¡Respetame, cabrón!

Cada día, en México, tres mujeres desaparecen; siete son víctimas de feminicidio; por hora se consuman entre tres y cuatro abusos sexuales. Sólo 300 cuerpos se encontraron y marcharon el 25 de noviembre para expresar la bronca de estas cifras. Contabilidad del tutelaje violento sobre existencias, materialidades, vidas. Como la de Mara Castilla Miranda, asesinada la madrugada del ocho de septiembre de 2017 por un conductor de trasporte privado. Hecho que despertó indignación, develando el complejo cruce entre cuestiones de clase, raza, sexualidad y género. Y, sobre todo, la crudeza de la colonialidad que aún pesa sobre el derecho al placer, sobre el derecho a la existencia plena de las mujeres.  El Ángel de la Independencia. Manifestantes reunidxs, madres y familiares con fotografías de sus hijas asesinadas o desaparecidas. Cada día en México, siete mujeres son víctimas de feminicidios. Tres mujeres desaparecen por día en la Ciudad de México (CDMX). Por hora se perpetúan entre tres y cuatro abusos sexuales en el país. Alrededor de 300 personas marcharon en CDMX en reclamo de detener estas cifras, que en definitiva no son solo cifras. Son existencias, son materialidad, son cuerpos.

Frente a esto, los desafíos de los feminismos en México parecen gigantes. La violencia de género se encuentra en el contexto mayor de un Estado fallido de derechos, de una guerra contra el narcotráfico (y contra el pueblo) que necesariamente se imprime en los cuerpos de las mujeres. Como diría Rita Segato (2013),1 la violencia hacia las mujeres tiene  el carácter de ser una violencia expresiva, de dar un mensaje a otrxs.

“El feminicidio de Mara vino a decirnos que no existen los espacios seguros para las mujeres y en especial, para aquellas que hacen uso de su derecho al placer, lugar históricamente negado. Frente a la desprotección inmediata que significo significó el hecho, cientos de mujeres se manifestaron en reclamo de justicia, fogoneado, también, por la visibilidad del caso en los medios.»
El cuerpo feminizado, al ser un cuerpo históricamente y actualmente tutelado, es el lienzo donde se inscribe esa violencia. En estos contextos, el costo de la militancia puede pagarse caro: criminalización de la protesta y de las víctimas, violaciones correctivas y hasta la misma muerte. La urgencia de la situación suscita  entablar diálogos y consensos en un amplio espectro militante, que aún están siendo relegados. El campo popular se presenta particularmente fragmentado y el movimiento feminista no escapa de esto.  La batalla cultural parece ser un sueño lejano frente a la banalización  y morbosidad de los medios hegemónicos de comunicación y frente al cinismo del poder y sus políticas ineficaces (los  feminicidios crecieron un 152% de 2007 al 2016).La marcha del  17 de septiembre 2 en pedido de justicia por el feminicidio de la universitaria Mara Castilla Miranda, violada y estrangulada por Ricardo Alexis, chofer de Cabify, repercutió con mayor fuerza y convocatoria que el Día internacional contra la violencias a las mujeres (día importante en el calendario feminista). ¿Por qué? Es que un sector de la población se vio claramente afectada. En México, gran parte del transporte público presta su último servicio a las 12 de la noche, por lo tanto, obliga a la población a depender del transporte privado. Uber, Cabify y demás aplicaciones vinieron a satisfacer esa necesidad, presentándose de manera de segura frente la mala fama de los taxis. Estas apps dieron cierta tranquilidad a un sector de la población a la hora de desplazarse, permitieron acceder al derecho al placer y al ocio a muchas mujeres que quieren disfrutar la noche. Ahora bien, ¿qué mujeres acceden al uso de estos servicios? Mujeres que, en definitiva, pueden pagarlo, mientras su libertad no sea condicionada por padres o novios. 3El feminicidio de Mara vino a decirnos que no existen los espacios seguros para las mujeres y en especial, para aquellas que hacen uso de su derecho al placer, lugar históricamente negado. Frente a la desprotección inmediata que significó el hecho, cientos de mujeres se manifestaron en reclamo de justicia, fogoneado, también, por la visibilidad del caso en los medios. La visibilidad es signo de los modos en que atraviesa la clase, la raza, la sexualidad y el género. De la gran cantidad de feminicidios que ocurren a diario, aquellos que atacan a mujeres indígenas, pobres, no heterosexuales y trans son los más invisibilizados. Necesitamos feminismos que sean capaces de entender la interseccionalidad. Sin estas vertientes es imposible atacar al monstruo.Toda lucha significa un proceso. Y a pesar de la desesperanza que genera la impunidad, se dan situaciones innovativas en pugna. Por primera vez en la historia mexicana, una mujer indígena se postula de manera independiente a la presidencia. Apoyada por el movimiento zapatista, por el Consejo Nacional Indígena y por tantos otros colectivos sociales, Marichuy viene a poner en jaque  la violencia racista, machista y clasista en la agenda mediática y política.

La marcha del día contra la violencia a las mujeres tuvo su punto de encuentro en el Monumento a la independencia. El Ángel de la Independencia, lugar emblemático de la ciudad. La victoria alada sostiene en su mano las cadenas rotas simbolizando el fin de la colonización. Representa ese lugar paradójico de  la independencia mexicana, aun  independencia que se reclama fervorosamente para nuestros cuerpos. Una colonialidad que no finaliza.

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Referencias

  1. Segato, Rita (2013): “Las nuevas formas de la guerra y los cuerpos de las mujeres”. Tinta Limón
  2. http://www.elfinanciero.com.mx/nacional/marcha-contra-el-feminicidio-justicia-para-mara-justicia-para-todas.html
  3. Una encuesta reciente de la UNAM establece que el 23% de las personas consultadas dijo que las mexicanas aún piden permiso para trabajar, 49.7% para salir solas, y casi 50% para salir de noche. http://www.economiahoy.mx/nacional-eAm-mx/noticias/8736898/11/17/Mexicanas-aun-piden-permiso-a-sus-parejas-para-trabajar-y-salir-solas.html

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