A pesar de todo: 30 años de Encuentros Nacionales de Mujeres

El Centro de Estudiantes de Sociología y Antropología (C.E.S.A) participó del Encuentro Nacional de Mujeres en Mar del Plata. Esa cita federal, horizontalista y plural se realiza hace 30 años y desde entonces ha servido para planificar y dar continuidad a estrategias de participación de las mujeres en distintos espacios.

El día 9 de octubre un grupo de estudiantes de sociología emprendimos viaje hacia la ciudad costera marplatense, con muchas expectativas y en búsqueda de saberes que colaboren con nuestras pretensiones de formación y aprendizaje dentro de la universidad y del territorio de San Martín. La metodología de trabajo de ese fin de semana constó de una serie de talleres; en total eran 65, preparados para acoger experiencias y demandas variadas. Ellos conforman el centro del Encuentro, y se distinguen por ser pluralistas y horizontales. Ahí todas tienen la palabra. Si el taller supera las 50 o 60 participantes, éste se subdivide y forma otra comisión. La información compartida se debate y las notas y conclusiones pertenecen a las mujeres de ese taller. Cada taller consigna una coordinadora que facilita la organización de las expresiones. La modalidad es el consenso y no se vota, razón por la que consigue plasmar todas las posturas y opiniones.

En el acto de apertura me acerqué a un grupo de mujeres que se encontraban lejos de banderas políticas. Bailaban al compás de un silbato que tocaba una de ellas con gran alegría. Quien tenía el silbato se acercó y me dijo: ¿Sabes por qué le doy tanto al pito? Porque el pito me salvó la vida. Estaba en mi casa y gracias al ruido de este silbato, mi vecino saltó el tapial de mi casa y me rescató de mi ex marido que quería ahorcarme. Me imagino replicándose esta misma anécdota miles de veces, con pequeñas variaciones entre las 65 mil mujeres que aquel fin de semana fuimos capaces de entendernos entre nuestras diferencias para formar una sola lucha.

Melina Pagnone

Si bien las mujeres nos mostramos preocupadas por la creación, mantención y buen funcionamiento de los hogares de tránsito (también llamados hogares refugio), ésta no es una discusión saldada. Se cuestiona la ideología que conlleva una política de resguardo como son los refugios ya que naturaliza una visión en la que la mujer es quien debe dejar todo y esconderse por el peligro cuando el agresor es quien debería ser encarcelado, permitiendo que la mujer pueda permanecer segura en su hogar sin temor a represalias o a nuevos actos de violencia. Siguiendo con este argumento, tampoco serían necesarios los botones de pánico, los cuales responsabilizan a la mujer de encargarse de su seguridad física y psicológica, aspecto que debería ser responsabilidad del Estado con la acción de sus tres poderes. Es esencial en el proceso de asistencia jurídica, médica, psicológica y material a las mujeres, asegurar que no se dé lugar a una revictimización.

Más allá de la promulgación de la “Ley de Protección Integral para prevenir, sancionar y erradicar la Violencia contra las Mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales” en el año 2009, que garantiza el despliegue de “instancias de tránsito para la atención y albergue de las mujeres que padecen violencia en los casos en que la permanencia en su domicilio en los casos en que la permanencia en su domicilio o residencia implique una amenaza inminente a su integridad física, psicológica o sexual, o la de su grupo familiar”, se evidencia la falta de presupuesto estatal para financiar estas instancias. Este es el principal inconveniente con el que se encuentran quienes trabajan en la problemática de violencia de género.

Las mismas deficiencias presupuestarias son las que sufren los centros de atención integral (legal, psicológica, médica). El taller ha estipulado un temario en el que se enumeran los distintos aspectos a tratar, entre los cuales se encuentra el “rol del Estado”. Se ha planteado que no debe ser un tópico aparte, sino que el “rol del Estado” atraviesa horizontalmente la problemática, es decir, que no debería escindirse como un tema más sino que debe ser tenido en cuenta como eje central de todas las discusiones y temas referidos al tratamiento, prevención, detección y erradicación de la violencia contra las mujeres, entendiendo al Estado como principal institución que debe asegurar el respeto de los derechos de la mujer.

