban paulatinamente y aquello se convirtió en un pequeño refugio con salida laboral de ex PC.

En 1997 pase a DPF S.A., una fábrica de partes de freno, una empresa de mayor envergadura, más profesionalizada. Contaba con una pequeña administración, cerca de ocho viajantes y unos diez operarios que se dedicaban artesanalmente al armado, empaquetado de las piezas y la preparación de los pedidos. Figuraba como vendedor de comercio, pero el sueldo se liquidaba de acuerdo a las ventas y cobranzas, la mayor parte se pagaba en negro. DPF S.A. comenzó a importar bombas y cilindros procedentes de Italia representando a uno de los principales fabricantes del mundo de esos productos LPR. Se intentó montar una fábrica en conjunto en el parque industrial de Pilar. Ante la imposibilidad de llevar a cabo el proyecto, se empezó a producir en la empresa. No siempre las buenas intenciones pueden prosperar. Las crisis se manifiestan en un momento dado en forma violenta, pero tienen un período de maduración. La empresa quebró poco antes del 2001. Lo que en esos días no se visualizaba con claridad, el porqué de la quiebra, puede ser comprendido si se toma distancia, lo cual permite ver la vinculación con la situación general del país. El aumento de la desocupación restringió el mercado interno y la convertibilidad del uno a uno impedía la producción y comercialización con posibilidades de éxito.

La crisis del 2001. La recuperación

Meses antes de los acontecimientos de diciembre del 2001, comencé a trabajar en R G Frenos S.A., al poco tiempo se sumarían otros dos viajantes de DPF. La empresa está ubicada en la ciudad de Rafaela provincia de Santa Fe, en ese momento contaba con 60 empleados. Hoy cuenta con un plantel de cerca de 350 trabajadores divididos en siete establecimientos productivos, uno de ellos en el Municipio de General San Martín, provincia de Buenos Aires. Es una empresa familiar que cuenta con un pequeño plantel de personal administrativo, ocho viajantes que atienden clientes de todo el país y el resto son personal técnico y operarios. Tiene una característica muy particular, es casi un modelo en extinción, es una empresa integrada en todos sus procesos productivos, es decir, elabora la totalidad de los componentes más importantes para los artículos que luego también comercializa. Al contrario de la tendencia a la especialización, en RG se funde, se mecaniza, se estampa, se inyecta, se forja, y se pinta aluminio, fundición nodular y gris, se trabaja goma, plástico, poliamida y material de fricción. Como consecuencia la especialización y la sindicalización de sus empleados son muy diversas. La comercialización está compuesta en un 50 % por la venta de equipos de freno de aire a las fábricas de semi-acoplados y remolques y de maquinaria agrícola del país, cerca del 5% tiene que ver con la exportación y el resto está orientado al mercado de reposición. La cartera de clientes es por lo tanto también muy variada, incluyendo desde firmas con destacada participación en el mercado, en algunos casos con posiciones monopólicas, hasta pequeños negocios de venta y reparación.

El crecimiento exponencial que tuvo la empresa en facturación, toma de personal y diversificación de la producción en estos años no es una particularidad. Si bien en el último periodo el mercado laboral alternó despidos con nuevas contrataciones, la cuidad de Rafaela absorbió mano de obra fundamentalmente de localidades del noreste de nuestro país. Hasta hace poco, uno de los problemas principales era la vivienda.

Después de atravesar un periodo de 10 años en los cuales, por ejemplo, no se fabricó ningún remolque–jaula (utilizados para el transporte de ganado), las terminales de acoplados, colectivos y maquinaria agrícola multiplicaron su producción, convirtiéndose en verdaderas esponjas de absorción de mano de obra. Las casas de venta de repuestos siguieron el mismo recorrido. Las empresas de transporte de pasajeros y mercancías renovaron sus flotas casi en su totalidad y en paralelo sufrieron un proceso de acelerada concentración, la figura del propietario de un solo colectivo o camión está desapareciendo. Así surgieron las grandes empresas de transporte.El viajante