En este sentido, la comisión en la que se participó ha resuelto postular  como primera necesidad la declaración de la emergencia nacional por violencia de género con su consecuente plan como estrategia fundamental para que organismos estatales (judiciales, legislativos y ejecutivos) den cuenta de la gravedad de la problemática en todo el país y ejecuten eficiente y rápidamente todas las reglamentaciones que postula la mencionada Ley.

Con respecto a la prevención, se ha postulado a la educación sexual como herramienta primordial para esta tarea, haciendo hincapié en la necesidad de una educación laica, despojada de los estereotipos patriarcales y de conceptos machistas. Por esto se considera fundamental la educación de docentes con una perspectiva de género.

En resumen, se puede afirmar que, según las experiencias relatadas por las mujeres de distintas partes del país, se encuentran en todas las provincias, las mismas deficiencias en el tratamiento a víctimas, causadas principalmente por el escaso presupuesto dirigido a ejecutar de manera eficiente la ley promulgada.

Belén Coria

Por segunda vez consecutiva en los Encuentros Nacionales de Mujeres se abre un espacio para que podamos debatir la violencia que sufren las mujeres durante embarazo y parto. El taller ha incrementado fuertemente su participación desde el año pasado. Se ha subdividido en 4 comisiones debido al caudal de mujeres que quería participar del debate. Gratamente nos encontramos allí con muchas organizaciones que trabajan hace tiempo en el tema como Relacahupan-Red Latinoamericana y del Caribe para la Humanización del Parto y el Nacimiento y MamaKilla.

La situación parece haber cambiado poco de acuerdo a algunos relatos de víctimas que surgieron en medio de la charla. Sin distinción alguna, esta forma particular y tan enraizada de violencia, se sufre en los distintos eslabones del sistema de salud, desde hospitales públicos y obras sociales hasta clínicas privadas. Todas las mujeres que allí nos encontrábamos, coincidimos en que es una violencia que se encuentra invisibilizada, y poco se sabe de este conjunto de prácticas institucionales que muchas veces hasta pone en riesgo la vida.

La violencia obstétrica es compartida por todos los estratos sociales y se funda principalmente en el modelo médico hegemónico y en las prácticas patriarcales de las instituciones del sistema de salud. El conjunto de saberes y teorías generados a partir de lo que se conoce como medicina científica ha logrado a partir del siglo XVIII imponerse como la única manera de atender la enfermedad tanto por criterios científicos como por el Estado. El embarazo y parto es patologizado y por ende los médicos son los únicos capaces de “llevar adelante” un parto, cuando en realidad, las mujeres parimos naturalmente, es decir, es un proceso fisiológico en donde no necesariamente  debemos ser asistidas por el cuerpo médico.Los problemas más comunes derivan de esta cosmovisión donde el médico es el protagonista y la mujer es puesta en un lugar de pasividad absoluta. De esta manera, se dan muchas prácticas recurrentes a las que consideramos violentas: cesáreas innecesarias, abuso de medicación, episiotomía, maniobra de Kristeller y parto horizontal. Muchas veces, ni siquiera se les consulta o explica a las mujeres qué es lo que se está haciendo, el por qué, qué consecuencias o riesgos conlleva, y mucho menos se les da opciones. Del mismo modo, desde los discursos de las participantes, se remarcaba el lugar de los recién nacidos, y de cómo estos muchas veces son sometidos a prácticas médicas artificiales, innecesarias y frecuentemente riesgosas. 

Por otra parte, es real que cada vez hay más información. Las mujeres estamos más empoderadas y hay más elementos que nos ayudan a hacernos respetar. Se resaltó a la ley 26.485 (Ley de Protección Integral de las Mujeres) que reconoce esta modalidad y la define como “aquella que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, expresada en un trato deshumanizado, un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales».Cualquier persona del equipo de salud puede ejercer violencia hacia la mujer durante la atención del preparto, parto y post parto, y esta violencia puede manifestarse de diferentes maneras: maltrato, falta de atención o consideración, intervenciones médicas injustificadas sobre el cuerpo de la mujer, falta de información sobre las prácticas médicas, falta del pedido de consentimiento informado o la negativa a estar acompañada durante todo el proceso del parto. Además, se insiste en el efectivo cumplimiento de la ley 25.929 sobre la Protección del Embarazo y del Recién Nacido conocida como ley de parto humanizado sancionada en el año 2004. Esta ley contempla los derechos de mujeres gestantes, padres y recién nacidos.

Muchas de nosotras no tenemos real conciencia de que somos quienes transitamos el embarazo, parto y postparto y que nadie nos debe “enseñar cómo hacerlo”. Sin duda, es un tema que genera un gran debate. Sin embargo, adentro del taller se ha llegado a la conclusión de que en gran medida, la medicina hegemónica nos ha quitado la confianza en nosotras mismas y en nuestras emociones. Es por este motivo que seguimos sintiendo un fuerte sometimiento, al depositar muchas veces nuestras vidas en un sistema de salud patriarcal.

Por este motivo, debemos exigir y crear estrategias para el cumplimiento de las leyes, para que no quede librado al “voluntarismo” de un profesional o a la información que recopilamos por nuestros propios medios. Es necesario entonces actuar en varios frentes, empoderando a las mujeres, visibilizando socialmente esta problemática y luchando para erradicar completamente la violencia de las instituciones de salud.

Melina Pagnone 

El Encuentro Nacional de Mujeres resultó una experiencia imborrable para muchas de nosotras, un espacio donde intercambiar saberes y ampliar nuestro aprendizaje, aun cuando algunas temáticas abordadas hayan desacomodado o perturbado nuestros juicios. El plenario al que asistí albergaba temas como maltrato, abuso y explotación infantil.  Al ingresar al aula, me encontré con una sala desbordada, con mujeres arriba de las mesas y en el suelo, pero además observé una peculiaridad: cerca de quienes coordinaban el taller había 6 u 8 niñas entre 10 y 15 o 16 años. El taller comenzó con la presentación de las moderadoras, quienes explicaron ser parte de una ONG mendocina llamada “La veleta, la antena y los niños trabajadores”. Ante el desconcierto de las participantes, la primera pregunta que se realizó fue sobre el significado de esta organización. La respuesta no tardó en llegar de la voz de una de las moderadoras y de una de las niñas, quienes describieron a la organización en su carácter de “colaboración” con los niños trabajadores, reivindicando, en todo momento, sus derechos como sujetos sociales, con plenos derechos a trabajar y a ser escuchados.En la web aparecen dentro de un conjunto más amplio: MOLACNATs (Movimiento Latinoamericano y del Caribe de Niñas, Niños y Adolescentes Trabajadores), en lucha por el “protagonismo infantil”, “por lograr condiciones de igualdad de derechos con los adultos, independientemente de su edad” y alcanzar “mayor organicidad de las infancias”. En oposición al “adultocentrismo” y entendiendo a la infancia como “fenómeno social y cultural”, este movimiento promociona en los niños y niñas la “organización” y “capacitación ciudadana”.

El taller avanzaba y las niñas iban relatando los trabajos que realizaban. Una niña de 10 años contó su experiencia en una verdulería, mientras que las adultas reivindicaban aquello desde la “dignidad” de estas pequeñas trabajadoras, resaltando además, que la función de la ONG era empoderarlas, asistirlas e informarlas sobre sus derechos, como así también, sobre las tareas que las mismas deben llevar a cabo. Las situaciones provocaron disidencias entre quienes nos encontrábamos allí, lo que hizo que las niñas con actitud fuertemente defensiva, afirmaran su posición de “trabajadoras”. Esta actitud se volvió su última herramienta para “defender su personalidad frente a su igual”. Si se afilaba el oído, se podían percibir palabras adulteradas, como ajenas a su habla.