Cuando comencé a trabajar como viajante-vendedor, el sistema de comercialización era muy distinto al actual. La mayoría de los productos se fabricaban en el país y las empresas contaban con un plantel propio de venta y distribución. Las políticas neoliberales fueron transformando profundamente la actividad; por un lado se produjo una extranjerización del mercado a partir de la venta de empresas nacionales y se radicaron en el país las grandes marcas internacionales del repuesto automotor, a través de representantes o fabricando directamente; por otro lado, se separó la fabricación de la venta y de la distribución. Grandes distribuidoras especializadas en la venta de muchos productos de distintas marcas ocupan hoy el lugar más destacado y, de la misma manera, la distribución quedó en manos de importantes empresas de logística.El neoliberalismo también afectó, y mucho, nuestra actividad profesional. La mayoría de los viajantes ya no se identifican con una marca o fabricante, sino con una distribuidora, que en algunos casos adquirieron nombre propio. Compiten entre sí vendiendo los mismos productos hacia los mismos clientes, impidiendo lazos de solidaridad propios de individuos que desarrollan la misma actividad. El vínculo siempre cercano con los dueños y gerentes pero a la vez con los clientes, dificultan la elaboración de un perfil propio e independiente para desarrollar la actividad. Lo que sí se manifiesta con fuerza es la idea que todo lo que se logró o se puede conseguir se debe al desempeño individual, la “zanahoria” como la llamamos en el gremio de que siempre se puede ganar más, es el discurso gerencial internalizado y asumido por los viajantes. La especialización llevó a la incorporación de gerentes egresados de las escuelas de marketing que aplican mecanismos de incentivación y a la vez de control, con reuniones varios días a la semana, llamados telefónicos permanentes, rendición del trabajo realizado a través de hojas de ruta, hasta proveer celulares con GPS para saber en qué lugar se encuentran y a qué hora cada uno de los viajantes. Estas nuevas formas de comercialización que se van expandiendo conviven con otras: empresas que fabrican y comercializan con un equipo de ventas exclusivo, como es mi caso, vendedores-viajantes que trabajan para varias firmas, vendedores que compran y venden por su cuenta, algunos con buenos resultados y otros sólo se la rebuscan, pero en todos los casos con la idea de no trabajar más para terceros y de que “yo” hago mi propio destino esplendoroso.

Dos imágenes

Durante un asado entre familiares y amigos en el año 2002, nuestros hijos expresaban sus preocupaciones. Mariano no sabía qué hacer con su vida, Mariel y su novio anunciaron que se iban del país, Pablo dudaba si seguir estudiando. Las preguntas sobre el futuro individual y colectivo quedaban sin respuesta. No eran sólo las incertidumbres propias de los jóvenes a cierta edad, reflejaban la desazón que producía aquel presente del país. Hoy Mariel volvió, es psicóloga y madre de dos hermosas niñas. Mariano tiene un kiosco y Pablo alterna la ingeniería de sistemas con la música y la escritura. Se pudieron abrir paso en la vida y lo hicieron en la misma medida que nuestra querida patria fue saliendo de la otra noche más oscura, la de la crisis del 2001. No fue un salto instantáneo a la felicidad, pasaron por momentos sin trabajo, por la precariedad de los call centers, pasaron de la alegría de contar con un título a las dificultades de conseguir un empleo con él. Nada se hizo sin protagonismos, en la vida cotidiana, en las asambleas barriales, en la Plaza de Mayo muchas veces y siempre los 24 de Marzo, junto a las Madres y los Familiares.

Por mi actividad recorro la zona norte y oeste del gran Buenos Aires y un poco más allá, hace largo tiempo. Puedo dar testimonio del crecimiento de los parques industriales, la construcción de viviendas, la obra pública, el aumento del parque automotor, entre muchas otras cosas que significaron la creación de millones de puestos de trabajo estable. Pero también puedo dar cuenta de los miles y miles de “inventores de oficios”, que todos o casi todos los días salen de su casa para ganarse la vida con grandes incertidumbres. Personas que carecen de todas o de algunas de las siete seguridades de las que nos habla Guy Standing.

Paro con el auto en un semáforo y observo: a los limpiadores de vidrios, al vendedor de pañuelos, de bebidas, a la chica que reparte propaganda, a los malabaristas. Al borde del camino, el puesto de choripán, de venta de fruta, al mantero, la señora que vende golosinas en la parada de colectivos y que conversa con los vendedores ambulantes. Ya en mi casa toca el timbre: el vendedor de plantas, de bolsas de basura, de fiambres, la señora que me pide una donación para los bomberos, el joven que me ofrece un bono contribución para los recolectores de basura, la joven que me cuenta que está en situación de calle y con un hijo internado, me pide ayuda. Los viernes almuerzo con comerciantes y viajantes en un barcito de Don Torcuato. Magui y la cocinera no están inscriptas. Alberto es dueño de una pequeña casa de repuestos, un empleado lo ayuda por las mañanas, al que le paga semanalmente en negro. Mario últimamente no viene a almorzar, trabajó por muchos años para una fábrica que cerró y desde entonces no encuentra un trabajo estable y redituable, compra y vende por su cuenta repuestos importados, de vez en cuando paga el monotributo y no la está pasando bien. Ya en una casa de repuestos, me encuentro con Gabriel, que vende para una importante distribuidora a la cual le factura ya que es monotributista. Lo curioso es que entrega los pedidos en una camioneta que es de su propiedad y tiene pintada la propaganda de la empresa, pero a Gabriel la situación no le molesta. Recuerdo una distribuidora que obligó a los viajantes a formar una cooperativa para que le facture los servicios.

A pesar de los avances en los últimos años, en el mundo laboral subsisten una gran variedad y disparidad de relaciones contractuales que ponen de manifiesto la carencia de algunas de las seguridades de las que hablábamos anteriormente. Situación que se agrava para los que están varios escalones más abajo, los “inventores de oficios”, que carecen de la totalidad de derechos y de una representación que los organice para obtenerlos.

Queda para el final una pregunta. ¿El capitalismo en su configuración actual y la Argentina, con su particular inserción en él, serán capaces de resolver con la rapidez necesaria esta situación?

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