Dos cuestiones surgieron de este taller. Primero, la pregunta por el cumplimiento de las convenciones firmadas en Argentina en relación a los Derechos del Niño, como lo es el “derecho a que sea más importante la educación y formación y a que se cumpla la edad mínima para trabajar”. Si bien no se trata de caer en mera compasión o moralismo, se pueden cuestionar ciertos estándares de “igualdad, respeto y dignidad”. Finalmente brota una última pregunta que quizás merezca ser examinada con mayor precisión en estudios más exhaustivos: ¿qué sucede cuando la desprotección de los niños y las niñas avanza, y organizaciones dispares salen a “apadrinar” semejante retroceso?

Cristina César

La noche del 11 de octubre, nos dejó digiriendo con pena y rabia los hechos que dieron por finalizada la marcha. Alrededor de 5 mujeres resultaron heridas y dos fueron detenidas por el enfrentamiento entre un grupo que participaba en la marcha del Encuentro Nacional de Mujeres (ENM) y otro de militantes antiabortistas. Agregado a esto, dos femicidios fueron registrados durante ese fin de semana.Una socióloga mexicana que profundiza sobre la cuestión de la identidad y la estigmatización por efectos de la violencia, nos explica que tendría que ser una ventaja el tener la oportunidad de expandir la denuncia sobre el horror que vive una “ciudad lastimada”, pero que frecuentemente quienes “oyen” no consiguen sacar a la mujer de las penosas marcas de ser una “víctima”. Entonces, el “desgaste personal” de la mujer se eleva y ella puede abandonar todo aquello en lo que piensa, estudia y los temas que son juzgados como menos relevantes y triviales, dada la urgencia de los fenómenos que suceden en su ciudad.

En esa línea, Maribel Núñez Rodríguez se pregunta: ¿Cómo se pueden hablar de temas tan insignificantes cuando un país arde en llamas? A partir de la lectura de Slavoj Žižek, la autora reflexiona sobre el sentimiento de placer ante lo políticamente desaprobado, es decir, sobre la operación de victimizar. Según explica, los sentimientos de compasión y culpa que “despierta” la víctima provocan en un otro, el “sentir que las cosas funcionan con normalidad”. De esa manera, las personas intentarían que su vida y su ciudad sean “soportables”, aun cuando estas estén sobre un territorio en guerra. A pesar de eso, sostiene Žižek, la cómoda barrera creada por el “espectador compasivo” y la “paz ficcional” se disuelven en la medida en que se comprende que la vida no se diferencia del todo de la vida diaria de la víctima. 

En consecuencia, la victimización como acto de colonialismo ha reducido a las personas negando sus experiencias y capacidades. La estigmatización y conducción acrítica de la información con la que se ha juzgado las situaciones de opresión y violencia, gravemente se ha sujetado de la “doble vida y dudosa reputación” de la víctima; en casos más extremos, la mujer ha sido nombrada “violenta”. Al menos de eso último dan cuenta algunas figuras emblemáticas como Marcelo Di Pasqua, jefe Departamental de la Policía Bonaerense en Mar del Plata, y Carlos Pampillón adherente del Foro Nacional Patriótico, “patriota nacionalista” reconocido por funcionarios y medios por su “inspiración neo-nazi”, personajes que adquieren un gran protagonismo aquella noche de represión, durante la marcha del Encuentro.

Definitivamente, señala Núñez Rodríguez, los académicos y militantes locales no pueden dar “una vuelta de cara” para deslegitimar las luchas y denuncias del movimiento herido. Pensar en solidaridad y justicia en tiempos modernos resulta una tarea difícil de conciliar, que padece los condicionamientos de voluntades de sectores, estados o ideas.

Silvia Milano y Cintia Cavallo 

La banalidad del mal 


El martes 13 de octubre apareció muerta en su departamento la activista trans Diana Sacayan . El encargado del edificio donde vivía la encontró atada a su cama y con “signos de violencia”. Las investigaciones para descubrir a su agresor ya comenzaron, sin embargo, hay muchas cuestiones que no se resolveran en un expediente judicial y que atañen al paradigma que domina a la sociedad y que, a pesar de leyes de avanzada a favor de los derechos de colectivos vulnerabilizados históricamente (como es el colectivo trans) aún continúa operando. La transfobia (el odio hacia sujetos trans) es un problema social que impide el desarrollo integral de los sujetos que no cumplen con las normas de género aceptadas socialmente, que señala la existencia de dos sexos (mujer y hombre), que se corresponden con dos géneros (femenino y masculino).

Sí bien la Ley de Identidad de Género, sancionada en Argentina en el año 2012, declara que es el propio sujeto quien tiene la potestad de adscribir a un determinado género, la estigmatización sufrida por el colectivo trans parece aún una cuenta pendiente.Con el objetivo de pedir el esclarecimiento de este asesinato, pero también para denunciar la violencia que se ejerce sobre los cuerpos trans y de las mujeres, se realizó un siluetazo en la plaza de Flores, a dos cuadras de la casa de Diana. El siluetazo es una performance artística que fue pensada para dar cuenta de los cuerpos ausentes de los desaparecidos durante la última dictadura militar argentina. En este sentido, tiene un rol simbólico muy fuerte, dado que representa la ausencia, la desaparición forzosa.

La concentración comenzó a las 15 hs. y poco a poco fueron llegando los asistentes. Pronto, la plaza se llenó de mujeres, hombres, niños, carteles. Una chica trans, actriz, realizó una intervención artísitica donde el rojo, representativo de la sangre, cubría su ropa blanca. La escena era aterradora y movilizante a la vez.Las condiciones de vida, generalmente asociadas a la expulsión del hogar desde que manifiestan su deseo de cambiar de apariencia a muy temprana edad, ligada a la falta de oportunidades de educación y de acceso al empleo y la salud, derivan en que la edad promedio de las trans femeninas (mujeres que nacieron con caracteres primarios y secundarios masculinos pero que se identifican con el género femenino) sea de tan solo 35 años.

La estigmatización que sufren las personas trans y del colectivo LGTBIQ parece que, en general, no se resuelve sólo con leyes. La legislación debe ser un punto de partida, un anclaje desde el cual poder demandar el cumplimiento efectivo de las normas que rigen, pero no deben tenerse como el punto de llegada. Sí deben ser reclamadas, militadas y revisadas.

El asesinato de Diana dejó dicha sensación en algunas personas que la acompañaron en su lucha cotidiana por obtener el reconocimiento y el derecho a ser y a existir. Una de sus compañeras comentó al pasar que, cuando se enteró de la noticia, tuvo la sensación de que aún son “vulnerables”.

Este hecho y la represión sufrida por un grupo de mujeres durante la marcha que se realizó en el marco del Encuentro Nacional de Mujeres en Mar del Plata parecen dejar esa sensación de vulnerabilidad en las mujeres y colectivos como el LGTTTBIQ. Como también deja esa sensación la noticia de los asesinatos de cuatro mujeres durante el fin de semana del 10 al 12 de octubre. Y es la misma sensación que produce cada noticia de cada mujer asesinada por sus parejas, ex parejas o por quien sea.

Indignación, rabia, impotencia; ¿qué hacer para que no haya más asesinatos de mujeres, de trans, de putos, de tortas? Hay una violencia basada en el género a la que hay que atender, a través de leyes pero, sobre todo, a través de una educación realmente inclusiva, no sexista, deconstructora del rígido binarismo de género que, como señaló Paul B. Preciado, es violento en sí mismo. La Ley de Educación Sexual Integral (ESI) sancionada en el año 2006, va en esa dirección, pero aún no es aplicada en muchas escuelas, según señalan los docentes. La concepción de dicha ley es que la educación sexual debe ser transversal, es decir, debe atravesar todos los contenidos curriculares y no ser sólo una materia más.

Por último, quisiera reflexionar sobre estos asesinatos desde una perspectiva teórica. Es cierto que a Diana, como a tantas trans, mujeres, homosexuales, los mató alguien, un sujeto de carne y hueso; pero no es menos cierto que esas personas son “hijos sanos del patriarcado”, como los llaman organizaciones feministas que consideran que el machismo está enquistado en nuestra sociedad y que violadores y asesinos de mujeres, trans y homosexuales no son enfermos sino productos de una sociedad misógina y sexista; sin que ello absuelva de culpa a los autores materiales del asesinato, no hay que perder de vista este punto, fundamental si queremos comprender el fenómeno como un problema de índole social y no individual, como se lo comprendió durante muchos años en estas tierras y como se lo sigue comprendiendo en muchos lugares del mundo, donde aún se habla de “crimen pasional” o de “violencia doméstica”.

Hannah Arendt postuló su tesis de la banalidad del mal al referirse al criminal nazi Adolf Eichmann. Para la filósofa judeo-alemana Eichmann, lejos de ser el monstruo que Israel y los países y medios democráticos del mundo habían construido, era un ejecutor de ideas de un superior, un burócrata que cumplía órdenes dentro de un sistema más complejo. Así, restituyó la dimensión social del problema, que debe ser abordada también para estos asesinatos.

Diana militó durante años el cupo laboral trans, la Ley de Matrimonio Igualitario y la Ley de Identidad Sexual. El año pasado escribió un poema:“Cuando yo me vaya».

Cuando yo me vaya no quiero gente de luto. Quiero muchos colores, bebidas y abundante comida. Esa que de niña me hacía falta.

Cuando yo me vaya no aceptare críticas, mas razonable y serio sería que me las hagan en vida. Cuando yo me vaya desearía una montaña de flores… Esa que los mil amores por los que he sufrido nunca supieron regalármelas.

Cuando yo me vaya no quiero farsantes en mi despedida, quiero a mis travas queridas, a mi barrio lumpen a mis hermanas de la calle, de la vida y de la lucha.

Cuando yo me vaya se que en algunas cuantas conciencias abre dejado la humilde enseñanza de la resistencia trava, sudaca, originaria.

 

Mariela Silvina Fiamingo

Bibliografía

Fanon, F. (2015) Los condenados de la tierra, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Núñez Rodríguez, M. (2011) “Feminismos al borde, Ciudad Juárez y la «pesadilla» del feminismo hegemónico” en Feminismos y poscolonialidad. Descolonizando el feminismo desde y en América Latina, Karina Bidaseca y Vanesa Vázquez Laba (Comp.), Buenos Aires: Godot.

Notas

 http://molacnats.org/index.php/movimientos/70-argentina/227-breve-presentacion-de-la-veleta-y-la-antena

http://www.infant.org.pe/nosotros/mision-y-vision

Las aseveraciones que fueron documentadas por los medios de comunicación, pertenecen al jefe Departamental de la Policía Bonaerense de Mar del Plata y personas adherentes a FONAPA (Foro Nacional Patriótico), disponible en: http://www.clarin.com/sociedad/Incidentes-Mar-Plata-tiraron-materia_0_1447655487.html

http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-283688-2015-10-13.html

 El consejo editorial de la revista Márgenes decidió incorporar una reflexión sobre el siluetazo por la muerte de Diana Sacayán como epílogo del Encuentro Nacional de Mujeres. Pero esa actividad no se realizó durante dicho Encuentro y su autora, Mariela Flamingo, no pertenece al Centro de estudiantes.

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